martes, 31 de enero de 2012



No necesito más almohada que tus brazos,
ni más cobijo que tu cuerpo.
No quiero más espejo que tus ojos,
ni otro sol que no sea tu sonrisa.
Que no haya más caricia
que la seda de tus manos,
ni más aire que tu aliento que oxigena.
Que no exista la música
si no sale de tu voz;
que no toques más hembra
que no sea tu guitarra.
No quiero probar otros mares,
si no brota entre tus piernas.
Que no haya más vaivenes,
si no son de tus caderas.

Que no se explique la vida,
si no es contigo.
Que no viva yo sin ti.

Sin sentido



Le escribo a ese que dejaste olvidado en el camino. A ese fantasma que se resiste al exorcismo y que arrastra sus cadenas en mi oído.

Le llamo a ese que no está; le grito a la sombra en el piso que ocupa tu lugar desde que moriste, como si alguna vez hubieses sido verdad.

Me busco entre los escombros como los perros de rescate; me sé cayendo en la asfixia bajo los dos pisos de la casa que una vez imaginamos.

Ya no éramos los mismos dos que partieron sin miedo, con el viento en la espalda. Ya no eras ni el polvo en el zapato del que conocí.

Ya no eras.

Lo digo con la confianza que da la total ausencia de encanto. Quizá, y simplemente, nunca fuiste.

Por la alfombra... de otoño


Ana R.

Semáforos rojo sangre.



Diana, una artista de pinturas tristes y abstractas, había vuelto a su ciudad natal después del trágico accidente de Daniel, solo porque se trataba de su hermano menor, y lo único nuevo que encontró en las calles, además del incremento de mendicidad, fue la multiplicación de los semáforos, señal que eran un buen negocio. –Si al menos sirvieran para que la pequeña y caótica ciudad tuviera más iluminación por las noches y así luciera menos tristes, valdría la pena detenerse frente a esos ojos de sangre cada dos o cuatro cuadras-, pensaba Diana.

Aunque ella odiaba el rojo de los semáforos, en esta ocasión poco le importaba perder el tiempo estacionada hasta verlos cambiar de color, no había ninguna prisa; todo cuanto necesitaba iba con ella: la madre. La madre viajaba recostada en el asiento derecho de la conductora, con el cinturón de seguridad debidamente abrochado y las ventanas polarizadas debidamente cerradas.

- Mira mamá, señala Diana, otro semáforo en rojo ¡qué mala suerte tienes! Demasiados semáforos en una ciudad tan pequeña como esta ¿no crees?

Tal vez parecía asentir la madre cuando Diana la volvió a ver de reojo.

- Sí, mamá, no hagas esfuerzos, ya sé que no me puedes contestar, pero me puedes oír; todavía sale aire tibio por tu nariz. ¿Sabes mamá? A mí no me gustan los semáforos en rojo, el rojo siempre me dio miedo y tú sabes por qué, pero creo que estoy superando esa fobia, solo hay que verme lo tranquila que voy, o ¿Será porque tú vienes conmigo? Sí, eso ha de ser, tu presencia me ampara y me da seguridad. No sé qué sería del mundo sin las madres, no existiría realmente.

- Mamá, aprovechando la confianza, la amistad que ahora hay entre nosotras, dime una cosa: ¿Por qué nunca te separaste de papá?, otra madre, en tu lugar, lo hubiera hecho, o lo hubiera…ya sabes qué.

- No me veas así mamá. Yo solo quiero entender, porque es que tu deber era cuidarnos, pero preferiste salvar la familia. ¿cuál familia, mamá? Daniel y yo éramos tu verdadera familia, papá ni era tu pariente, era nuestro enemigo y tú se lo permitiste mamá. Mejor dime que salvaste los apellidos Machnú-Williams y, como es la tradición, en estas familias no pasa nada, la gente nace, crece, se reproduce poco, multiplica su capital, su confort y muere. Que no habrían dicho de ti al saber de tu separación, te habrían devorado viva…pero nos hubieras salvado.

- Claro, si tú preferiste seguir los consejos de la iglesia: “lo que Dios une, no lo separe nadie”, “la responsabilidad primera de una esposa es apoyar al marido, no a los hijos, porque estos se irán algún día y quien quedará a su lado es el esposo que Dios le ha mandado”. ¿Y nosotros mamá? ¿Acaso por no ser adultos no éramos “familia”?

- Mira, el semáforo ya cambió de color, pero encontraremos más en el trayecto.

- Como te venía diciendo, nosotros crecimos con el miedo, la desconfianza, el terror de recordar. Pero ahora lo recuerdo todo.

