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martes, 8 de octubre de 2013

Nube

Pareciese pasajera
esta nube bajo techo
sobrevolando mi pecho,
lloviendo su cabellera.

La habitación quisiera,
como ella, romper trecho:
cada espacio ser lecho;
línea rota de frontera.

Nube rota de espera,
precipitada al hecho
se esculpe al acecho.
Del barro es agua, yo tierra.

Alexander G. G.

martes, 7 de mayo de 2013

Un error relator.

Cambié el resto de mi vida por un año en el que amé por todas mis vidas. Me quedé en un país donde encontré mi infinito por escasos meses. Pospuse un viaje para irme en unos ojos. El viento tira las palabras en mi cara e inevitablemente escribe sus bofetadas sin que pueda negar mis mejillas. Tomé el riesgo de la sed. Acudí a la boca de la cual sabía que no volvería. El silencio de las dos bocas de donde nacía aquel ahora, por ciertos instantes, en sus recodos, albergó a la imaginación que se valió de ese momento para desterrar al mundo. Derrumbe, crisis e insomnio aúnan sus lineamientos para imperar en mi humanidad: usan los más maravillosos acertijos; las veredas, los árboles, el sabor del imperceptible lunar al ras de su boca, las islas, los golpes de un cautivo entre el pecho que alimenta mi inquietud, su ombligo. Así es como las esquinas y las espinas se desprenden, como esquirlas regadas frente al espejo mental que las multiplica. Es clara su oscura intención de tensión, de azuzar al salto. La conclusión unió al fin y a lo tácito, entonces no fue la calma después de la tormenta, sino la calma de la tormenta. Ciertos aires de exageración al otro lado de la puerta incluyeron al olvido en el resultado de mi inventario. Ahí, luego de aquella silente obra, me convierto en el autor de este dictado, un cúmulo de crisis, derrumbe e insomnio entre bestias de lo esporádico.

Alexander Gómez.

martes, 12 de marzo de 2013

Puerta.



La puerta rechinó haciéndole pequeñas grietas al silencio, grietas que luego del instante, fueron grietas caídas ante el movimiento lento y vetusto de lo que anticipa una entrada o una salida.

Toda llegada fue ida por haber partido de algún sitio, todo es salida aunque se entre hacia unas cuatro paredes.

De este lado de la casa donde es aparente silencio, eco de nada y de lo quieto, apenas es perceptible la baja murmuración de la noche.

Así, cuando el ruido del silencio radica en su súbita omnipresencia, la mudez de la sombra más danzante ante la serena luz, cúspide de aquel pilar de cera, describe su dependio.

El derrumbe allá afuera está en su apogeo y yo lo acompaño en su desmoronamiento rodeado por las naderías desnombradas por la oscuridad, por las únicas testigos del desplome sobre esta hoja.

Sigo saliendo, de sitio en sitio, lejos, inmóvil, sobre la silla, entre el pecho y la espalda. Así entre instantes vuelvo a la puerta una y otra vez, y otra ves, a éso que está cuadriculando mis entradas.

«Dice la puerta que ya quiere entrar, y que las mejores puertas, están libres de sus marcos»

Alexander Gómez

martes, 26 de febrero de 2013

A este dulce dependio.


A este dulce dependio
flaco de esta cordura,
es extraña amargura
e invisible incendio.

Y llega en el remedio,
de súbito, de repente,
siendo vos de lo ausente
y transparente rebeldía,

ese bosque en demasía,
la hoja omnipresente.


Alexander Gómez.

3: 00 a.m. (Insomne)


Voy a tomarte en la molestia, en ésta que me lleva a ser un par de soles encendidos por el insomnio. Me asomo a la ventana que da al pasillo que lleva hacia afuera, ventana que a primera vista sólo da hacia un muro. Murmuro que la noche cae, pero no, la noche no cae, aterriza como una ciudad sobre otra, entre otra, calando, acomodándose en cada uno de los rincones que separan al pecho de la espalda. Creo que jamás se podría comparar a la noche con el olvido, todo lo contrario, pues ésta ha de ser el más efectivo de los verdugos, incluso ha de ser puerta franca para todo tipo de vestigio y también testigo de aquellos amantes que retozan con decoro sobre los trozos de la distancia vencida.

Sólo soy una orilla que se asoma a este fondo tan libre del pozo, apenas una pena, apenas una pose, un paso quieto o un quieto de paso. Así es como me aparto del punto onírico, siendo la vertical quebrada en el intento de describir aquello que escondió al horizonte, esta ventana-blanco de los recuerdos que ya es cicatriz a la hora del no dormir.

El reloj sigue enmarcando mi insomnio y seguirá marcándome en el ahora.


Alexander Gómez.

martes, 4 de diciembre de 2012

Una piedra junto al árbol.




Una piedra junto al árbol.

Pareciese que es el viento pero no. El árbol sacude sus ramas mientras le da voz a las ráfagas que lo circundan, y yo, más como tropiezo urbano que como piedra, me poso al pie de su paso. Ahí me quedo, como la sombra que nace en lo más alto de la raíz, donde comienza el tallo y sus hermosas cicatrices, al ras de mí y atravesado por la imposibilidad de la concordancia entre el nombre del instante y la caducidad del mismo.

