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martes, 19 de noviembre de 2013

Yo no soy el escritor, lo eres tú al leer

La soledad desborda el caudal de la memoria

Es una frase como otra cualquiera, una frase más, pero parémonos a analizarla según la persona que la lea. 

Marta, mexicana de 42 años. Sentada en su sofá, tras una jornada dura de trabajo. Todo el día lloviendo, sus manos se cuartean por el incipiente invierno que azota con dureza las calles. Pega un sorbo de café y enciende el ordenador, abre tuiter y lee la primera frase que aparece: "La soledad desborda el caudal de la memoria" y rompe a llorar. Esa frase describe totalmente su situación, ella entiende que las circunstancias que le han llevado a su gigantesca soledad son tan duras que no puede borrarlas de la cabeza y ese hecho hace que se sienta aún más sola. 

Juan, venezolano de 19 años. Martes, seis de la tarde, enciende el móvil y achina los ojos para poder ver el pálido brillo de su smartphone. El sol azota con fuerza su espalda y lee: "La soledad desborda el caudal de la memoria", piensa: "¿Qué?" y abre Whatsapp para hablar con Laura. 

Laura, venezolana de 19 años. Martes, seis de la tarde, enciende el móvil y abre tuiter para leer: "La soledad desborda el caudal de la memoria", piensa que es una de las frases más bonitas y tristes que ha leído y da FAV al tuit, quisiera mencionar al tuitero que lo ha escrito pero le da vergüenza, además la llamada de su novio hace que lo olvide. 

Jose, español de 29 años. Abre tuiter en una tarde aburrida y fría y lee: "La soledad desborda el caudal de la memoria" y piensa: "Joder, es lo podría haber escrito yo". 

Mercedes, española de 32 años. Se encuentra tumbada en la cama del hospital tras haber sido operada de una rodilla. Aburrida de la conversación de su familia abre tuiter y lee: "La soledad desborda el caudal de la memoria" y piensa que es una de las mayores cursiladas de la historia de la literatura, que no le dice nada. 


Lo que vengo a decir es que la literatura no es de quien la escribe, es de quien la lee. 

¿Y tú que lees?


Julio Muñoz
@Xulious



martes, 27 de agosto de 2013

Palabréame esta.


Palabréame esta
  • Azotada por mi léxico.
  • Esposada a tu semántica.
  • Enredada en mi significado.
  • Perdida en la métrica de tus versos.
  • Volteada por mi rima.
  • Ensimismada con tus diptongos, alterada por tus hiatos.
  • Tildada de salida en mis puntos y aparte.
  • Hambrienta de tu domino de la lengua. (Te miro, te admiro. Sedienta y hambrienta. Viva la lengua española, viva la lengua hambrienta.)
  • Salivan tus letras por alcanzar el sabor de mis silencios.
  • Me escondo tras tus vocales que arden por mis consonantes; tú y yo, asonantes.
  • Sudan mis sílabas al amarrase a tus encabalgamientos.
  • Yo descanso a las sombra de Tu T y tú te columpias en los arcos de Mi m.
  • Soy letra condenada a no tocar tu lengua.
  • Somos palabras que se llevó el aire, un viento de otoño que nos despeinó las tildes.
  • Muérdeme hasta que no haya más silencio.
  • Cállame los versos, grítame los besos.
  • Habla con mis silencios, no quieren decir tu nombre.
  • Mi nombre se deletrea con tus suspiros, se escribe con tu sangre.
  • Mi nombre es tu lengua buscando el lugar en mi cuerpo.
  • Somos lenguaje corporal escrito sobre sábanas blancas. Nuestro sudor, nuestra tinta.
  • Que nunca sea tu lengua muerta.
  • Que nos pasemos la noche punto y seguido, punto y seguido, punto y...
  • Hasta que el punto se ruborice de ver nuestro final.
  • Ese punto se escribirá con tinta roja.
  • Escríbeme con saliva, la tinta qué.
  • Sea nuestra piel lienzo, sean nuestros dedos pincel. Seamos la ilustración de este cuento sin final.
  • Escuece lo no dicho. Se hunden las palabras que son herida. Se agrieta el silencio. Tú. Yo. Solo un hueco sin significado.
  • Y se abren las heridas y sangra nuestra musa, que arrinconada maldice nuestras plumas que ya no se dejarán escribir.
  • Déjate escribir, no tengas miedo.
  • Tengo miedo a perder las letras, que me dejes muda de versos. Que me robes las estrofas en las que me refugio.
  • Mis letras y tu desnudez. Tu lengua y mi significado.
  • Nos conjugamos en presente perfecto, y futuro incierto. Tu verbo, tu sexo, es imperativo.
  • Mi piel sigue erizada por la historia que escribiste en ella.
  • Mis dedos se enredan en tu pelo, y trenzan los versos que me cuentas en silencio.
  • Haz que tu cuerpo se convierta en todos los significados que no llegamos a entender. Que gima, que grite, se retuerce de placer. En cada letra un nuevo cielo que tocas.
  • Y llenaremos el vacío de nuestros folios en blanco con las promesas de nuevas letras entrelazadas, de nuevos cuerpos unidos formando nuevas palabras. Inventemos un nuevo lenguaje con nuestras lenguas anudadas.
  • Y hacernos palabra, hacernos silencio que gime en nuestra nuca para recordarnos que no somos, no existimos. Somos uno, somos orgasmo. Grita mi nombre hasta que se quiebren tus labios. Ganas que nos devoran en el desierto. Tu piel arena. Tu mirada la cueva. Desemboco.
  • Nos callamos por no molestar a los libros que nos leen desde la estantería, dibujando en sus hojas la pasión de nuestros ojos. Te toco otra vez, me tocas de nuevo, para leer el braille de nuestros poros.
  • Te toco. Desemboco. Como lo hiciste con nuestra historia, regaste las páginas muertas de nuestro árbol con insidiosas mentiras que se burlaron de todos los suspiros derramados. Tras la ventana te ríes viendo llegar el fin. Ninguno de los dos se atreve a pasar de página, y nos ahogamos porque lloramos por lo que tenemos y no sabemos contener. Somos fin sin haber comenzado. Y ríes entre lágrimas mientras el sol destroza mi piel.
Julio Muñoz y Ester Sinatxe