- Tú nunca me quisiste entender, ¿te acuerdas de las cartas que yo te escribía, de los papeles que yo dibujaba?, ahí te pedía auxilio, pero tú los botabas; no pudiste o no quisiste leer la angustia en aquellas rayas trazadas con desesperación por una niña de tres años que no sabía leer ni escribir, pero todo estaba claro mamá; todavía las recuerdo, en esos símbolos se me iba la esperanza y el terror me enmudecía mamá.

- Ahí te contaba todo lo que él nos hacía: entraba al dormitorio donde Daniel y yo dormíamos, nos desnudaba y pintaba nuestros pequeños labios de rojo, él también se desvestía y pintaba la boca igual, luego manoseaba nuestros cuerpos y nos obligaba a besar, a chupar su horrible pene hasta que un líquido blanquecino, pegajoso y hediondo a cloro manchaba nuestros rostros y se deslizaba por la piel como sanguijuelas llenas de sal.
Después se vestía, nos limpiaba y decía que nos quería mucho y que nada debíamos decir a nadie; yo lo miraba irse con el color rojo pegado, regado en toda la cara.

- Necesito vomitar, pero no lo haré, pondré más alto el aire acondicionado y estaré mejor, ya verás. Esta calle está atascada de carros, es un verdadero problema circular a las horas pico, si uno lleva enfermos se le mueren en el camino, seguro que sí.

- ¡Uff, qué calor! Este clima ya no es la sombra de lo que era antes. Respiro hondo. ¡Ya ves?, ya me siento mejor.

- Sigamos mamá. Y es que si no hablamos hoy ¿cuándo será mamá? Discúlpame, pero nos queda poco tiempo. Uno no sabe qué va pasará después

¿Te acuerdas qué hiciste cuando lo descubriste? Nada. No hiciste nada mamá, o casi nada. Cuando lo sabías en nuestro cuarto solo lo llamabas y te lo llevabas al tuyo para colmarlo de amor y de lujuria, y así terminar su ritual. Tengo grabados sus ojos perversos y el olor de ese líquido pegajoso que corría por mi cuello y por mis piernas. A la mañana siguiente, tú llegabas para revisar los agujeros de nuestros cuerpos, a constatar si estaban sellados: abrías mi vulva, mis nalgas y las nalgas de mi hermano, y decías con mirada de veterinario: “Todo está bien”.

- ¿Y los agujeros de la memoria, mamá, y el vacío en el alma?, ¿El terror en la noche?, ¿Cuánto valía eso para ti, mamá?, ¿Y tu promesa de cuidarnos? Bueno, yo nunca te oí hacer esa promesa, pero es una promesa tácita, universal: “Los padres cuidarán y amarán a sus hijos”. Mamá, a las niñas y a los niños se les cumplen las promesas.

Ya sé que estás pensando que soy un monstruo, un cuervo, un vampiro; pero no, yo solo vine a exigirte el cumplimiento de esa promesa que nos hiciste. Si no, nuca le perderé el miedo al color rojo. Nunca podré curarme de las hemorragias que de repente se desprenden de mi vientre, y no hablo de la menstruación mamá. Hablo del rojo, de la sangre que me arrastra al vacío y siento que no tengo de dónde asirme y escapo de mi cuerpo por mi vientre.

Solo me calma pintar, trazar líneas sobre papel, sobre cartoncillo, telas o cualquier otro objeto, para decirles al mundo que las niñas y los niños corren peligro en sus hogares, con sus parientes y no solamente en la calle, con los extraños. Ya ni sé si alguien entiende.

Los que van a mis exposiciones ven, admiran, comentan, inventan, compran; a veces me inquieta pensar que más de alguno de ellos hace crueldades con infantes, y en más de una ocasión he arrebatado un cuadro de manos del comprador, en plena subasta, pero no entiende. Ese cuadro que arrebato es mí preferido, mamá, y no lo vendo, no tiene precio, pero no entienden. Es la pintura que tiene un agujero amorfo, rojo, profundo, desde donde se puede sentir el vértigo en el centro de una pared oscura. Pero son igual que tú, no entienden lo que digo allí. ¿Será porque dibujo lo mismo de cuando era niña en aquellas cartas que tú nunca leíste? Yo pienso que no es más que mi grito pidiéndote auxilio, en él me hundo, me engulle y yo quedo a la deriva en espera de ti.

¿A dónde estabas mamá?, ¿Porqué nunca me quisiste? Mira cómo es la vida, y yo que te adoraba. Tú eras mi mami, la mamita más bonita del mundo, ninguna otra mamá podía tener el olor que salía de tu falda y que yo buscaba cuando recostaba mi cabeza entre tus piernas mientras tejías o arreglabas tus manos.
Yo quería volver a tu matriz, meterme en tu cuerpo, pero tú me empujabas, me quitabas de tu lado ¿Crees que yo no sé por qué? Porque yo no podía darte lo que sí podía darte papá, yo no te daría hijos, ¿O tal vez porque pensabas que yo era tu rival? Que tonta fuiste mamá, yo solo te quería a ti.

