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martes, 24 de septiembre de 2013

Apagada la luz

“Lo más sano para nosotros es apagar la luz ...”


Siempre que la coincidencia nos abrazaba nos dejábamos apaciguar por la calma de ser uno; uno sobre el otro, o ya sea la posición que el viento quisiera; ese viento, un suspiro, un momento, dos personas. Lo nuestro se trazaba de noche y se caminaba de madrugada, a oscuras, apagado el foco, encendido el cuerpo.
Yo disfrutaba ser consecuencia, ella disfrutaba pagar todo lo que había hecho. Yo no le pedía permiso, ella me lo pedía todo.
Ella, como yo, apagábamos la luz para no encontrarnos los miedos, las vergüenzas, los prejuicios. Mientras tanto los seguíamos buscando encima de cada uno de nosotros. Por si ella se bajaba, yo me le subía, los motivos nos sobraban, yo ya lo sabía. Siguen siendo muchos motivos, yo por si sobran me los guardo. 
Yo no iba a escribir esto, a mí sólo me gusta apagar la luz con ella. Si me preguntan ¿por qué? —con ella aprendí a iluminar todo el cuarto.—


martes, 10 de septiembre de 2013

Noctívago

Pude observar cómo entró por la puerta del Club, arrogante. Caminaba alzado por la soberbia y la impertinencia se enredaba en sus pestañas; tan vanidosa presencia desencajaba con su poca elegancia al vestir: vaqueros caídos y camiseta descolorida; cabellos revueltos que seguramente no se habría molestado en peinar al salir de la ducha.

Ojos enormes, tan claros, tan grises, tan transparentes… tan irreales.

Intentaba seguir el hilo de las conversaciones de quienes me rodeaban, bailar al ritmo de la música, disfrutar de mi cigarro, mi copa… respirar. Pero estaba absorta. Le vi encaminarse lentamente a la barra, sonreír a los que encontraba a su paso; tenía unos labios perfectos, carnosos, sabrosos, tan colorados que resaltaban en su blanco rostro.

Estaba segura de que sabía que le miraba, que sentía mis pensamientos desabrochando su cinturón. Sujetaba su Scotch Ale y se la llevaba a la boca tal y como yo quería que él me tomara a mí. Noté cómo sus ojos se colaban por debajo de mi falda, haciéndome estremecer las entrañas.

Como en una nimia y estúpida comedia romántica desapareció el resto del mundo, la música resonó lejana y sólo quedamos él y yo en aquel taciturno y apagado lugar. Sin explicación coherente, sin motivos tangibles, me dirigía a su encuentro. Me esperaba acodado en la barra, con una sonrisa torcida, casi malévola, como si ya pudiese recordar todo lo que acabaríamos haciendo esa madrugada.

Sobraba cualquier palabra, pues ya había penetrado cada poro de mi piel. Fui yo quien le besó, quien agarró su nuca con fuerza para que no pudiese desenredar mi lengua de la suya. Fui yo quien se terminó su cerveza roja para salir del Club lo antes posible. Fue él quien conducía el descapotable, riendo, aumentando la velocidad rápidamente; la velocidad y mis pulsaciones.

No le quitaba ojo, asustada, excitada. Tenía tanto de arcaico en sus modales, de caballero del siglo XIX, algo que se apreciaba en cualquiera de sus ligeros gestos. Tenía la piel tan fría como pálida. Agarraba el volante con la mano izquierda, mientras que con la otra acariciaba mi pelo, mi nuca, mi cuello, mi nuca, mi cuello… mi cuello.

Hipnotizada, inconsciente, tan irreverente. Yo no hablaba y él sólo arrojaba carcajadas, estruendosas risas que parecían saltar al son de mis pensamientos. Sudaba empapada; se me licuaban hasta los huesos. Estaba desesperada por llegar a… ¿A dónde nos dirigíamos por aquella oscura carretera? ¿Qué confusos propósitos dirigían mi juicio? ¿Por qué me sentía relajada en tan extraña compañía? Mi voluntad estaba siendo manipulada, controlada y me gustaba.