Reclinado en esa palabra enraizada observo cómo la vida dobla en aquella esquina, cómo se curva anunciando su misterio, otro misterio, uno que suele recordarme al bosque que se divisa al fondo de sus ojos, como quien intuye un río al otro lado de los arboles, pero uno de corriente silente, de aire fresco, y algo de ese vértigo que el precipicio nos ofrece, ese de invitación al salto. Así, retando y retado por el recuerdo me siento un campo de batalla, un patio de tonalidades sepias en el que soy un feliz perdedor, un herido por voluntad propia a causa de sus cauces.

Aquella nube fija y su pilar de savia se sacude de nuevo, los elementos que conforman el entorno han perdido sus nombres, entonces esa segunda lluvia de gotas guardadas entre las hojas se precipitan como dulces suicidas sobre mi frente, su recuerdo y las heridas de un moribundo constante presente de piernas recogidas; un corazón y sus pasos de fondo.

Así fue cómo la palabra «Corazón» latió en esta nada contenida, en este cúmulo de esperas donde ella solía sentarse a hojear el eco de polvo que planeaba junto con la sombra, donde desaparecía a plena luz, a la vista de la periferia, donde sostuve el peso de su historia y por tantas eternidades dejé de ser esta pulsación pétrea llevándome a ser el fulcro entre sus muertes frente a sus páginas.

Esto es sólo un recuerdo, un mundillo infinito tatuado en el núcleo y tras la capa que cubre al vacío, el dolor que la terca memoria se empeña en guardar en algún rincón de esta esquina: o como el necio del punto de vista me describiría; una piedra junto al árbol.


Alexander Gnomo.

Una sombra frondosa.


Una sombra frondosa 
Al ras del cielo vencido
Ése gran ramal me iza
Una nube que es nido
Y todo lo armoniza.


Alexander Gnomo.

martes, 6 de noviembre de 2012

Donde. Cuando. Allá. Nunca.

Cuando

Alzar la mirada
Asciende lo perdido
Tras los ojos, y el cielo
Es un laberinto
De islas pasajeras,
y tu rostro es el cielo.

Cuando
Recuerdo aquel silencio
Olvidado en tu paladar
En medio de las voces
Que chocaban
Con nuestros rostros
Entre la negrura.

Donde
Las paredes enardecidas
Por la calma
De un par de hojas,
Murmuraban quizá
En el lenguaje del polvo
y lo que sucede
Deja de suceder
Sólo para ser
Testigo.

Donde
Se encendieron los bosques
y las llamas
Fueron frutos y aves de sed.

Donde
Los pozos admiraron
Nuestro fondo
Que se desbordaba
Llamando la atención
De la noche
Pasajera.

Aquí
Donde usaste mi pecho
Para tapar tus ojos
y la risa hacía juego
Con el son
Que marcaba este reloj
Grabador
Que hoy recuerda
Ese palpitar
Que quería salir
Al encuentro
De tu voz.

Aquí
Donde el trazo
Es un trozo
Que se desprende
Tras los dedos,
Donde los dados caen
y el resultado
Es sin importancia
Porque en el tiempo
Detenido
La he tenido
y entonces
Ella
Era todo el tiempo.

Allá
Entre el lunar
Que bordeaba los labios
Dibujados por estas ramas
y lo entrecortado
Del aliento
Que dejaba salir secciones
Del bosque
Sembrado por las caricias
Desaparecía
En el viento.

Allá
Donde jugamos
A ser ambos
y el silencio
Se hizo visible
Por tu transparencia
A quemarropa.

Nunca
Fui un siempre
Allá,
Donde el suceder
Nos lleva
Siempre
Al nunca.

Alexander Gnomo.
https://twitter.com/Ggnolex 

martes, 30 de octubre de 2012

Aquella noche me trajo todos tus rostros.


Aquella noche me trajo todos tus rostros. El cielo que se curvaba me descubría entre tus cabellos como finísimos hilos de ébanos ondeantes e interminables que se aventuraban sobre los árboles, entre mis manos, por entre las ramas.
Sobre mí eras la nube y sus formas. Distante y tocándome, muda y desnuda. Omnipresente. Con una leve llovizna descendías muy lento y te posabas humedeciendo el tiempo, palabras sin peso que el viento no se lleva, apenas gotas, apenas aliento. Y mis penas se humedecían con tus dedos de agua.
Fuiste el otoño de la nube que desprendió su hojarasca sobre el verdor invadido por tu ensombrecido rostro de noche, palabra precipitada, bosque sobre bosques. Como siempre, como en mi miente, como desde tus ojos hacia adentro.
Y es que tus noches son todos los días y a pleno día las horas y entre tanto este ahora en que me encuentro. Como aquella noche que trajo tus rostros, mi desencuentro.

Alexander Gnomo.

El atisbo como abono, en la raíz del silencio.


"El atisbo como abono, en la raíz del silencio"



Alexander Gnomo.

martes, 2 de octubre de 2012

Mi árbol es ella.





Mi árbol es ella.


Una explosión lenta, una de savia. Ese árbol fue el dolor de parto más verdoso de la tierra. Es el puente entre la sombra que cae y la eterna noche en la raíz. Como batuta del viendo anida los vuelos caducos que cuentan los parajes de la nube.

Una orquesta de altos picos en el bosque propicia su galante oleaje desprendiéndo de sus ramas pequeñas palabras que van formando la hojarasca. Revolotean, danzan entre sí, dibujando las formas indecisas de las ráfagas que se pierden en su follaje.

Es camino y paso más profundo. Un abrazo sin espalda. Una bondad frondosa, y esa bondad radica en que, a pesar de la intensión de sentarme sobre su sombra, ésta responde con el cobijo de su abismal cuerpo.


Alexander Gnomo.