- ¿Verdad que por eso me enviaste a estudiar lejos de casa, por eso internaste a Daniel en esa escuela de varones? Te deshiciste de nosotros, tus estorbos, tus rivales.

- ¿Cómo puedo olvidar todo? Si el cuerpo también tiene memoria.

- Qué bonita luces todavía mamá, pero te ves pálida y el pulso está más lento. Cálmate, solo nos quedan tres semáforos más, tengo que encontrarlos antes de llegar a la clínica.

Es que aún no he terminado mamá:

- Quiero que sepas que al principio esta decisión fue compleja a pesar de que toda mi vida estuve esperando este momento. Me preparé, busqué libros de medicina, química, plantas naturales, para encontrar ideas, fórmulas mágicas, la pócima perfecta para acabar con ustedes, mi papá y tú; pero todas dejaban huellas y cárcel. No quiero más encierros, me basta con el que ustedes me regalaron.

- Pero fue en la literatura donde encontré las mejores propuestas: gatos emparedados, digital o belladona en sobredosis prolongada, camotillo recién cortado, Prozac más alcohol y más prozac, matarratas en café, o una trampa para ratas en el último piso del edificio en construcción donde un arquitecto reconoce un fantasma etc.

- Solo lamento que papá se haya caído tan estrepitosamente, tan fácil y tan embriagado desde el último piso de la construcción, sus diseños eran tan perfectos, como él.
Quién diría que acabaría como un vegetal. Dicen que alcohol y trabajo son mala combinación…so sé, yo solo vine al funeral de Daniel (y al tuyo mamá), a vengar la muerte de nuestra niñez.

- ¡Qué tragedia mamá! Nadie te extrañará que quisieras morirte: un hijo muerto por SIDA, bueno, diremos que fue por cirrosis; un esposo adorado convertido en un trapo viejo; una hija desarraigada que nunca viene a visitarte. Todos te entenderán mamá, ni siquiera el cura osará decir que no entrarás al reino de los cielos por “suicidarte”. Lloraré mucho en tu funeral, pero no será por ti, sino por Daniel y su alma rota en búsqueda de amor; lloraré por los coágulos que salen de mi herida; lloraré por los niños ultrajados.

- Colocaré en tu féretro tus apellidos, mi muñeca rota que conservaste en el sótano, la soledad de Daniel y las paredes del dormitorio; llévatelo todo, no quiero nada tuyo ni de papá, no quiero nada que me recuerde el terror de la casa de mi infancia.

- Este es el último semáforo mamá. Nada es casualidad, mira que también está en rojo.

- Ya sé que escogí la ruta y la hora más adecuada, es hora pico, un verdadero problema, si uno lleva enfermos se le mueren en el camino, pero pronto llegaremos…

- Mamá, mamá ¿Me escuchas? No te mueras mamá. Si tú te mueres ¿Quién me cuidará?, quien me protegerá de los agujeros rojos que hay en todos lados, del vacío rojo colgado en el muro. ¡No te mueras mamá, no te mueras!

Mamá basura, mamá basurero, deposito y bacinica de papá, mamá de odio y de amor.

Mamá, no te mueras, quiero volver a tu vientre y oler el perfume de tu falda.

Mamá, no te mueras, si eso sucede, ¿Quién habrá de cumplirnos las promesas.

Yo, yo aún me siento triste por Diana, pero no puedo juzgarla. Ahora comprendo el nerviosismo cuando se encontraba un semáforo en rojo, y yo que creía que era por la inseguridad de la ciudad. Ahora comprendo el porqué de sus pinturas locas o del gran vacío en sus ojos y la mirada triste como nocturno mar.

Jamás volví a verla, nunca conocí a su mamá…jamás quisiera volver a escuchar una historia similar.

F. Ariza

Esclava de palabras


Ana R.

cómo nacen los poemas

Se sienta frente al laberinto, y sus ojos adquieren brillo, adquieren sabores inciertos, se llena de ámbitos desconocidos.

Se levanta, el laberinto y sus ojos, en ese mismo momento, cobran su brillo, los sabores inciertos se llenan de ánimos.

Ahora toma el espejo, y nada, una transparencia en el vidrio, un breve aniquilar de reflejos.

En el espejo todo, ella viste la transparencia del vidrio. Eternidad y reflejos sellados.

Ella, ella y sus mil encantos, con mil violines que suenan cada vez que sonríe. Una duna comienza a husmear la escena.

En esa duna de arena, ella, la reina, comienza a robar la escena. Los violines tocando mientras el paisaje se queda observando.