Disminuyó la velocidad de golpe, tuve que apoyarme en el salpicadero pues la inercia dominó mi cuerpo entero; condujo el automóvil por el más tortuoso camino, sin luz, entre árboles con caras sobrecogedoras y ramas amenazantes. Detuvo el coche justo donde nadie podría oírme gritar, donde ni siquiera la luna podría iluminar mi cuerpo desnudo.

Mi deseo se abalanzó sobre aquella insolente bestia que adivinaba con antelación cada uno de mis movimientos. Me apresó con sus garras, me elevó, me besó el cuello… ¿Me elevó? ¿Volaba de verdad o era mi libido la que subía? Me elevó, me mordió el cuello, mi cuello… Sentí mi torso tan húmedo como mis muslos, sentí como volaba. Sentí como dejaba de sentir.

Ester Sinatxe


Hasta nuestro encuentro.

Esa curvatura que tiene tu cuello, las líneas definidas de tus hombros, esa cuna que hay en tus clavículas, en este momento están siendo recorrida por mis labios.

Imagino el movimiento de tu cabeza dejándome recorrerte, dejándome ultrajar alguno de tus besos.

Tu respiración, escucho tu respiración en mi cabeza.

Las puntas de mis dedos acarician tus brazos, llegando al monte más alto de tus hombros y desato los listones de tu ropa.

Tus pechos al descubierto. Mis manos en ellos.

Tus manos toman mi rostro, tu boca me busca desesperada, tus labios se adueñan de los míos y mis manos, ahora también son tuyas.

Me confieso desesperada a hacerte el amor. Siempre que te veo deseo hacerte el amor, pero eso no es novedad, tú ya lo sabes.

Tus labios rojos.

Tu piel color de luna.

Tus manos ansiosas.

Tu boca coqueta.

Tu cuello, siempre dispuesto,

Lado derecho o izquierdo, según tú me sientas.

A veces imagino que hueles a mar, a sal.

A veces te imagino con el olor del eucalipto.

A veces, sólo te imagino desnuda.

Pero casi siempre, eres un sueño.

Algún día, mujer,  tendré la suerte de tenerte entre mis manos. Pero no te preocupes, no haré nada, quizá, sólo si tengo suerte, cumpliré algunos sueños.

Porque hasta el momento no has sido más que un momento, una fantasía hecha a la medida, una pantalla cuadrada y fría que a veces tiene movimiento.


He escrito tantas veces de ti… Pero esta es la primera vez que me leerás. La primera de muchas, espero, hasta nuestro encuentro.

@LaCkatrina

martes, 9 de octubre de 2012

La teta


“LA TETA”

Sed da masa, teta, yo sé.
Oír: Ese seré, témelo.

Dedo, yema me lame,
opacó pene, ese es.

Oír: Esa teta le mamé, sólo supone.
Sólo sé su amor, aroma,
usa ella crema,
labio le sé, raro llama.

Leí: “Fallido rima su amor.”
A esa tetona mimé,
 Su piel leí, puse mi mano,
Teta se aroma.

Usa mi rodilla fiel.
Ama llorar, ese lo iba lamer,
Callé a su amor, aroma usé solo.

Seno puso, lo sé, mamé la teta serio.
Sé ese en época, poema le mamé.
Yo dedo le meteré, sé, serio.

Eso, ya tetas amad, desate tal.

Imagen tomada de elsobacodejulia.blogspot.mx


Por Pepe Aguilar Alcántara
@PepeAA


martes, 13 de marzo de 2012

Ella se masturba

Deja que el agua corra por su piel. Siente cada gota delineándole las curvas. Acompaña el camino del agua con sus manos. Cierra los ojos, y dejan de ser sus manos. Son las manos de él, que la sabe de memoria. Acaricia sus pechos; acaricia sus muslos. Recuerda a su amante haciéndolo también. Tan bien. Sus dedos encuentran el camino, que es puerta y que es destino. Se siente bien. Le sube el calor a las mejillas mientras piensa que sus dedos le recuerdan a él. A su lengua entre sus piernas, al aroma de su piel. El agua sigue corriendo por su cuerpo y su corazón también. Sus dedos encuentran el ritmo, el momento y el lugar en su cuerpo que sólo ella sabe y sólo él sabe encontrar. Piensa en él, en tocarlo, en sentirlo, en tenerlo tan dentro que no pueda escapar. Y llega. Y se va.