martes, 21 de mayo de 2013

María


María

Bajo sus pies las calles vacías ardían en silencio, sus ojos solo miraban dentro, sus manos buscaban la salida.

Sólo los recuerdos le servían de soga. Soga de la cual tirar para encontrarse, o quizás con la que podría colgarse.

Mirara donde mirara solo encontraba lágrimas, humo y sentimientos ahogados en el fondo de la botella.

Un nombre de mujer se repetía en su cerebro. Creyó haber olvidado el suyo. Se encontró añorando su cordura.

Y caminó, caminó rápido para borrar los sentimientos, directo al abismo, donde todo empezó, donde él murió.

Corrió. No había retorno. Estaba lejos de ella y aún más de él mismo. Ella estaba muerta y él creía estarlo.

Fue cuando por primera vez en la noche se fijó en la carretera, la noche y el miedo había ocultado los cristales rotos, la sangre de sus manos, las lágrimas en sus ojos.

De repente se acordó de su propio nombre. El odio que le provocó lo tumbó en el suelo. Cansado y con la boca seca gritó su nombre. Esa noche acabó con su vida; su única vida: María.


Cadáver exquisito escrito por @RevoItoso & @Xulious 

Sin un ayer que olvidar


Antes de olvidar el nombre de ella lo escribió profundo en la corteza de un árbol, por cada letra, una lágrima que reflejaba su rostro.

El viento hacía crujir las ramas, al compás de su maltratado corazón, deshojándolas sobre su abatido ser.

Algún día dejará de ser, olvidará todo lo que le hizo estremecer, algún día será silencio, el vaivén de la hoja que no llega a caer.

No albergará nombres es sus ojos y dejará de acariciar imposibles; será incógnitas en un futuro sin presente.

Un presente sin ayer, un lugar sin posición, una lágrima sin sentido, un dolor sin razón, una vida olvidada en la corteza de un árbol.

Y llegarán los otoños, disfrazados de tormentas y vendavales, a despojarlo de hojas y ropas. Llegarán en un adiós eterno, sin vida.

Julio Muñoz y Ester Sinatxe.

martes, 12 de marzo de 2013

Lo extraño



Lo extraño es que te quiero
                            y te quiero porque te extraño. 


Te regalo la hierba bajo tus pies
                                 y la respiración de mi boca. 


Te invento mil cuentos
                       y te envuelvo en silencios. 


El silencio de tus ojos
                        y el grito del piano. 


El descenso a la oscuridad 
                  
              lamento y piano 
                                                                                  destierro de toda esperanza. 


La belleza de la lágrima derramada.