Con un vuelo absurdo, vienen bajando unas alondras blanquísimas, esperan y se posan sobre un fragmento minúsculo de tiempo.

Hacía de lo absurdo un milagro, donde las blancas alondras de la nada esperaban mientras ella posaba sus manos. El tiempo esperando mientras tanto, fragmentado.

En sus manos hay un par de letras, entonces las letras dan un brinco y van escalando hasta sus ojos de laberinto.

Se quedan viviendo en sus ojos las palabras que nacieron de letras de cualquier parte. Escalando o caminando, ellas van armando el poema.

Silvia Carbonell Dennis Romero

ley de la conservación de las discusiones

el señor está plácidamente acomodado en el sillón, viendo la televisión. la señora está en la cocina, preparando el almuerzo, haciendo un pastel, sacando jugo a unas naranjas y respirando. llueve. llueve más fuerte. llueve y la señora le dice al señor que debería limpiar el canal porque está lleno de hojas secas y podridas, las cuales provienen del árbol del vecino. el señor queda cinco minutos pensando en las posibles excusas para no hacer dicha actividad (porque él está cómodo viendo el partido) y encuentra que todas conllevarían a una terrible discusión. llueve tupido y gris. entonces el señor corre a buscar la escalera de madera, y descubre que la escalera de madera está rota y oh, qué hastío. busca la escalera de metal, la pesada, y sube apresuradamente. se lleva una escoba vieja y una bolsa negra. con mucho esfuerzo limpia la mitad del canal metálico y el agua lluvia corre tranquilamente. llueve fuerte. el señor corre hacia el otro lado del canal y lo limpia en un santiamén. no llueve. la señora, que recién acaba el almuerzo, ve al señor entrar empapado, enlodado y lleno de hojas podridas en la cara. el señor comprende ahora que la terrible discusión de antes, se ha transformado ahora en una monumental discusión.

Locura ajena.

Quería saber de qué color eran las flores en verano
no sabía si las aves vuelan al sur cuando tienen calor
o al norte cuando necesitan compañía.

El frío será el resultado del enojo de dos amores
o nacerá de un corazón marchito
aun con todas estas complicaciones me pregunto
¿cuán rápido puede volar el olvido?

No se sabe cuán lejos llega una palabra
cuando se la dice en silencio
si piensas que yo te pienso
no sueñes…
despierta…
lo estoy haciendo.

martes, 24 de enero de 2012

Sueño



Caminamos este puente de infinito a infinito, 
uniendo las bocas en un pedazo eterno de nosotros.


Conocimos el tiempo de distancia a distancia 
uniendo las palabras detrás de la noche.


Abrimos el mundo de grieta a grieta
uniendo las madrugadas dentro de nuestros ojos.


Deshicimos las pieles de país a país, 
desgastando las caricias en un pedazo de cielo.


Cantamos las ganas de voz a voz,
lamiendo todos los vientos con la misma lengua.


Tocamos las ganas de mirada a mirada, 
bebiéndonos la espera dentro de la misma sed.


Dibujamos la música de canción a canción,
haciendo sonar el futuro con las mismas manos.


Abrasamos la voz de noche a sur, 
tocándonos el mundo con la misma mirada.


Esperamos el paraíso de sueño a vida,
siendo día a día las mismas gotas creciendo.


Respiramos el amor de pasión a deseo, 
siendo segundo a segundo una noche de promesas ciertas.

Alma E. Palma y Eduardo Magomi

Barrotes Invisibles

Soy esclava de un reloj por las mañanas
Del humo de un cigarrillo
De mis miedos, de mis ansias
De mis gritos contenidos.

Soy esclava del dolor de las caídas
Del cansancio y la rutina
Soy esclava de mi sombra
(la verdad y la mentira).

Ah! poeta que reclamas
con fiebre necia y rebelde
libertades liberadas
de cobardes inconscientes...

¿No ves que yo soy esclava
de mi sangre y de mi vientre,
del saberme un ser humano
algo común y corriente?

Soñé




Texto: "Soñé" de Alma Palma y Rubén Ochoa
Música: "The first time I loved forever", de Lee Holdridge, interpretada por Stepan en Youtube
Voz y Producción: Nadia L. Orozco

El Amor intercultural en los tiempos de Francia



Hace unos años, una amiga de la que estuve locamente enamorado durante un mes, justo antes de conocerla mejor, se enamoró locamente de un amigo mío francés, cuyos mejores atributos eran: no ser feo, hablar español con acento afrancesado y hacer el Amor en perfecto francés. Como todo hombre de honor, me hice a un lado y disfruté de lejos, muy lejos, el Amor que se procesaban, y cuando digo “disfruté”, quiero decir “envidié”, porque mi amiga es una belleza de los pies a la cabeza y a nadie le agrada verse relegado por culpa de un acento. En fin, esa es mi dosis de despecho. En realidad, una vez que la conocí a fondo, se perdió el encanto del enamoramiento y se convirtió en una amiga atractiva con quien salir de vez en vez, sin el compromiso ni la esperanza de llevarlo a algo más.
Por meses fueron la pareja sensación en los círculos que frecuentábamos, eran el cuento de hadas perfecto para toda mexicana enamorada de la idea del príncipe azul. Hasta que llegó el momento que mi amigo francés debía regresar a su tierra. Era un secreto a voces, en el mundo de la salsa todo se sabe, que a final del mes, él se iría y ella se quedaría acá, con todas las nostalgias e ilusiones de una mujer profundamente enamorada.

