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martes, 25 de septiembre de 2012

El instante de sucumbir ha llegado.

He olvidado arrancarme las ganas de tachar los nombres de los sin nombre, de despedazar sus cuerpos, de incinerar sus mentes, de torturar sus sobras, tragármelas y vomitar a este ser que somos.

He olvidado a los insulsos que me habitan, a los desquiciados, a los egoístas, a los malditos intelectuales, a los despreciables idiotas que se sienten superiores, a los imbéciles que se dejan minimizar, a los malditos estúpidos, a los que hicieron de la vida un vil negocio, a los que escupen en las veredas de las ciudades abandonadas, a los que cercenan las ansias de levantarse del que nunca descansa, a los que se mueren de risa mientras matan de hambre.

He olvidado a esos bastardos, a los que creen en el estado, en la democracia, en el liberalismo, en el socialismo, en la anarquía, en la política, al ser miserable que nos puso límites, al que cree en subsistir sin ayuda de nadie, al que cierra los ojos para mentirse, al que se niega a extender la mano, al que te arranca los brazos, al que grita, al que deja que le griten, al que observa silencioso, al que lucha incansablemente por toda causa, al que despotrica contra el sistema, al religioso, al ateo, al teísta, al agnóstico, al parásito que lo devora todo, a este horrible ser que somos.

El instante de sucumbir ha llegado.

He olvidado.

Al caer


Abrió los ojos de un crujido y se encontró con su niña interior rompiendo todas las hojas en blanco.
Aún transitando entre su estado hipnagógico, las boronas de sueño sobre los párpados se confundían entre los sinuosos retazos de papel ante el despertar.

Entre sueños vio a sus recuerdos, queriendo pintar cobrizos atardeceres sobre los trozos en blanco que caían. Viendo cómo danzaban los colores, se creía un rompecabezas de su propia vida.
Se marchitaba en el intento de no sentirse perdida.
Había acometido una aventura, se dejaba a sí misma dormida, atrapada. La niña había despertado y bajo sus pies una hoja en blanco.

El viento le despeinó los ojos, susurrando que llegaba el frío. Y la niña se bañó en la lluvia que la desnudaba, que la convertía en mujer.
Así caía, se desprendía, se vestía de la desnudez trazada por los nuevos vientos, por los viejos recuerdos que alfombraban sus nuevos pasos.

Remolinos de su otoño enredaban su melena. Leía historias marrones en las marcas de su piel olivo. Historias marchitas que el viento se había llevado hace tiempo.
Con cuerpo de siluetas abstractas, por la falta de identidad. Ya no sabe si proviene de un árbol o le debe su vida al tiempo, que la enseñó a amar.
Se desprende de sus cabellos una tempestad, y la carga del pasado aletarga su paso, abandona el cansancio en cada palabra. Ella es la hoja que cae.

Cae y se hace nostalgia, cae al otro lado de la ventana, resbalándose entre el dibujo de las gotas de lluvia. Atrapada por una manta y un café.
Hondeaba y se precipitaba. Llovizna de verde. La savia desprendida de una palabra enraizada, así se lleva, como el viento y la noticia que nace en la hojarasca.
Se desprende de sus raíces. Danza, danza esa niña con el viento. Se va con sus sueños a teñir de recuerdos los pasos de aquel caminante distraído.

Dice adiós, sabiendo que es un hasta luego. Se va deseando que su niña interior sea más que sólo un recuerdo.
Descubre la ventana a la mujer que sueña, que vive, descubre el frío del alma de quien sonríe. El amanecer despierta, con el otoño en sus labios.



Team Otoño, por: Ester Marfer, Alexander Gnomo, Ana Rojas, Fernando Ruiz y Ronald Dávila.

martes, 28 de agosto de 2012

Instantes vacíos.

He hallado lugares vacíos entre los escombros
estábamos en cada uno de ellos
gritando, teníamos miedo
traté salvarnos, pero no quisimos ayuda de un extraño
entonces corrí a pedirte ayuda
pero era tarde
ya habíamos escapado.

El límite.

Aún sigue cayendo
y no hemos intentado evitarlo
no queremos salir.

martes, 7 de agosto de 2012

Una playa vacía


Una playa vacía, la tarde cae azul y roja con furia sobre el horizonte, la arena juega entre sus dedos, las olas del mar callan al futuro.