y

al

final

del

túnel

TÚ

CONMIGO


Julio Muñoz


martes, 20 de noviembre de 2012

Ellos se tocan


Él se Masturba 

Por @Xulious




Ella se Masturba. 
Por @nadiamente



martes, 25 de septiembre de 2012

Letras y un adiós


Letras, letras y más letras

Letras, letras y más  letras. Mi vida ha sido una tumba de palabras que gritan sin decir nada pero aquí sigo yo, buscando el significado.
Cada noche me calzo mis zapatillas y bailo en puntillas sobre la hoja en blanco, intentando describir con movimientos sutiles lo que representa para mí la vida, mis pasiones, mis miedos, mis vacíos, mis llenos, sintiendo que bailo en un agujero inmenso donde intento alcanzar el suelo y no me veo. Pero hoy alcé las manos, esas extremidades olvidadas, los brazos, que cuando te obsesionas en mantener el equilibrio sobre los dedos de los pies olvidas. Los brazos, esos brazos que cuando cierro los ojos alargo hasta el cielo, hasta el fin del universo pero cuando vuelvo a abrir los ojos les veo quietos, cerca, trémulos.
Alguien me dijo un día frío sin lluvia: “Los escritores son del invierno” y yo le dije: “Seguiré al sol hasta el infierno” y aquí sigo, condenándome en cada letra, en cada palabra, en cada significado.   
Nadie le dijo a Alicia que el conejo lo único que quería era su tiempo igual que nadie me dijo que mi tiempo era lo único que tenía.
Y sigo caminando, llorando, escribiendo, aunque en todo me repito, porque soy lo que soy, sin más, no pido un esfuerzo, esforzarme sería negar lo que soy.
Frases sin sentido, palabras sin destino, todo eso es lo que es esto pero sigo mirando al sol, creyendo que un día se ocultará para nosotros dos, incrédulo, lo sé, también sé que los que no creen son los que más caminos recorren, solos, acompañados, heridos, en trozos.
No sé quién soy, ni sé si solo estoy hecho de recuerdos.
No sé si esto es una despedida o solo un lapsus en el tiempo, solo sé que esta madriguera queda en manos de trabajadoras guerreras y de escritores intensos y fantasiosos. Es mi alto en el camino, hoy entrego mis orejas no para no mirar atrás, sino para llevarlos a todos en mis deseos.
Desde la mexicana que arrancó la vida la decisión de si debía o no ser feliz hasta el conejo que la esperó con los brazos abiertos más al sur de los sentimientos. Desde la reina que imagina mundos desde su cuarto alborotado, hasta la guerrera que niega que la vida sean las reuniones de su trabajo. Desde el soñador que intenta ver el mundo como un chiste que nos hace feliz a todos hasta el joven que siente que todo es un sueño.
Tantos conejos como sueños, tantas historias como luegos.
Recuerden conejos, siempre recuerden mirar el sol, allá donde las fronteras son luces y las palabras penden sobre el árbol mecidas por el viento de la primavera.

Os quiero mucho. ¡COÑO! 

martes, 21 de agosto de 2012

La libertad de quien se sabe muerto


Y se siente tan áspero...


No te necesito porque sé que estás donde no puedo olvidar. 
No te olvido porque me niego a recordarte. 
No te recuerdo porque no me conozco.  
No me conozco porque sigo buscándote. 
No dejo de buscarte porque sé que estás ahí. 
No estás ahí porque no te necesito. 
Y se siente tan aspero...

Julio Muñoz 



martes, 7 de agosto de 2012

Una playa vacía


Una playa vacía, la tarde cae azul y roja con furia sobre el horizonte, la arena juega entre sus dedos, las olas del mar callan al futuro.

Otra vez quedo dormido, sin recuerdo de ese momento perturbable, en el que ella me da la espalda, en el cual el horizonte sostiene su futuro, sin lugar para un sentido opuesto.

El roce de su mano, el pelo jugando con la brisa, la noche que llega, su sabor a sal, la oscuridad, sus labios a punto de abrir el universo.

No puedo alejarme de la culpa, del latir tortuoso de mi piel, la culpa, este cúmulo de grietas que dan forma a su nombre, y que hacen de esta espera una sombra que me apresa.

Aquel beso, su beso. Las olas casi alcanzando nuestros pies, sin tiempo, infinitos, silencio, dejando hablar a nuestra piel.

Lo desolado que me siento se refleja en todos los espacios que ocupa mi mirada, es extraño, los lugares se repiten, la caída es una sensación inconmensurable, atrayente, hipnótica, uno no descubre que dejó de caer hasta que lo demás se ha detenido, mantiene la espera de la coyuntura que permita levantar los escombros.

Susurros, gemidos, arena y al fondo el amanecer que amenaza con despertarnos, traernos la realidad como lluvia, constante, fría, triste.

Hallé rastros de un fantasma, se ha vuelto común encontrar muestras de una ausencia mientras la melancolía cava y hace más profundo este despertar perpetuo, incluso hubo un temblor, son comunes en toda excavación, eso quiero creer, por tanto mantengo seguro el miedo a quedar atrapado.

El sol hizo que nuestras manos se separaran, ese era el acuerdo, en el puerto ella tenía quién la esperara. No había tiempo para lágrimas y subimos al barco. La luz, su luz, era triste intensidad.

Mis manos están mojadas, la desesperación es una llama, uno se mantiene consciente, es doloroso, el sudor va inundando cada parte del vacío, un espacio que descubre lo infinito, una agonía recurrente, la muerte, una quimera, el camino invisible que nos lleva a pensar en la multiplicidad de las decisiones pasadas, dejando su forma en un desierto, un espejismo que doblega y corrompe el desasosiego.

El barco, sus pasos, la agitada agua que se transforma en sus huellas, huellas que no sigo. Un adiós sin mirar, su silueta ondeando con el viento, un lejano te quiero y de repente el silencio, negro, un negro sangre como el agua agitada tras sus pasos.

Julio Muñoz & Ronald Dávila 




El hombre y el mosquito


El Hombre y El Mosquito


De repente para de escribir sobre el teclado y se queda quieto, en silencio, sus ojos bien abiertos miran la pared fijamente, se concentra en lo que escucha no en lo que ve, más allá de su mirada hay un sonido que acaba de pasar de largo por su cabeza, cerca de su oreja deteniendo todo su mundo, creando una grieta en esa habitación.