Se llegó el día, él partió y ella se quedó. Pasaron dos meses y un día, mientras comíamos, me dio la noticia que había la posibilidad de irse a Francia, a pasar unas largas vacaciones con su amado francés.Me preguntó qué opinaba, ¿ya dije que nos habíamos hecho buenos amigos?, pues sí, le hablé con toda la honestidad que siempre me ha caracterizado.
Para la mayoría, el Amor llega pocas veces y los grandes amores son aún más escasos. ¿Qué si existía el riesgo que no funcionara? Por supuesto, más eran muchos los años que se reprocharía no haberlo intentado. ¿Qué si lo amaba y estaba enamorada?, hasta por debajo de las uñas estaba su nombre impreso. ¿Entonces?, a volar, vete a vivir el sueño de tu vida, si funciona grandioso, si no es así, regresa, aquí te esperamos todos los que te queremos con los brazos abiertos y los hombros dispuestos para que llores entre lágrimas y sonrisas en ellos.

Y se fue, se perdió por dos meses, a lo mucho sabíamos por algún correo o comentario de un amigo de un amigo que estaban bien, enamorados y felices. Hasta que un día, estaba en mi mesa, tomando una copa, con Oscar de León estremeciendo la pista, cuando la vi aparecer, iba con sus amigas más cercanas, la mirada brillante, la ropa negra delineando su figura y disfrazando sus penas, si es que las había. Más noche, mientras bailábamos, me enteré que se había regresado, sola y eso fue todo lo que hablamos, no era el lugar ni la hora para llevar la plática más allá, además que era evidente que había salido a distraerse y regresar sobre sus pasos.

Unos días después platicamos en la comida, largo y tendido. Me enteré que los primeros 15 días en Francia fueron de ensueño: Paris, su cultura, sus historias, ella y él, juntos, tantas ilusiones en el aire, tantas horas en la cama. El resto de los dos meses, fue un globo aerostático que poco a poco se fue quedando sin suficiente calor para mantener la relación en lo alto, hasta regresarla con todo y maletas al suelo donde había nacido.

Para empezar su amado no vivía en Paris, si no en una pequeña ciudad a una hora de Paris, cuyo ritmo de vida era lento y rutinario, comparado hasta con la ciudad donde ella vivía, ya no se dijera La ciudad Luz. El se iba a trabajar por las mañanas y regresaba por las noches. Ella ocupaba el tiempo paseando por el pueblo-ciudad, tomando clases de un idioma que no más no se le daba, conviviendo con unos suegros ya en edad avanzada con los cuales no se entendía más que a señas y en general más sola y perdida que un grito en el más bello e imaginario bosque galo.

La comida era rara, las costumbres muy diferentes, debía vestir más “recatada”, su trabajo arreglando uñas se había quedado del otro lado del atlántico y acá, sus ahorros habían desaparecido en un abrir y cerrar de Euros. La convivencia con su galán estaba fatal, ella era toda una mujer, había educado y sacado adelante sola a una hija de 14 años, él en cambio, era un hombre en desarrollo, acostumbrado a que le sirvieran y sin la madurez para afrontar las responsabilidades en pareja. Tenía un genio endemoniado y estaba todo el tiempo tratando de cambiarla, de afrancesarla, ella en cambio, cada día se sentía más mexicana y más fuera de lugar. Los fines de semana y las noches de luna llena en la cama solo retrasaban lo que en su interior ya era una certeza que trataba de ahorcar en vano: no tenían futuro como pareja y más tarde que temprano tendría que afrontarlo y empacar su Amor de Francia en una maleta.

Me lo contó todo sin llorar, no por falta de ganas, si no porque hasta el mar se cansa de visitar la misma playa. Me agradeció mis consejos y buenos deseos antes de su partida, y me agradeció aún más el hombro dispuesto y la mirada franca y sin lástima. Lo disfruté, me dijo serena, y ahora lo atesoro como la más maravillosa de mis experiencias y el más grande de mis amores, pero aunque el Amor sea muy grande, no significa que sea eterno o invencible. Quizá más adelante haya futuro para nosotros, quizá en algún momento el reloj de él marque la misma hora que el mío, dejo la puerta abierta, más no me limito a vivir de esa esperanza. Desde entonces ha llovido y ha caminado bajo la lluvia tomada de otras manos. A veces está sola, a veces acompañada, yo la veo siempre satisfecha de haber elegido los caminos y dar los pasos correctos para llegar a ellos.

