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martes, 22 de mayo de 2012

Quimera

Tímida, la luna, se escabulle por las ramas de ese árbol raquítico que, fiel, se apuesta bajo los ojos vítreos de la casa blanca. Apenas le adornan unas cuantas hojas en sus brazos de ramas. Sabiéndose anclado a su principio de árbol, estira su amor. Quiere tocarle. La claraboya de mirada nívea, no se inmuta. A lo sumo, le regala la caricia de un parpadeo cuando en verano abre los postigos y roza sus ramas. Él, apenas dos veranos atrás un arbusto, se ha enamorado de aquellas alas de vidrio, en las que confiadamente se posan las aves de primavera en busca de grano. La observa enamorado cuando la nieve la viste de escarcha o la dora de sol. Solo espera tocarla con sus manos de hoja cuando le llegue el otoño. Ansioso, le guarda la savia de ganas de años en el tronco, cada día más añejo. Resignado y con el viento cómplice, le envía flores de vez en vez. Pero el otoño llega varias veces y la ventana impávida, permanece cerrada. Temiendo dejar entrar al viento helado o peor, alguna hoja en forma de corazón, que le robe una sonrisa. Isabelle Cigarras & Maru Luarca @Lady_Micu

Así conmigo

Tal vez no lo sabes, tal vez lo ignoras, pero soy poema al escribir tu boca. Y me pides cielos y ventanas, pero apenas puedo darte palabras; de aquellas livianas, libres de viento. Me sé escribiendonos historias donde antes habitaron libros. Me puebla la esperanza los desiertos de antes. Y hallo un silencio en el lienzo de tu espalda; eso me basta, ya tengo emoción. Ahora puedo soñar la flor y su colibrí. Me hago un espacio para inventarnos momentos; que nos sobren murmullos y nos arrullen dilemas poblados de certezas que nos hablen de un “nosotros“. No hace falta romper silencios ni unir los trozos. Basta pensar el grito, besar el aire y alzar el vuelo. Así te tengo. Isabelle Cigarras & Rosalinda Mariño @abrapalabra

martes, 14 de febrero de 2012

Cuando por fin te vea.

He imaginado mil veces un encuentro contigo. Esa sensación extraña en el estómago poco antes de verte; las manos sudan, el corazón se sale. Nos veremos, quizá, en un parque al aire libre; árboles, caminar, viento frío. Quiero que tengas mil pretextos para tomarme de la mano. De qué platicaremos? No importa. Seguro temblará mi voz. Debo controlar la expresión en mi rostro al verte por fin; lo ansiaba tanto. Quizá sea mejor dejar que los ojos hablen, y las manos. Que la piel se conozca, se impregne. Ya hemos dicho demasiado con las letras. Espero el momento en que se dé un abrazo. Lo imagino largo, trémulo, queriendo disimular que me embriaga tu aroma, que moría de ganas. Y el beso. Acercarnos lento, nerviosos, mirándonos a los labios. Sintiendo tu aliento cerca, cerrar los ojos, esperarte. Dejarme ir. Lo imagino con ternura, pero intenso, así como tú. Tu sabor dulcísimo, tu boca suave. Los sonidos apagados. Solo tú y yo y ese momento. Besarse con la pasión del que presiente que el primero ha de ser el último beso. Tatuarse uno al otro cada segundo compartido, llenos de sensaciones, de olores. Que te recuerde cada vello que se eriza al contacto.Quiero remembrar cada cielo, cada nube, el pájaro que pase al vuelo. Quizá un tren se deje oír.Así es esto del que ama de lejos. Todo se va en atesorar instantes.
Isabelle Cigarras.

martes, 31 de enero de 2012

Esperanza



Tengo un libro con tu nombre en el buró del otro lado de mi cama,
por si un día te decides y amaneces conmigo.
Por que tengo tu espacio aquí, junto a mí,
esperando el momento de verte amanecer sonrisas
con mi ojos por espejo, y mi boca haciendo eco.
Te espero con mis manos vacías deseando ser casa de tu rostro
y cobijo de tu cuerpo.
Con mis piernas queriendo ser prisión de tu cadera.

Te espero. Y guardo celosamente el lugar que no buscaste.

Te espero, sin ocasión posible.

De forma inútil, sí, pero te espero



No necesito más almohada que tus brazos,
ni más cobijo que tu cuerpo.
No quiero más espejo que tus ojos,
ni otro sol que no sea tu sonrisa.
Que no haya más caricia
que la seda de tus manos,
ni más aire que tu aliento que oxigena.
Que no exista la música
si no sale de tu voz;
que no toques más hembra
que no sea tu guitarra.
No quiero probar otros mares,
si no brota entre tus piernas.
Que no haya más vaivenes,
si no son de tus caderas.

Que no se explique la vida,
si no es contigo.
Que no viva yo sin ti.

Sin sentido



Le escribo a ese que dejaste olvidado en el camino. A ese fantasma que se resiste al exorcismo y que arrastra sus cadenas en mi oído.

Le llamo a ese que no está; le grito a la sombra en el piso que ocupa tu lugar desde que moriste, como si alguna vez hubieses sido verdad.

Me busco entre los escombros como los perros de rescate; me sé cayendo en la asfixia bajo los dos pisos de la casa que una vez imaginamos.