Se levanta lentamente sin hacer ruido, la vista sigue el sonido, sonido que penetra en sus oídos y le corta la respiración. Parado, en medio de la habitación comienza a ponerse nervioso, le oye pero no le ve hasta que un imperceptible movimiento es captado por su ojo derecho y dirige la mirada directamente hacia su presa. El mosquito está ahí con su danza hipnótica e irregular. Lanza rápidamente las manos y da una palmada. Le ha matado. ¿Si? Abre las manos y nada, ahí no está el mosquito.

─ ¿Le habré matado?

El silencio se apodera de la habitación, aguanta la respiración y nada, no se escucha nada, vuelve a su cómoda silla blanca y se sienta sin estar completamente relajado, sabe que puede haberle matado pero no confía en su suerte. Sigue escribiendo.

Otro ruido. ¿Será el mosquito? ¿El mismo? ¿Uno diferente?

Vuelta a la misma rutina. Silencio, se levanta, observa, él es el cazador, el mosquito es la  presa molesta. Le ha costado mucho vivir solo, con la paz que añoraba como para ser molestado por tan infame insecto. A él le gusta la calma, las cosas a su tiempo, el silencio, no le gustan las mascotas, ni los vecinos, ni la gente, él no tiene que soportar el asedio que hace ese mosquito sobre su cuerpo. Le es molesto su ruido, su presencia, ese temor invisible a que de alguna forma se pose en su cuerpo y sin que se entere invada su espacio y atraviese su piel, esa situación le perturba y por eso sigue observando con los oídos bien abiertos.

Camina de un lado a otro de la habitación sin encontrarlo, sin dar con él, comienza a ponerse nervioso, suda, la respiración comienza a ser acelerada. Es ridículo, lo sabe, es un simple mosquito, pero no puede evitarlo, así no puede trabajar, así no puede dormir. Se queda vigilando.

─ ¿Dónde estás? Necesito concentrarme.

Mira de un lado a otro nervioso, sabe que así es prácticamente imposible verlo pero está desesperado. El techo, las paredes, junto a la  lámpara, pero no está en ningún sitio aunque le sigue oyendo. Las manos le sudan y los ojos se le van a salir de sus órbitas, tiene que acabar con él aunque le cueste toda la noche.  

Se dirige a la cocina sigilosamente, no quiere que el mosquito se entere de sus intenciones, camina lento pero directo al armario bajo el fregadero, allí esconde su arma mortal, el insecticida, lo coge y vuelve con el mismo cuidado hacia la habitación. Aprieta el botón del insecticida y comienza a llenarlo todo de una niebla tóxica pero a él le da igual, sigue dentro de la habitación, es un bunker cerrado a cal y canto, un rincón de exterminio y por eso no se va, quiere verlo morir o no se creerá que está muerto. Tose, le pican los ojos pero sigue mirando en todas las direcciones, ya no escucha nada, igual el insecticida hizo su trabajo. Respira hondo, se encuentra un poco mareado y se vuelve a la silla de trabajo, igual le da tiempo a escribir un poco más. Se sienta, acerca el teclado a sus manos y ahí está, posado sobre la letra P, el piensa que le mira, e incluso se siente provocado, humillado por el mosquito. Coge la zapatilla y asesta un primer golpe fuerte que hace saltar varias teclas del teclado, sin embargo el mosquito ha emprendido el vuelo y ha rozado su nariz en la huida.
Tras él, comienza a dar zapatillazos al aire, está fuera de sí, no piensa, ni respira, las lágrimas casi brotan de sus ojos por la impotencia. En su loco ataque comienza a tirar las cosas sobre las estanterías, de la biblioteca, los libros caen, la lámpara, fotos, recuerdos, pero él sigue sin flaquear dando zapatillazos allá donde no hay nada con todas sus fuerzas.

La habitación parece una escena de guerra, la lucha del hombre y el mosquito, de repente se para y se siente ridículo, tanto revuelo por tan insignificante contrincante. Se siente y abatido lo da por perdido. Las lágrimas comienzas a brotar de sus ojos, no entiende la reacción que ha tenido. Cuando se tranquiliza acerca de  nuevo el teclado a sus manos y de repente le vuelve a oír, le siente cerca, se queda parado y se hace  prometer que no volverá a ir tras él, pero el mosquito se posa sobre su rostro, no sabe qué hacer, le puede hasta ver si baja mucho el ojo. En un acto reflejo y con mucha fuerza dirige su palma derecha y tras un gran tortazo que le hace sentirse aún más estúpido puede ver el mosquito caer sobre el escritorio, muerto, vencido.

Extraño observa ese minúsculo y feo insecto patas arriba sobre su escritorio y le invade una tremenda sensación de soledad, hasta ese momento fue su compañero, su única compañía y ahora no sabe qué hacer. 

Le deja muerto sobre la madera y comienza a recoger, anhelando en secreto la presencia de otro ser, aunque sea molesto. 




Julio Muñoz 

martes, 24 de julio de 2012

Despoblados


El mismo bar de siempre, la misma hora, los mismos amigos que suben las escaleras portando un café cada uno y se sientan en los sillones del reservado de arriba, completamente solos, la camarera ve distraída la tele.