Renko
@ArkRenko
El Rincón tortuoso de mi consciencia


Esta historia fue recordada y escrita con mucho respeto después de leer el blog de @Nadiamente y todas las entradas a la fecha publicadas sobre su Amor tuitero en tierra Argentina. 
La rutina y la convivencia son al Amor, lo que la corrupción es a una sociedad.


Me enamoré de Roberto

    Es cierto que Roberto murió antes de que llegara a conocerlo. También es cierto que Roberto no murió, que vive en cada intento. Álvaro conocía a Roberto. Dónde y cómo se conocieron no viene a cuento. Lo importante es que Álvaro presentó a Nadia y a Roberto. Tampoco sé cuánto se conocen y si llegarán lejos. Lo que sé es que Nadia me lo presentó y así comenzó el juego.
    Roberto era chileno. Aunque también era argentino y mexicano y español y, a pesar de que suena loco, sobre todo era Roberto. Y el tiempo verbal es incorrecto, no era, es Roberto.
    Debo aclarar que, en realidad, no me enamoré de Roberto. Vamos, los que me conocen saben de mi amor por Nadia. Me enamoré de su forma de jugar el juego. De su forma de fragmentar la realidad y doblar el tiempo. De la manera en que, irremediablemente, te involucra al leerlo.
    Hacía mucho tiempo que no leía una novela que me dejara perplejo. Que calara tan hondo. Que me empujara a caer en la sed del que sueña despierto. Cuando Nadia me mostró su ejemplar de “Los detectives salvajes” lo miré con recelo. Tenía otros libros que leer primero, así que lo dejé juntando polvo en el librero. Pasaron un par de libros y algo de tiempo antes de que me decidiera a leerlo. Y eso fue todo. Caí preso.
    Puedo decir, desde mi infinita ignorancia, que ese libro de Roberto Bolaño vale en oro su peso, o, mejor dicho, lo que vale es lo que ganas al leerlo. Es un ejercicio invaluable. Es incalculable el empujón que le da a tus dedos. Te empuja a olfatear, a perseguir, a intuir, a armar el rompecabezas rompiéndote los sesos.
    Sé que escribí mucho y no dije nada, o dije todo, ya veremos. Ahora estoy leyendo “Los sinsabores del verdadero policía” y sólo puedo decirles que vayan a su librería preferida y, sonriendo, pregunten qué libros de Roberto tienen esperando y se lleven uno a su casa y se unan al juego.

                                                                                                                     Rubén Ochoa

Jugar infinitamente a lo finito.

No me olvido de recordarle ni de buscarle donde no le encuentro; Así que sigo con la memoria llena de vacíos que me hacen finitamente feliz.

Y corro fuerte con los pies levantados, casi brincando en cada paso al ritmo de aquella canción hecha para escaparse, para las huídas.

Y mirar sus brazos rotos, quebrados, sintiéndome inalcanzable, como sólo yéndome a ningún lugar, a ninguna parte con nadie, sólo yéndome, siguiendo en otra parte como anónimo, como un "no-one" en "no-where", sin embargo continuar en el vacío, tratando de encontrar la forma de llenarlo, éste vacío que es tan suyo como mio, porque aún cuando me habita éste tiene su forma y se mueve y se siente en otras partes, como una ausencia nómada; A veces duele afuera, en todos los lugares donde no estás, otras tantas se siente dentro y se siente sin sentirse, porque es la ausencia, la ausencia pesada, espesa, insoluble, la ausencia de la huída y la fuga.

Hasta ahora no me olvido de recordarle.


2 de enero de 1988



2 de enero de 1988, hoy es mí cumpleaños....tengo 24 años...

Si ya lo se, en mí perfil dice que tengo 44 años y es correcto, pero tengo la gran suerte de poder celebrar dos cumpleaños.

El 12 de enero de 1988 a las 6:45 horas mientras iba al trabajo sufrí un grave accidente de moto, y cuando digo grave es que lo es, creerme. Un mes y medio en coma, casi cinco meses en la UCI, creo que han sido unas 19 o 20 operaciones a raíz de eso, ya ni me acuerdo.... 16 meses sin ver la luz de del sol ni respirar aire puro, aunque en total estuve ingresado cerca de dos años y medio. 