Otra vez quedo dormido, sin recuerdo de ese momento perturbable, en el que ella me da la espalda, en el cual el horizonte sostiene su futuro, sin lugar para un sentido opuesto.

El roce de su mano, el pelo jugando con la brisa, la noche que llega, su sabor a sal, la oscuridad, sus labios a punto de abrir el universo.

No puedo alejarme de la culpa, del latir tortuoso de mi piel, la culpa, este cúmulo de grietas que dan forma a su nombre, y que hacen de esta espera una sombra que me apresa.

Aquel beso, su beso. Las olas casi alcanzando nuestros pies, sin tiempo, infinitos, silencio, dejando hablar a nuestra piel.

Lo desolado que me siento se refleja en todos los espacios que ocupa mi mirada, es extraño, los lugares se repiten, la caída es una sensación inconmensurable, atrayente, hipnótica, uno no descubre que dejó de caer hasta que lo demás se ha detenido, mantiene la espera de la coyuntura que permita levantar los escombros.

Susurros, gemidos, arena y al fondo el amanecer que amenaza con despertarnos, traernos la realidad como lluvia, constante, fría, triste.

Hallé rastros de un fantasma, se ha vuelto común encontrar muestras de una ausencia mientras la melancolía cava y hace más profundo este despertar perpetuo, incluso hubo un temblor, son comunes en toda excavación, eso quiero creer, por tanto mantengo seguro el miedo a quedar atrapado.

El sol hizo que nuestras manos se separaran, ese era el acuerdo, en el puerto ella tenía quién la esperara. No había tiempo para lágrimas y subimos al barco. La luz, su luz, era triste intensidad.

Mis manos están mojadas, la desesperación es una llama, uno se mantiene consciente, es doloroso, el sudor va inundando cada parte del vacío, un espacio que descubre lo infinito, una agonía recurrente, la muerte, una quimera, el camino invisible que nos lleva a pensar en la multiplicidad de las decisiones pasadas, dejando su forma en un desierto, un espejismo que doblega y corrompe el desasosiego.

El barco, sus pasos, la agitada agua que se transforma en sus huellas, huellas que no sigo. Un adiós sin mirar, su silueta ondeando con el viento, un lejano te quiero y de repente el silencio, negro, un negro sangre como el agua agitada tras sus pasos.

Julio Muñoz & Ronald Dávila 




martes, 31 de julio de 2012

Lugar de encuentro



Anochece, y vuelvo a encontrarme con aquellos ojos que se quedaron en mis recuerdos.

Los mismos que hacen de luz, en el camino que nos lleva de regreso.

Es como si ni tiempo ni distancia hubieran detenido nuestra historia.

Como si el viaje continuara en nuestras miradas entrelazadas.

Veo tu boca, es la misma de siempre; siempre sabiendo que decir, y siempre sabiendo donde estremecer.

Y es aquel temblor que brota de tu piel, que hace que nazca en mí el deseo de habitarte. Te vuelves un peligro constante.

Veo tus manos, son las mismas de siempre; siempre sabiendo donde tocar, y siempre sabiendo donde hacerme morir.

Y mueres en mí, como el incendio que eres, y del momento fortuito que ambos dejamos, quedan los restos del deseo latente.

Los restos, hechos cenizas. Esos vestigios que siempre nos traen de regreso a la piel ya conocida. Tu piel, que ya me sé de memoria.

Amanece, y nos alejamos, nos desprendemos para retornar al viaje, anhelando ver en nuestros ojos el momento aquel, donde todo vuelve a empezar, en nuestros recuerdos, en la misma piel.


Ana Rojas y Ronald Dávila Lara

martes, 17 de julio de 2012

En los ojos del gigante.

Era un universo tan pequeño, que tenía una sola galaxia, y era esa galaxia tan chiquita, que en ella no había más que un planeta, y era ese planeta tan reducido, que en él solamente habitaba una persona, y era tan inmensa esa persona, que en sus ojos se podían ver muchos universos.

Maestra, mi perro se comió mi mundo.