Nadia L. Orozco

Un relato motivado por Él se masturba, de Julio Muñoz.

Y aún no te desvisto.



Siento tu piel cerca, siento tu respiración encima. 
Me oprimes, me excitas. 
Y aún no te desvisto. 

Siento tu lengua húmeda, siento tus manos tersas. 
Me azotas, me acolaras. 
Y aún no te desvisto. 

Siento tu cuerpo erecto, siento tu miembro dentro. 
Me erizas, me caminas. 
Y aún no te desvisto. 

Siento nuestra voz gimiendo, siento el fin del mundo y tiemblo. 
Me salivas, me electrificas. 
Y aún no te desvisto. 

 Julio Muñoz 

martes, 7 de febrero de 2012

Deseos furiosos


Tiene la mirada perdida en el horizonte de su espalda con los labios bordeando sus deseos bebe de ella, enredaba sus dedos entre las sábanas, únicos testigos de sus batallas ganadas.

Besándose, probándose la piel, húmeda sudorosa, viva... los murmullos se filtraban por las ventanas, apenas iluminados por mustias bocanadas de luz,
se miraban con descaro, sonrisas cómplices de miradas estrechas y promesas por cumplir.
Sus besos se estrellaban en la piel, derritiéndose sobre su cuello resbalando sobre sus senos, mordisqueando sus capullos de orquídeas, con los ojos entrecerrados bostezaban instantes que llovían deshilachados en frágiles movimientos desnudos de pudores.
Se palpaban provocando a la imaginación, tenían la noche desmayada sobre su piel que los envolvía de manera fulminante, atrapándolos en aquella madrugada lluviosa...
húmeda.
Ella lo invitaba a entrar en su cuerpo con la mirada caprichosa... divertida, con los labios desnudos de caricias, sonreía.
Se besaban, se bebían sus ansias como gotas de ríos recorriendo sus entrañas...
se agitaban encendidas  mordiéndose la piel hambrientas, latigazos de serpientes furiosas.

Esas lenguas tenían vida.

Afuera las estrellas duermen dibujando siluetas de sueños sigilosos,
con la carne palpitando en sonidos, estallan en respiraciones y gemidos, sacudidos en trazos vibrantes, encendidos hasta los huesos con manantiales de lava ardiente, viviendo sobre sus deseos.

Desgarrando los pétalos de fruta madura, recorriendo a su gusto los sabores de su piel, deseándose, dibujan nuevos horizontes con las alas extendidas.

Cubriéndose de agua turbia y anhelos ella erguida lo mira y sonríe, la luz del alba ilumina su silueta, con la promesa de nuevas historias por vivir. 

Alma E. Palma


Así nos recuerdo



Te recuerdo y tiemblo, porque de ti recuerdo la piel, los gemidos y el silencio. 
Recuerdo como tu cuello se estremecía cuando notaba mi cuerpo llegar, la respiración de tu tórax entre mis brazos, recuerdo tus ojos cerrarse y tu sonrisa brotar. 

Te recuerdo lejos, dentro. Siento.

Recuerdo tus manos caminar sobre mi espalda, recuerdo tus labios cabalgar sobre mi garganta. El vaivén, las ganas y el deseo. Lo recuerdo todo como si fuese este momento. 

Te recuerdo conmigo, nos recuerdo lejos. 

Recuerdo tu forma de desnudarme y mirar dentro de cada latido, tus piernas desnudas y tus manos de fuego. 

Te recuerdo lento, te recuerdo dentro. 

Tu piel frotándose con la mía, tu lengua enredándose con mi saliva. Recuerdo nuestras miradas arder convirtiéndonos en brasas que quieren más, llegar más lejos, donde no hay recuerdos. 

Te recuerdo ardiendo, te recuerdo. Siento. 