Todavía recuerdo cuando un fin de semana me concedieron un permiso para ir a casa. Olí el aire, sentí el poco viento en mí cara y me dolían los ojos. Me llevaron a casa en ambulancia y les pedí que no corrieran mucho ya que me mareaba, pero en realidad lo que sentía era miedo. Recuerdo cuando llegue a casa, me entraron en silla de ruedas, la cara de mi madre, de mi padre y de mis 5 hermanos todos con una sonrisa forzada y lágrimas en los ojos. Pero lo que más me impacto fue la reacción de mí perra, una pequeña perrita de mezcla que habíamos cogido en la protectora de animales hacía unos años. Empezó a mover el trasero y la cola, me olió, me lamió, empezó a sollozar como si la estuviesen matando y sus lágrimas salían de sus ojos a borbotones, juro que es cierto. Y la pobre se orino en el recibidor de casa, jamás lo había hecho. Ese fin de semana mí perra no se separó de mí, incluso dormía a los pies de mí cama y me miraba de una manera especial. Sentía mi dolor, sentía mi pena y la compartía conmigo. Solo lo pueden entender lo que han tenido animales, era alucinante y muy doloroso. No quise volver a casa ningún fin de semana más hasta que me dieron el alta definitiva, no me sentía con fuerzas ni preparado.

La vida nos da lecciones, ingratas en ocasiones. Cuando el Domingo por la tarde vino la ambulancia a recogerme y mientras me estaban metiendo dentro, se acercaron dos chicas del barrio a desearme suerte y me dieron un beso cada una con lágrimas en sus ojos. Dos chicas que eran retrasadas mentales y que caminaban con mucha dificultad, dos chicas de las que nosotros, los "machotes" del barrio no nos cansábamos de reírnos de ellas cada vez que teníamos oportunidad. Cuando se cerraron las puertas de la ambulancia me puse a llorar, pensé, soy un verdadero hijo de puta. Esas dos hermanas me enseñaron una de las primera lecciones que a raíz de mí accidente aprendí, vive con el corazón y no juzgues a nadie por su aspecto si no por sus sentimientos y su interior.

Aquella habitación de la tercera planta de traumatología del Hospital de la Vall D'ebron se convirtió en mi casa. Tenía ciertos privilegios por el tiempo que llevaba, era el más antiguo de todo trauma. Tenía una TV, mí primer teléfono móvil, de aquellos del maletín ¿os acordáis de ellos? Incluso subía cada día la dietista para preguntarme que me apetecía comer al día siguiente. perdí más de 20 quilos....

Otra de las lecciones que pronto aprendí es que siempre hay alguien peor que tu. Una vez en la parte trasera del gimnasio, la que da al parking de los empleados, que no es otra cosa que la sala de rehabilitación, nos la abrían cuando hacía buen tiempo para tomar el sol. Estaba allí sentado fumando a escondidas y se acerco un tipo del que todavía recuerdo su nombre, Pablo. Me vio cara de tristeza y alguna pequeña lágrima asomando en mis ojos. Era un trabajador de explosivos Rio Tinto al cual por un accidente de trabajo le volaron los dos brazos y una pierna. me dijo textualmente, que haces imbécil llorando de pena? deja de autocompadecerte no tienes ni puta idea de lo que es el verdadero dolor, el dolor del alma. Siguió diciéndome, hace 7 meses que estoy aquí y no he consentido que vengan mis hijas pequeñas (dos hermosas crías que conocí) ¿sabes lo que voy a sentir cuando vengan mañana y les quiera dar un abrazo y no pueda dárselo jamás? Me dejo hecho una verdadera mierda y me sentí poca cosa y partícipe de su dolor. Segunda lección aprendida.

Podría seguir explicando vivencias, tengo muchas, tal vez demasiadas para mis 20 años de entonces, pero solo quiero recordar por último a alguien que fue muy importante para mí. El doctor Mella, más que un médico fue un padre para mí, un amigo. Sabía el miedo que me daban las anestesias y nunca me dejo ver un quirófano, me dormían en la antesala a petición suya y siempre cogiéndome de la mano. Era lo múltimo que veía cuando me dormían y lo primero que veía cuando me despertaba y siempre cogido de su mano. Con ese fantástico medico y mejor persona, lloré, reí y gran parte del hombre que soy hoy en día se lo debo a el.

Quise abandonar el hospital por última vez bajando las escaleras de la entrada principal, unas pedazo de escaleras de tres pares de cojones la verdad. Era mi sueño, salir como una persona normal de allí. El Doctor mella y alguna de las enfermeras de la planta tercera, miraban con lágrimas en los ojos y alguno incluso llorando mientras yo bajaba aquellas escaleras solo ya que no quise que me ayudasen. Cuando legue abajo, levante los brazos como Rocky jejejejeje y el Doctor Mella bajo las escaleras y me dijo, entraste aquí destrozado siendo un chaval de 20, hoy sales con 22 años y casi medio y hecho un hombre. Jamás olvidaré esas palabras y jamás olvidare todo lo que aprendí en aquel tiempo. Experiencias de todo tipo que hasta al más cabal le sorprenderían, algunas emocionales y otras sencillamente dentro del capítulo de lo inexplicable, pero eso es otra historia...