Era muy temprano y aún seguía pegado a mi cama mientras mi mamá me gritaba para que ya fuera a desayunar —es curioso, mi mamá en las mañanas siempre grita. Terminaba de ponerme los zapatos y parecía como si todo a mi alrededor corriera; y yo no tenía ganas de correr... yo únicamente quería dormir, y que todo durmiese conmigo. He descubierto que mientras uno empieza a dormirse en las mañanas el resto del mundo también, es como si nos apagáramos de a poquito.

Ya estoy en el bus camino a la escuela y no alcanzo a recordar qué desayuné antes de salir. Creo que salí tan rápido que hasta se me olvidó despedirme de mis papás. Lo que sí recuerdo es que nuestro perro estaba ahí viéndolo todo.

Detesto tener que hacer fila para entrar a clases, una vez me quedé dormido mientras esperaba a que los otros entrarán... nadie ha pensado en el peligro de que me empujen mientras estoy durmiendo, puedo caer y seguir dormido, les aseguro que de ahí nadie me levanta, ni los gritos de mi mamá.

Ya dentro, aún tenía mucho sueño, y todos hacían demasiado ruido, yo solamente agaché la cabeza, quería que de a poquito todo se fuese apagando, fuera increíble que hubiera un botón que los apague a todos.

De pronto la maestra se acercó, y me pidió la tarea. Yo levante tan lentamente la cabeza, que estoy seguro que lo que me pedía era la tarea del día después, yo la miré y sólo atiné a decirle que el perro se había comido mi mundo.

martes, 15 de mayo de 2012

Despertar es morir


Despertar es morir

Todas las mañanas siente tan lejano el reflejo frente al espejo como cercano el dolor por respirar el mismo aire del reflejado.
Siente que se va desprendiendo, de aquello que en el alma lleva impregnado, la esencia de su ser, su realidad, su rostro.
Su rostro es una máscara más, extraña, cuarteada por las lágrimas. Rota en mil recuerdos, en cientos de besos no dados.
Y así empieza su viaje, la carga de vivir a diario, de ir dejando parte de sí, en cada huella, en la retina de quienes transitan a su lado.
Nadie le avisó que él era su carga más pesada, su fantasma más aterrador, que conocerse iba a ser el camino más doloroso y largo.
Siempre lucía cansado y viejo, por dentro llevaba el presente, por fuera vestía el pasado.
— ¿Por qué seguir viviendo si hace tanto que he muerto? 
—Porque no tienes valor ni para mirarte en el espejo. 
— ¡Calla! 
—El único que habla aquí eres tú.
Pensar, no es hablar; como estar muerto, no es estar en silencio. Pero, quién soy yo para contradecirme, sino solo el pellejo de lo que de mí queda.
Mi vida es como la manzana ya mordida, como arenas movedizas que te tragan hasta el cuello y no te dejan ir más allá.
Soy un mundo en ruinas, soy mi día gris. Por mí solo caminan mis fantasmas y yo.
— ¿Y tú dónde estás? 
—No estuve nunca.
Soy el lugar que camina, y soy mi propia sombra. Conmigo muere todo vestigio, los demás lugares que caminan conmigo.
Y me hago paisaje; cuchillas en la boca. Y corre la sangre; la vida bajo la horca.
Y guardo las ganas de morir en los recuerdos de los que lloran.

Ronald Dávila & Julio Muñoz

martes, 17 de abril de 2012

Lluvia.

Hoy amaneció mojado, hoy me mojé mientras caminaba.

Vi a la ventana llorar mientras yo también lloraba.

Hoy amaneció mojado, hoy me mojé mientras los demás caminaban.

Vi en sus ojos la misma lágrima y sus cuerpos inundados.

Hoy amaneció mojado.


martes, 27 de marzo de 2012

Mientras digo la verdad.

Podré mentirme y mentir a todo el mundo...
hoy y los días que yo quiera...
y cuando esté muriendo creer que podré vivir...
pensar en lo mucho que me importa el resto de la gente...
así ellos crean que me importan poco...
y la verdad es que a veces sí es así.

No tendré que escuchar absurdas palabras de aliento...
mentiras más falsas que la realidad...
seguir confundido por publicidad que hace a este mundo perfecto...
fingir que mi vida es una perfecta vanidad...
no se puede establecer parámetros de risas...
no se puede querer por querer.

Y así de triste se siente mi rostro...
no hay realidad más dura que la que no se quiere aceptar...
podré decir que los perros lloran...
¿y nosotros?, ¿nosotros qué?..
adivinanzas, acertijos y demás...
¿somos?, ¿qué realmente queremos ser?