Tu mano acariciando mi erección, tu sentidos invadiendo mi dolor. Recuerdo morir en tu boca. Recuerdo vivir en tus sombras. 

Te recuerdo y tiemblo. Te recuerdo el tiempo. 

Recuerdo el calor, las noches y el viento, recuerdo tu cuerpo temblar con cada movimiento. Una vez dentro te siento contra mi espalda mientras tu boca me desgarra el alma. 

Te recuerdo dentro. Te recuerdo erecto. 


Julio Muñoz 


Siento esa extraña sensación del olvido, de saber que había algo más ya planteado. Te miro recostada en el borde de la barda y de la tierra, en el principio de la barranca y sus catáceas. Ha comenzado a soplar el viento nocturno ya es notorio el atardecer a nuestro lado izquierdo, hacia donde tu cabeza apunta, el frío se nota en las aureolas de tu pecho, erectas y firmes. Sigues leyendo tu cuerpo con tus manos, cada borde de letra tatuada durante la noche, te lees tocando, te descubres la inmutable historia con las uñas de los dedos, las yemas, la lengua, la planta de los pies.

Te miro y tiemblo, no por frío sino por contención, por tener que detenerme ante el hambre de leerte y re-descubrir una nueva historia en los bordes, en donde no hay letras, en los vacíos que aún no han sido dibujados. Me contengo mientras te miro con letras cicatrizando en tu piel ya poniéndose rojiza, como si estuviese subrayada por las heridas que algún día sanaran.

Eres un libro de piel y carne, llevas una historia que durará toda tu vida más los recuerdos en donde también se grabe. Pienso en tu vida mientras me acerco, en lo escrito, en tu nombre, te leo entre líneas, tu piel fría, tus labios húmedos, tus ojos blancos por la ceguera abiertos, mirándome sin mirarme, tu mano fría comenzando a leerme, buscando mis emociones en mi cara. Nos leemos suavemente con el anverso de nuestras manos, aún te arde el verso en la piel.

Su hora azul

La hora azul, esa hora que no es mañana ni noche, que no es luz ni obscuridad, que es y no es. Todos tuvimos, tenemos, fuimos o somos la hora azul de alguien. 
Desde que se conocieron él fue la hora azul de ella y ella la de él, por azares del destino sus circunstancias no quisieron coincidir y sus tiempos y terceros ya nunca marcarían la misma hora. Pero algo tenían claro, sus urgencias estaban sincronizadas, nacieron para ser siempre a la misma hora y siempre puntuales. 
Esa noche las ganas buscaron el motivo para que se vieran, no era la primera vez que se encontraban así, pero si era la primera vez después de mucho tiempo y en esas condiciones. 
Ella estacionó su auto fuera de su casa, sus manos temblaban y su corazón se agitó todavía mas cuando lo vio abrir la puerta. Ella sabía que en cuanto bajara del auto estaría perdida.
Él le dio la mano y entraron a su casa, platicaban como queriendo no poner atención al ardor que sentían por dentro.
"¿Puedo entra a tu baño?" ella preguntó desviando la mirada. Dentro del baño se miraba en el espejo, todo le daba vueltas, no creía lo que estaba a punto de suceder. 
Al abrir la puerta, él estaba ahí, esperándola de pie, la acorraló entre su cuerpo y la puerta, ella no podía besarlo aún y lo abrazó, sus corazones palpitaban con tal fuerza que sentían sus latidos a través del pecho, ni la primera vez que estuvieron juntos palpitaron de esa manera. Rodaban lágrimas por su cara, él se las secaba a besos, en sus ojos, en sus mejillas, en la boca. Por fin estaban completos esos labios, se entregaron a sus lenguas, hacía tanto que soñaban con ese momento salado y dulce, bebían saliva y lágrimas. Arrancando ropa y dejando rastro por todo el camino llegaron a su cama. Entre sombra y luz se hacían uno, se recordaban el cuerpo entero con la boca. Él recordaba como disfrutaba mordiendo su delicado cuello mientras con sus manos la jalaba violento hacia su cuerpo. Sus dedos iban de humedad a humedad dando placer. Él siempre fue un artista con sus manos, la dibujaban, la reinventaban, la hacían morir y revivir al mismo tiempo, era capaz de llevarla a la locura entre espasmos y temblores, como una hoja frágil que el árbol no quiere soltar pero el viento la reclama con fuerza. Les faltaba piel para abrazarse, se abrazaban con los huesos. Ella lo veía jadeando entre sus piernas, envistiendo una y otra vez contra su cadera. Esa imagen para ella fue suficiente para explotar en éxtasis junto con él. 
Pudieron haber pasado la noche así, abrazados, entregados, enredados. Pero sabían que la hora azul se acercaba, tenían que volver a su color, el único color en el que se saben pintar, por que es de ellos, en el que se saben y no se saben.