Ya no éramos los mismos dos que partieron sin miedo, con el viento en la espalda. Ya no eras ni el polvo en el zapato del que conocí.

Ya no eras.

Lo digo con la confianza que da la total ausencia de encanto. Quizá, y simplemente, nunca fuiste.

martes, 3 de enero de 2012

El tío Pepe.

Tenía yo cerca de 17 años cuando conocí al tío Pepe. De esos tíos que al verte mencionan que estabas uuuy, así de chiquita cuando te vi. No recuerdo haberlo visto jamás en mi vida. Era primo de mi abuelo paterno, de esos de por sí ya lejanos. Hombre muy agradable, ciertamente.


Un día, mis padres, hermanas y yo, estábamos planeando un viaje de pesca, y mi padre menciona que teníamos ‘un encargo’ pendiente…
De manera misteriosa, mi padre saca de su auto un florero plateado (al menos eso pensé que era), y nos dice a todos: saluden al tío Pepe. Sí, amigos. El tío Pepe había fallecido días atrás. Qué pena. Su último deseo fué que sus cenizas fueran tiradas al mar.

El tío Pepe vivía en Torreón, así que le era algo difícil a sus familiares cercanos cumplir con su deseo -eso y algo de no importarles-, así que mi padre, que fué su sobrino favorito, decidió mandar traer la urna para llevarla a su última morada. Estábamos conmovidas todas.

Al día siguiente, muy de madrugada, subimos a la camioneta maletas, cañas de pescar, hieleras, carnada, cobijas y partimos felices.

Ya teníamos cerca de una hora de viaje, cuando mi papá le pregunta a una de mis hermanas: Hija, ¿dónde pusiste al tío Pepe? Mi hermana entró en pánico. El tío Pepe se había quedado esperando en la mesa de la cocina, junto con las almohadas.

 No almohadas, no tío Pepe. 

Pese a la seriedad que requería el momento, todos rompimos a reír. El tío Pepe tendría que esperar a la siguiente salida de pesca.

Pasaron las semanas y se organizó una nueva salida. Mi papá y sus hermanos saldrían a la pesca del marlin. Hermosa experiencia, les digo. Otra vez, muy de madrugada, cargaron la camioneta con cobijas, hieleras, carnada, cañas, carretes, cervezas y partieron, aún de noche.
-Compadre, dime que te trajiste al tío Pepe, por favor, le dice mi papá a uno de sus hermanos. Su cara lo dijo todo.
-Es que no podía cargar las cervezas y traerme la urna, cabrón. Además, le dije a este pendejo -señala a otro tío- que se lo subiera.
-Y, ¡¿dónde lo dejaste, baboso?!, dice mi papá en tono exasperado. -En la cochera, junto al tanque de gas que tampoco nos trajimos.

No tanque de gas, no tío Pepe.

Pasaron 2 meses y se planeó una salida EXCLUSIVAMENTE para llevar al tío Pepe. Ésta vez, lo subimos a él primero (junto con las tortas). Estábamos felices. Por fin íbamos a cumplirle su último deseo al famosísimo ya tío Pepe. Llegamos a la playa, bajamos la lancha. Cargamos la lancha con toallas, sombreros, bloqueadores, bikini, bebidas, botanas, subimos y partimos contentos. Llegamos a un claro hermosísimo, cerca de un despeñadero en las costas frente a las islas Marías (andábamos lejos). Mi papá, todo solemne.
-Hija, -me hablaba a mí-, creo que debemos decir una oración o algo, para despedir al tío Pepe. Todos votamos y tú perdiste. Te toca. Sorprendida pero aliviada de que finalmente le íbamos a dar descanso al tío, acepté. -Pásame al tío, pedí. -Tú lo traías, ¿no?...

Ay, no.

El tío Pepe había sido olvidado en la cajuela de la camioneta, junto con los lentes de sol de mi hermana menor. No lentes de sol para mi hermana, no tío Pepe. Todos reímos como locos. ¿Cuántas veces lo habíamos olvidado ya? Tal parecía que el tío Pepe no quería ser llevado al mar, realmente. Se tenía que hacer un viaje más y llevar SOLO al tío Pepe como cargamento, para asegurarnos de no olvidarnos de él ésta vez y así se hizo. Subimos todos a la lancha, preguntándonos cada 2 minutos si aún traíamos al tío Pepe en las manos. Así era. Partimos a altamar. Esta vez, mi papá eligió un lugar más cercano, ya que la mar estaba un poco agitada, pero era igual de bello, cerca de San Blas, Nayarit.

Llegamos. Estábamos un poco tristes porque el tío Pepe se había convertido en alguien importante en nuestra familia, en nuestra casa. Pero teníamos que cumplir su voluntad. Todos lo sustuvimos en manos y dijimos unas palabras bonitas a manera de disculpa.
-Hija, pásame al tío ya, para darle su tan ansiado descanso. Mi hermana, que estaba al otro lado del bote, tambaleante se acercaba. Pero era muy difícil mantenerse en equilibrio con ambas manos ocupadas. Mi pobre hermana trastabilló, se torció un tobillo, se golpeó un codo, apachurró el bloqueador y terminó aventando por la borda al tío Pepe. Carcajadas sin fin, claro está. Pero al final de cuentas, el tío Pepe hizo su salida triunfal.

Por la borda, pero triunfal.

Isabelle Cigarras.