Pude mentirme y mentirte hoy...
pero mañana no sé si podré...

Instante amargo.

Tengo una alegría amarga
inconclusa un poco débil.

Trato de ver las cosas buenas
pero los cuentos de mi infancia salieron de mi mente.

¿Cómo ver ilusiones auto impuestas?
¿Cómo mentir ante el espejo?
¿Cómo no reconocer lo que conozco?

Se dicen las verdades en momento de histeria
mas no puedo gritar con sentimientos de angustia.

Dejaría de pensar negaría mis pensamientos
ocultaría lo que creo y detendría mi razón.

Mientras lloramos.

Pienso creer que he descubierto un fin
creer que deseo algo fuertemente
aunque pienso tanto en ello
sé que para mí aún no termina el día.

Anhelo sonreír al día unos instantes
pensar que mis pasos no pasan de tres
imaginar que no sé multiplicar
que leer aún es prohibido para mí.

Me desespero por dejar de respirar
por decir que la vida es una farsa
encerrarme en medio de la nada
gritar por una verdadera libertad.

Poder mirar a mis ojos como al horizonte
ser irrelevante con las verdades
decirles a todos que la locura es común.

Sonreír mientras todos lloramos
sonreír, sonreír, sonreír.

martes, 31 de enero de 2012

Locura ajena.

Quería saber de qué color eran las flores en verano
no sabía si las aves vuelan al sur cuando tienen calor
o al norte cuando necesitan compañía.

El frío será el resultado del enojo de dos amores
o nacerá de un corazón marchito
aun con todas estas complicaciones me pregunto
¿cuán rápido puede volar el olvido?

No se sabe cuán lejos llega una palabra
cuando se la dice en silencio
si piensas que yo te pienso
no sueñes…
despierta…
lo estoy haciendo.

martes, 24 de enero de 2012

Traigo y me distraigo.

Traigo bajo el traje puesta la carne, llevo en alguna parte el alma, y bajo la luna llevo los pies.

Traigo bajo las pestañas los ojos, llevo en alguna parte un recuerdo, uno que va sobrepuesto, que se monta y corre detrás de cada añoranza.

Traigo el sentimiento entrevuelto, entre ganas y entre nada, traigo a veces y otras no traigo, ando suelto como si de nada colgara.

Traigo bajo mi mundo otro mundo y sobre el mío otro también, y en cada persona que pasa veo mis mundos desaparecer.

Traigo sobre mi sueño otros sueños y sobre ellos veo volar el atardecer, y en cada persona que pasa veo otro día nacer.

Traigo un universo en cada bolsillo por si uno se me llegara a caer, y en la frente bien adentro traigo otro por si me tocara desaparecer.

Traigo y me distraigo del todo porque solo eso sé ser.

martes, 17 de enero de 2012

De cuando las paredes me seguían.

Lo recuerdo claramente, es como si yo nunca hubiera crecido, porque no
voy a ser insensato y decir "como si el tiempo nunca hubiese pasado",
ya que todos saben que el tiempo no existe, es un invento de mis
padres. Lo supuse desde la primera vez que llegué tarde a clase
porque había tardado en levantarme de la cama, bañarme y hacer todas
esas cosas que se tienen que hacer antes de salir a vivir, y sí, uno
sale a vivir, ya que en casa todo es distinto, todo, es ahí donde
realmente empieza lo que les voy a contar, de cuando las paredes me
seguían.
Tengo muy mala memoria  y lo recuerdo porque la gente con la que debo
convivir siempre me recuerda que tengo mala memoria, ojalá se murieran
todos ellos, igual yo ni los recordaría, y todo sería más sencillo,
como dormir todo el día, y no soñar, si el tiempo existiera, soñar
sería una pérdida de tiempo.
Bueno, como les decía, una vez me siguieron las paredes, fue muy raro,
porque ellas pertenecen a la casa de mis padres, y eso no las detenía,
me siguieron a la escuela, al colegio, a la universidad, a mi
departamento, al departamento de mi novia, ellas han estado siempre
donde yo he estado, incluso a veces se disfrazan, se visten de
montañas, árboles, lagos y cualquier cosa que se les ocurra, ellas
definitivamente tienen mucha imaginación, y si existiera el tiempo,
ellas lo tendrían de sobra. Hubo una vez en la que mis papás se fueron
de viaje, ellas y yo nos quedamos solos en casa, fue divertido, nos
pasamos jugando todo el día, desde mi habitación, cruzando por la
cocina, hasta terminar viendo tele en la sala, y cuando ya era hora de
dormir, ellas también se dormían. Me es raro pensar que sucederá el
día en que ellas ya no estén, ¿las extrañaré? ¿me harán falta?, es
algo que no sabré, pero de lo que tengo seguridad, y lo digo porque lo
he pensado mucho, es que el día que me muera, ellas no morirán
conmigo, porque aunque ellas aún no lo saben, las heredaré a mis
hijos. Lo único que espero, es que ellos no intenten decirles nada,
porque aunque algunos idiotas creen que las paredes escuchan, la
verdad es que ellas no lo hacen, son sordas.