Ana R.

martes, 31 de enero de 2012

La dulce princesita que no sabía vivir en un lejano reino

Había una vez una chica que no sabía que vivía en un lejano reino. Que se paseaba por los jardines del palacio, sin saber que era un palacio. Que se vestía con lujosos vestidos de seda, sin comprender el lujo. Que comía pasteles de fresas sin fresas. Y helados de limón sin gusto a limón. Cabellos dorados y bucles como resortes. Hablaba con los pájaros y las flores, sin entender que los pájaros y las flores no saben conversar sobre fútbol y política. Cantaba a capella en las orillas de su límpido río real, y dejaba que sus pies bailotearan en el agua fresca y turbulenta. Tenía un lunar sobre la boca, y no conocía a la Monroe. Le gustaban los amaneceres en el prado, porque no sabía que era dueña del prado y el sol. Era feliz. Sin saber porqué lo era. Era feliz. Porque no conocía la pena.
Cuentan que una vez el amor llamó a su puerta, con manos expertas y sin tomar en cuenta su falta de experiencia. Y se metió entre los senos debajo de la blusa. Y coloreó las pálidas mejillas de su rostro. Y besó los carnosos labios de su boca rubí. Y le acarició el oscuro centro de su sexo, hasta hacerla jadear, como solo jadeaban las plebeyas. Y le hizo el amor todas las noches. Y le enseñó de sexo hasta perder la piel en cada mano y cada escote. Hasta que las noches se volvieron días, y los días se volvieron noches.
Cuentan, también, que la princesa fue expulsada del reino. Cuentan que su amante desconocido no se dio a conocer jamás. Cuentan que ella fue condenada a la oscuridad de un convento. Pero ella no sabía lo que era un convento. Y no comprendía el significado de la palabra “puta” en la mirada de las otras. Ella no sabía. No sabía nunca nada. Hasta que alguien se preocupó por su educación. Y el palacio se volvió palacio. Y el reino se tornó lejano y añorado. Y la seda lujo. Y las fresas agua en la boca. Y el río le pareció poca cosa. Y su lunar poco casto. Y supo que puta era por aquello "asqueroso" que había hecho creyéndolo hermoso.
Lloró cuatro noches con sus amaneceres. Hasta quedarse sin llanto en las cuencas vacías. Hasta que se secaron las estrellas. Y se volvió vieja. Y se tornó fea. Y sus dorados bucles se tiñieron de gris. Y juró vengarse de todos. De todos y de cada uno. De cada uno en especial.
Se convirtió en La Muerte.
La Muerte. Esa vieja asquerosa, que quita con su guadaña las almas de los seres que esperan su hora resignados. Esa aparición repulsiva, que señala con el dedo a los que ya no tienen turno en el médico. ¿Podrías creerme que La Muerte es una niña pequeña de dorados bucles, labios carnosos y mejillas sonrosadas?, ¿podrías creerme que La Muerte es una muchacha que perdió el amor en un lejano reino?, ¿una mujer despechada?, ¿la puta de un cuento?.
Cuentan los que cuentan y nadie se atreve a desmentirlo, que esa náusea con filo de hacha sangrienta, era una dulce princesita que no sabía vivir en un lejano reino.
Te juro, es verdad.
Te juro, es sólo un cuento.