Por eso de vez en cuando, tengo necesidad de desnudarme emocionalmente aquí y en la vida 1.0, porque me jure que siempre viviría mis sentimientos como si fuese el último día, intensamente y sin engañarme.

Ya nadie de mí familia se acuerda de este día, los primeros años me llamaban pero ahora ya no, y lo entiendo. Eso no es lo importante, lo importante es que la vida sigue y hemos de vivirla de la mejor manera posible y con nuestros sentimientos a flor de piel, odiando cuando hay que odiar, amando cuando hay que amar, comprendiendo cuando hay que comprender, ayudando cuando cuando hay que ayudar... Pero por encima de todo vivir cada día como si hoy fuese el último de nuestros días y diciéndoles a las personas que te importan que las quieres y lo que significan para ti. 

PD: Me ha quedado muy largo, lo se, pero que os conste que podría escribir incluso un libro jejejejeje ;-) Y disculpadme por la ortografía y la sintaxis, cuando habla mí corazón no repaso nada, sencillamente me dejo llevar por lo que en ese momento pienso y siento.

Si alguien lo ha leído entero, enhorabuena y gracias, es largo del copón ^_^


(El texto está copiado íntegro de la publicación del autor en Google +, pinchad aquí para ir a la publicación original.)


Francesc Mora
@papasito
El Blog de Paspasito



Conejeando


—¿Qué hacés Coneja? Hace muchas madrigueras que no te veo.
—Aquí nomás, un poco aconejada. Es que no sé qué ponerme.
—Ponete conejo, dicen que brincan todo el año, comenzando en enero.
—¡Conejo! ¡Ja! ¡Hace mucho que no pesco uno! O diré más bien que no lo cazo. O no lo caso, que para el caso, es también eso.
—Es que los conejos son esquivos, menos cuando los adobás con un buen tinto.
—Hablando de tintos, mírate los bigotitos: los tienes llenos de algo que podría, o no, ser salsa.
—¿El mostachín está olvidadizo? Siempre le gustó más el tango, que no es lo mismo.
—Yo no tango nada. Tampoco salsa ni chachachá. Es una pena.
—Yo te entango si querés, che Coneja.
—En tanga no, que me enamoro. Pero escurre el che por ahí, que estorba.
—Sin tanga y sin che, como vos quieras Coneja, que a este conejo le faltan pretextos y le sobran tretas.
—Ven Conejo, vamos a perdernos el respeto, pero poquito.

Así como fue

Al borde del abismo, él la sujetaba. La tenía bien agarrada y sin dejarla saltar, sus brazos le rodeaban la cintura, su pecho se agitaba contra su espalda y sus labios pronunciaban su nombre con suavidad. No saltes, le decía, no te vayas.

Sólo estaba tentando al destino, no tenía ganas de saltar. Sólo estaba mirando el abismo, esperando encontrar, quizás sus razones, quizás su soledad. Sabía que no era el momento, mas quería intentar desprenderse de sus brazos y volar.

Ella sabía lo que iba a pasar. Como si lo viera, él la iba a soltar. Caería para siempre sin el fondo tocar. Si no era ahora, un día iba a llegar en que sus manos la iban a abandonar.

Y tiempo después, lo vería otra vez. Ambos lamentarían la caída. Él por soltarla, ella por caer. Y en una mirada querrían que todo volviera a ser como fue.

Nadia L. Orozco

Él



Te autorizo a navegar
sobre el mar de mi cuerpo,
a apagar mis ganas encendidas. 


A delinear las orillas de mi noche,
a crepitar con los cuerpos llenos de sal
y arar el deseo que hiere,
y arremete cualquier camino.


Una voz se aferra a mi garganta;
tiene color de gemido
y se desnuda en tormento ahogado,
las mareas se agitan precipitándose
al abismo de tu boca.


Y mi boca te pronuncia, y muerde tu calor
un calor exquisito lleno de momentos, 
una lengua humeda  tiembla de sed
y arde bailando en mi ombligo. 


Es entonces que  languideces, líquido
sobre los contornos de mi piel,
un susurro salvaje abraza mi cuerpo,
y me dice que eres tú. 


El horizonte esconde mis ganas contenidas,
aquí un vientre está ardiendo de vida.


Dedicado a Eduardo Magomi

Alma E. Palma.

Cascadas

Cerro San Bernardo, Salta, Argentina, 2012.

El río se suicida en la cascada, pero nunca termina de morir.

Nadia L. Orozco