-Ufff… quema.
-Lo sé, siempre hace lo mismo, yo no sé por qué venimos a ésta cafetería sabiendo que la camarera es una manazas. Seguro que además está asqueroso, como siempre.
-No te pases, pobrecita, aunque es verdad.
-Oye, ponte para allá que desde aquí no veo la calle.
-Espera, espera, que me tiras el café encima.
-Da igual, si acabaremos dejándolo entero. Tú échate para allá que lo que quiero es ver si pasa Jorge, que me dijo que sobre esta hora había quedado con Inés y vive ahí enfrente, si pasa, lo veo.
-Qué perra te ha dado con Jorge, pero, ¿A ti que te importa si ha quedado con Inés o con quién sea?
-Sí me importa, siempre está pavoneándose de lo que liga, de lo que hace, y ya sabes que yo pienso que todo es mentira, que se tira el rollo. No me lo creo y si no lo veo pasar lo confirmo.
-Mira que eres estúpido, déjalo con sus historias, sean verdad o no, siempre te obsesionas con las cosas. La última vez fue con Marta. Te obsesionaste con que había sido ella la que te robó la cartera aquel sábado, en el cumpleaños de Jesús, y estuviste casi un mes detrás de ella, presionándola para que confesara. Y resultó que la cartera estaba en el bar donde estuvimos, guardada por la camarera y con todo intacto, hasta el dinero. ¿No te hace replantearte eso que muchas veces te equivocas? Es más, yo creo que sabes que te equivocas pero necesitas tener una guerra abierta con alguien y sigues el rollo por no aburrirte.
-La verdad que algo de razón tienes. ¿Te acuerdas de la cara que puso Marta cuando en medio de una clase grité: -¡Pelona ladrona!? Todavía me río al recordarlo. Pero es verdad David, sí que me obsesiono un poco con las cosas que no deberían obsesionarme, pero qué le voy a hacer, me aburro. Este pueblo de mierda es un asco y algo se tiene que hacer para que el tiempo sea más divertido.
-Ves, ya estás otra vez, cuántas veces te he dicho que lo ves todo diferente, muy complicado. Aquí se está a gusto, yo estoy a gusto, me gusta éste pueblo, quiero vivir aquí y no te entiendo Diego, para nada, te lo pasas bien, tienes amigos, una vida social, intelectual, hasta sexual amplia e interesante, y con esa cara jajaja. Fuera bromas, no sé de qué te quejas, este lugar es tan bueno como cualquier otro.
-Sí, lo sé, pero está muerto, es un callejón sin salida. Cada día hay menos gente, todo el mundo se marcha y sólo queda gente mayor que lo tiñe todo de un color gris. Yo no quiero acabar aquí, aburrido, sin ganas de hacer nada, como todos esos señores que sólo hacen que pasear arriba y abajo sin nada que hacer porque no hay nada que hacer en estas calles, es un desierto. ¿Qué se puede hacer? Si hasta los mayores se aburren, nosotros que somos jóvenes, no tenemos otra solución que irnos a un lugar más grande, donde encontrar trabajos que nos emocionen, donde podamos relacionarnos con gente que tenga otros intereses que no sean los que tenemos aquí. Porque a ver David, ¿Qué es lo que vas a hacer tú con tu vida en ésta cárcel, en esta jaula entre montañas que no nos deja ver más allá? Porque existe otro mundo que vibra, está vivo, un mundo que yo quiero explorar.
-Diego, estoy de acuerdo en la mayoría de lo que has dicho. Éste pueblo cada día está más muerto, pero es por gente como tú, que un día se levantó y creyó que irse iba a ser la solución, pero no Diego, eso es un gran error.  Yo aquí es donde me siento vivo. Tú crees que debes marchar porque hemos crecido con esa coletilla en nuestra cabeza, “Aquí no hay nada para los jóvenes, lo mejor será marchar, buscar trabajo fuera y vivir la vida”. Todo eso es lo que hasta nuestros propios familiares nos han repetido una y otra vez desde que éramos unos canijos. La verdad Diego, es que yo me siento parte de esto, del paisaje, de la forma de vida, no encuentro ningún interés en la vida en una gran ciudad, está desnaturalizada, es fría. Ya sé que el rollo de que aquí todo el mundo sepa todo de todo el mundo es un poco molesto a veces, pero si lo piensas bien, es una forma de comunidad muy agradable, nos convertimos en una pequeña tribu y no estoy con patriotismos baratos, porque sabes que no soy de ideologías, soy de tierra y ésta me gusta, me acoge y el pensar todo el día en lo que no tienes te ciega, te enferma.
-Sí David, sí, pero ahora piensa; tú eres gay y aquí nunca te trataron muy bien que digamos, ¿verdad? La comunidad,  “la tribu” como tú dices es la que un día te dió la espalda, te rechazó, te apartó y hasta hace bien poco no estabas a gusto aquí. No entiendo que, precisamente tú, tengas tanto amor por un lugar, unas personas que te trataron tan mal.
-Eso es verdad, pero ¿Qué hubiera cambiado de todo eso si hubiese vivido en la ciudad? Estoy completamente seguro que hubiera tenido el mismo rechazo, porque eso es miedo y el miedo es inherente al ser humano, miedo a lo desconocido. Todos somos los mismos, vivamos donde vivamos. Todos llevamos aún un mono primitivo viviendo dentro de nosotros, eso son los sentimientos, no los podemos manejar, cambiar, utilizar, porque son así, primarios, vivamos rodeados de montañas, de agua, de edificios todos llevamos el mismo patrón interior que nos hará reaccionar igual en un lugar o en otro.
-Pero hubieras conocido a más gays y te aceptarían.
-Diego, mírate.
-¿Qué, qué tengo?
-No, no es eso, lo que te quiero decir es que, mírate dónde estás sentado, pegado junto a mí, hablando tan tranquilamente. ¿Acaso tú no me has aceptado? ¿No somos todos amigos que vemos más allá? De verdad crees que encerrarme en un gueto por obligación, por miedo al rechazo es una buena forma de vivir, una buena solución. Todo esto explica bien lo que te quiero demostrar. El pueblo no está despoblado, lo están las personas, tú mismo estás despoblado. Me acabas de poner el mejor ejemplo, crees que me hubieran aceptado en la ciudad pero no te has parado a pensar que a mí ya me aceptaron aquí, entre ellos tú, que eres mi mejor amigo. ¿Te das cuenta, Diego? Eso es lo que te quiero decir, piensas algo que lo tienes automatizado en la cabeza pero no es real y lo peor es que toda esa educación que te han metido a presión no te deja ver la realidad. Para mí eso es lo muerto, lo despoblado. No veis que aquí se vive bien. Claro que se pueden mejorar millones de cosas, pero si nos vamos todos ¿quién lo hará? ¿De verdad dejarías morir éste lugar?
-Ya no sé David, siempre que nos ponemos serios me haces comerme mucho la cabeza. La verdad que ahora sí que me has pillado en eso de que no veo la realidad. Tienes toda la razón, me he cegado en que sería mejor vivir fuera e igual me estoy perdiendo mucho de aquí, pero una cosa te digo, no me puedes negar que el futuro laboral para nosotros en este pueblo es escaso por no decir inexistente.
- Si, ese es el mayor problema, pero para eso somos jóvenes, para pensar, para crear ¿no? Pero debemos ayudarnos a ir en la misma dirección porque si cada uno va por su lado esto nunca se arreglará. Tenemos que dejar de estar despoblados por dentro para poder poblar la tierra que nos ha visto crecer.
-Vale David, lo que tú digas, la verdad que ésta tierra si nos ha visto crecer y nos lo hemos pasado muy bien, pero ahora tenemos clase de inglés por lo que puede esperarnos ¿no? Creo que no se irá a ningún sito. Anda vamos.
-¿El café?
-Jajajaja, bébetelo si quieres.