Una máscara.

Ya no me cabe el rostro en este silencio, necesito un espejo, un
maldito espejo y una máscara, una que esté vacía, de entredichos y
mentiras, una que me contenga, que me esconda de mí.

Necesito un maldito espejo, y nadie me lo entrega, necesito rasgarme
el alma, y guardar aquello, eso que del todo me lastima y perfora la
entrañas.

Necesito una máscara, una muy pequeña, una que me esconda de mí, y que
comparta mis miedos, una que se rompa cuando llore, una que destile
sangre en lugar de lágrimas.

Ya no me cabe el rostro en este silencio, necesito un espejo, un
maldito espejo y una máscara, que no se les olvide traerme la máscara,
una que se rompa cuando llore, una que deteste mirarse en el espejo.

martes, 10 de enero de 2012

Y se anhela a la noche, porque es eterna.

Sus ganas envuelven tus labios, te incendia.

Su pasión se incrusta en tus ojos, te inquieta.

Sus manos anclan tu alma, te posee.

Sus besos trascienden tu cuerpo, te conquista.

Tu piel se consume con la suya, se liberan.

Las sábanas sucumben, la habitación se expande, amanecen en el mundo del otro, sonríen. Y se anhela a la noche, porque es eterna.

De amor no se habla.

Quién habla de amor, preguntó aquel hombre que no aguardaba nada, aquel que en su viaje escuchó un comentario, un pequeño murmullo, de alguien que hablaba desde la carne, como si hablara desde el corazón.

Quién habla de amor, volvió a replicar aquel hombre, ese que curioso hurgaba en lo que no comprendía, en lo que para él se volvía cada instante en deseo más que en la voluntad de volverse razón.

Quién habla de amor, preguntó por última vez aquel hombre, ese que no existe, ese que nunca habló, ese que también murmuraba, escondido, aquel que no era grito, sino una sigilosa argumentación.

Quién habla de amor, sino aquel que siente, que desde lejos ama a quien sin conocer la enamoró.

Quién habla de amor, sino las manos, esas que sin tocar su piel, le han escrito poemas de amor.

Quién habla de amor, sino sus ojos, esos que la ven sonreír aún cuando la tristeza lo ha sumergido en un inmenso dolor.

Quién habla de amor, sino el amor mismo, ese que siendo dueño de su cuerpo desnudo, de sus caricias, de sus palabras, ese amor que sabe que existe en la sonrisa, en el abrazo, en la mirada, ese que conlleva a la comprensión.

Quién hablaba de amor...

martes, 3 de enero de 2012

El hombre estaba viviendo.

Estaba el hombre sin saber qué escribir, sentado en algún lugar aún sin imaginar en su mente.

Estaba el hombre sin poder caminar, sin hablar, sin mirar, y sin ganas de escuchar a nadie.

Estaban sus manos sujetas, a lo que estaba creando, era su vida lo que estaba escribiendo.

Estaba sentado, no lo sabía, estaba observando, también sin saberlo.

Estaba el hombre, en algún lugar aún sin imaginar en su mente, compartiendo consigo mismo su desgano.

Estaban las manos, los pies, los ojos, sus oídos, y todo lo que le vino en par, sujeto a él, y nadie lo notaba.

Estaba el hombre, ese que escribía, ese que no miraba, que no escuchaba, que no quería oír; ese hombre que caminaba mientras escribía su propia vida.