Los dos amigos se levantan dejando las tazas de café intactas y en el mismo lugar que hace veinte minutos, pasan junto a la barra y despiden con una gran sonrisa a la camarera, se colocan los abrigos y salen por la puerta. Siguen hablando de algo que ahora no llegamos a escuchar. Seguramente hablan de cosas insustanciales, igual de Jorge y su cita misteriosa, igual del tiempo, del último examen o de la última fiesta, igual siguen hablando de sus miedos.

Julio Muñoz

martes, 17 de julio de 2012

El mar, la mar, amar.


Te guardé el azul, el sabor a sal y la arena. 
Te guardé mi  piel echándote de menos.
Te guardé dentro, tan dentro que ahogas los sentimientos. 
Te guardé y no te encuentro.

Mi insomnio recorre siempre tu cuerpo, 
te recuerdo,
y camino junto a tus latidos en busca de infierno.

Te quiero conmigo, contigo y por todos, 
te quiero porque eres tú, yo, nosotros. 
Te quiero a fuego lento. 

Huyes porque nunca te has tenido, 
huyo porque aún te busco. 
Huimos sin encontrarnos, solo nos anhelamos. 

Dicen que eres tú, digo que eres todos.

Julio Muñoz








martes, 19 de junio de 2012

Yo mismo


Te sigo buscando. Me sigo perdiendo. 

martes, 5 de junio de 2012

Y lloro, y me ahogo, y me despierto.



Todos los días muero en silencio porque te vas, porque no te veo. 
Todos los muertos me reciben entre ruido, porque eres estruendo. 
Y lloro, y me ahogo, y me despierto. 
Las sábanas aún recuerdan tu olor, ondean sus arrugas hacia tu cuerpo. 
Las mañanas son oscuras sin tus besos, cálidos, húmedos, llenos de incienso. 
Y lloro, y me ahogo, y me despierto. 
Porque el porqué eres tú cuando me lamento; entre humo, entre botellas, entre recuerdos. 
Porque tú fuiste mi será, mi fuimos, mi seremos; entre risas, entre miradas, entre tequieros. 
Y lloro, y me ahogo, y me despierto. 
Cuando un sueño es la realidad solo nos queda cerrar los ojos y soñar. 
Cuando hiciste de mi mundo la melodía de un piano y solo me quedó escuchar. 
Y lloro, y me ahogo, y me despierto. 
Deja que la mañana lleve tus restos al fondo de mi cerebro para que vuelvas a los sueños. 
Deja que la araña teja un muro lleno de lamentos. 
Y lloro, y me ahogo, y me despierto. 

Julio Muñoz

martes, 29 de mayo de 2012

Solo versos



Hojas desramadas.

La sangre sobre la tarde. 

La furia de un silencio.

El corazón tiembla.

Savia derramada.

El canto de la sirena.

Una ola de sal.

Un mar de flores secas.

Tú devorando el cielo.

Una piedra despedazada por la corriente. 

El trinar de un pájaro muerto. 

El final de la botella. 

Un bosque en llamas. 

Un trébol de cuatro vientos. 

La soledad de tus escamas. 

Otro día en tu recuerdo.

La nostalgia del muerto. 

La lenta muerte de un te quiero. 

Cabalgando la mañana. 

El destino de un deseo. 

El color de una lágrima no derramada. 

El sabor de un adiós a destiempo. 

El temblor del miedo.

Tú. 

Yo. 

Te quiero.


Julio Muñoz








Desierto de emociones



Sergio estaba realmente furioso, en los últimos días la confusión, el dolor e incluso la ira eran los sentimientos que más se apoderaban de su cabeza. Su relación con David nunca fue bien, e incluso era muy osado llamarlo relación. Ellos eran muy amigos, desde muy pequeños fueron inseparables. Siempre se comprendían a la perfección, tenían los mismos justos, los mismos intereses y pensaban de forma diferente a los demás pero completamente idéntica entre ellos. Eran los amigos íntimos más compenetrados de todos. Siempre juntos. 

Sergio era más adulto, no solo en edad, ya que era mayor que David, sino que era más maduro, pero eso no lo hacia ser menos inocente e incluso ingenuo. Creía en las personas, era un optimista perpetuo, crónicamente feliz. 

David por su lado era mucho más inmaduro, alocado, divertido, pero tenia una personalidad oscura, incluso dañina. Ver el dolor en las demás personas que le rodeaban era una de las cosas que más feliz le hacia. 

Después de varios años caminando juntos, ayudándose en el camino más fácil, fueron los sentimientos los que empezaron a cambiar. 

Sergio empezó a preguntarse si ese era el hombre al que debía amar en la eternidad. No sería difícil, el amor que ambos se profesaban era profundo e incluso desgarrador. 

Fue cuando tomaron una de las peores decisiones de su vida. Se fueron a vivir juntos. 

Y el sentimiento creció tan poderoso que empezó a doler sentir el amor entre ellos. Se palpaba las tensiones. 

Sentían que se pertenecían. Sentían celos profundos cuando no estaban juntos. Les arrastraba una fuerza inexplicable cada vez que se separaban para hacer sus respectivas vidas. Odiaban verse con gente diferente. 

Llevados por la costumbre algo cambió en ambos. Dejaron de contarse las cosas. Dejaron de mirarse a los ojos. Pero eso incremento más la tensión de poseerse entre ellos. 

Empezaron a espiarse, a echarse las cosas en cara, los celos comenzaron a estallar en las conversaciones cotidianas. 

No pudieron decirse te quiero. Tantos años de amistad profunda y su error fue el común a todos: no supieron decirse lo que sentían. 

Después de varios meses en ese extraño bucle de amor y odio, comprendieron que era realmente tarde para intentar algo entre ellos. 

Fue cuando todo giro en un juego doloroso. Comenzaron a hacerse daño. Un juego cruel, que trataba de ver quién dañaba más al otro. 

En éste juego Sergio fue siempre el perdedor. Siempre sintió la mano de David rodeándolo el cuello intentándolo dejar sin respiración. Y es lo que logró. Poco a poco, golpe a golpe, se fue haciendo más pequeño y con ello más vulnerable a los juegos de David. 

Comenzaba a hacerse tarde en ese desierto muerto de sentimientos para Sergio. 

Esa mañana, después de esperarlo durante horas, Sergio decidió que era el día de enfrentarse a David. Habló con él y por primera vez en los últimos dos años, se dijeron la verdad. 

Una verdad tan dolorosa que hizo que se separaran esa misma noche. Una separación física que aún duele a un Sergio que lucha por olvidar a la persona que más le había comprendido. A la única persona que de verdad le había conocido.

Julio Muñoz


Verde








Julio Muñoz

Carta a un te quiero


Carta a un te quiero.

No quiero dormir, dicen que despiertas.
Todas las noches en las que solo fuimos un sueño hoy pesan como losas cargadas a la espalda. Todas esas palabras al filo de la madrugada, todos los deseos, todos los lamentos, susurros y gemidos lentos, todos, absolutamente todos hoy conforman un muro que no me deja ver lo que un día vi de ti.
Hoy ya no eres sueño porque casi te puedo oler, palpar, saborear, hoy eres todo lo real que te dejas ser, hoy eres tú más cerca de mí, por eso ya no te sueño.
Hoy en el hueco de mi cama no cabe la esperanza, solo el deseo. Tu cuerpo.
Cuerpo que conozco a la perfección aunque no lo haya tocado, cuerpo que solo le faltan mis besos para ser perfecto.
Hoy te quiero pero no porque seas deseo, hoy te quiero porque eres tú, el ahora, el cielo, todo el amor y todos los recuerdos. Te quiero porque te quiero, no para que me quieras, te quiero porque no sé explicar por qué te quiero.
Olvidados todos esos adioses que adelantaron varias eternidades me esperaste tú, sujetando el sol con la manos, dejando entrever la claridad del día entre tus párpados, ahí estabas tú con todo el nosotros engalanado.
Hemos sido futuro, y fuimos presente, seremos pasado y comenzaremos un ayer que recordaremos el resto de nuestros días.
Te quiero.
Julio Muñoz

martes, 15 de mayo de 2012

Despertar es morir


Despertar es morir

Todas las mañanas siente tan lejano el reflejo frente al espejo como cercano el dolor por respirar el mismo aire del reflejado.
Siente que se va desprendiendo, de aquello que en el alma lleva impregnado, la esencia de su ser, su realidad, su rostro.
Su rostro es una máscara más, extraña, cuarteada por las lágrimas. Rota en mil recuerdos, en cientos de besos no dados.
Y así empieza su viaje, la carga de vivir a diario, de ir dejando parte de sí, en cada huella, en la retina de quienes transitan a su lado.
Nadie le avisó que él era su carga más pesada, su fantasma más aterrador, que conocerse iba a ser el camino más doloroso y largo.
Siempre lucía cansado y viejo, por dentro llevaba el presente, por fuera vestía el pasado.
— ¿Por qué seguir viviendo si hace tanto que he muerto? 
—Porque no tienes valor ni para mirarte en el espejo. 
— ¡Calla! 
—El único que habla aquí eres tú.
Pensar, no es hablar; como estar muerto, no es estar en silencio. Pero, quién soy yo para contradecirme, sino solo el pellejo de lo que de mí queda.
Mi vida es como la manzana ya mordida, como arenas movedizas que te tragan hasta el cuello y no te dejan ir más allá.
Soy un mundo en ruinas, soy mi día gris. Por mí solo caminan mis fantasmas y yo.
— ¿Y tú dónde estás? 
—No estuve nunca.
Soy el lugar que camina, y soy mi propia sombra. Conmigo muere todo vestigio, los demás lugares que caminan conmigo.
Y me hago paisaje; cuchillas en la boca. Y corre la sangre; la vida bajo la horca.
Y guardo las ganas de morir en los recuerdos de los que lloran.

Ronald Dávila & Julio Muñoz

martes, 1 de mayo de 2012

De niño


De niño quería ser niño y nunca hacerme mayor. 
De niño solo existían los charcos, los días soleados y la diversión. 
El olor de las mandarinas en otoño, la pegatina del Bollicao y el bocadillo de chocolate de mi madre. 
La voz de mi abuela y sus rosas invadiendo la fachada de la casa. 
En casa la radio de fondo y las peleas de mis hermanas por el  mando de la televisión. 
El ronroneo de mi primer gato y canto de Nerón, el canario chillón. 
Los gritos de mis amigos llamándome a la ventana para salir a jugar. 
Las rodillas y los codos siempre raspados y la ropa sucia de tierra. 
Los veranos en las montañas intentando construir siempre la misma caseta, la tarde en el río nadando desnudos. 
Montar en bici hasta que te ardían las piernas o la noche ocultara el camino. 
Las vecinas en la calle haciendo punto y cotilleando como búhos. 
Las meriendas en el campo y las tardes de juegos en el patio del colegio. 
La huerta de mi padre, ver crecer los tomates, el sabor de los guisantes recién cogidos de la planta. 
Los columpios, la arena y correr por los campos de trigo. 
Tirarte en la hierba y ver pasar las nubes. 
El tiempo cuando eres niño se mide en risas. 
Las magia de las manos de tu madre que todo lo hacían, todo lo arreglaban, todo lo calmaban. 
Las peleas con mis hermanas, los arañazos, gritos y puñetazos. 
Robar las cintas de música de mis hermanas y escuchar escondido en la habitación aquellos ingleses que no entendía pero me hipnotizaban. 
Las lágrimas y las rabietas.
Nunca pensar en el futuro ni en el pasado, ser niño es el ahora más bonito del mundo. 
Los Caballeros del Zodiaco y La Bola de Cristal. 
Salir corriendo de clase para salir cuanto antes de casa y poder jugar sin parar. 
El parque, la Reana y la montaña. 
Los veranos enteros metido en la piscina. 
Las gominolas. 
Las noches llamando a los timbres y a correr, correr y correr, te pasabas el día gritando, riendo, jugando y corriendo. 
Aquél chico y el miedo por aquellos sentimientos. 

De mayor quiero seguir siendo niño. 
Julio Muñoz