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martes, 5 de noviembre de 2013

De tu agonía no se regresa vivo



Bajo tu cielo y encima de tu infierno aprendí a morir. Me enseñaste que la vida se lleva en las yemas de los dedos y al filo de los dientes.

Aprendí que de nada sirve una vida sin esos instantes de agonía en los que se está al borde del precipicio en los labios de quien se ama. Que las sonrisas de amor si son robadas son mejores y que los momentos de ausencia si tienen un nombre propio también están bautizados con la esperanza de un regreso.

Me enseñaste que la vida se disfruta lento, al compás de un oleaje en una playa y al ritmo de tus manos. Que el amor se susurra al oído para que entre despacito acariciando el alma. Descubrí que hasta los latidos cambian su ritmo si brotan al ritmo del amor, que los míos sonaban mejor cuando estabas conmigo y que ahora pasan hambre de ilusiones al recordarte.

Los amaneceres pesan en los ojos nublado las sonrisas. Me faltas en la piel, en la sangre palpitando en las mejillas, en los minutos y a cada segundo.

Aquí las noches no son eternas, la piedad del sueño vence a la inclemencia del insomnio y aunque mis ojos estén cerrados, mi mente sigue enredada en tus brazos, y mi piel se adhiere al aliento invisible de tu recuerdo. Ya no estás, pero cada noche te siento acomodarte al lado mío y descanso en el consuelo de la fantasía.

Que manera tan lenta de morir agonizando en la hiel de tu ausencia. Y es que amor, tú solamente me enseñaste a morir de una manera, delirando tu nombre a gemidos, inundando la piel de impaciente deseo.

Quiero volver a sentir tu fuego centellando en mis venas, con todo mi cuerpo a la espera de la simple posibilidad de tus dientes entrando en mi piel, que mi boca se pliegue a tus deseos perversos y tu espalda se distienda una vez más en glorioso éxtasis.


Ana y Renko


martes, 10 de septiembre de 2013

Km 13, en 20 minutos.

KM 13, en 20 minutos.

Creo que hacía tiempo que caminaba por la cuerda floja de la vida y no me había percatado de ello. Todos saben que el sexo es adictivo, pero lo que no saben es que el aroma a excitación de una mujer es el más sutil de todos los olores y también el más detectable inconscientemente para los machos de la especie humana, una droga para quienes la han probado en su forma más pura. Yo era adicto al embriagante olor a entrepierna mojada, esa era la delgada cuerda por la que caminaba a ciegas, sin más brújula que mis ganas.

Aquella noche hice una parada tardía en “Ruben’s” con la idea de tomar un trago, fumar un cigarrillo y quizá, levantar algo más intenso para beberlo de madrugada. En la barra se encontraban algunos clientes conocidos, compañeros regulares que acompañaban en silencio su soledad con la soledad silenciosa de otros retazos de la misma tijera. En ciertas mesas no faltaba la promesa velada de alguna antigua compañera de sexo casual, pero ninguna que me motivara a lanzarme al conocido vacío de las caricias sin química.  Después de un largo rato de estar sentado en mi mesa a solas con mis elucubraciones filosóficas-etílicas, me percaté que el gerente del lugar estaba a poco tiempo de corrernos a todos con el cruel encendido de esas luces mata alegrías y su violento regreso a destiempo a un mundo libre de humo, carente de complicidad y piedad para los defectos físicos. Me preparaba a pedir una última copa y sacar otro cigarrillo de una caja semivacía que dormitaba en la mesa a un lado del cenicero cuando la vi por primera vez, con su insoportablemente sensual vestido rojo y su caminar de mantis religiosa en celo.

Ella entraba en el tercer puesto de una fila despreocupada de trasnochados que la acompañaban, sin saberlo yo, a derrapar en una de las curvas eróticas que a ella y a mí nos deparaba el destino. Si para el mundo el rojo es señal de pasión, para mí es sinónimo de una mujer sin nombre que cavó surcos de lava caliente en mi espalda, que llegó como ladrón a mi vida, después de la medianoche, justo en el estertor de aquella madrugada de tragos y alegrías artificiales y se marchó de la misma manera. Para mi mala fortuna, yo estaba a pocos metros de la mesa que les asignó el mesero y hasta ese instante tomaba mi bebida con desinterés en aquel ambiente ensopado de sudor e impregnado de olores mezclados de cigarros medio consumidos, alcoholes baratos y perfumes tibios con aroma a sexo desesperado.

Meditaba en marcharme, la mujer de rojo estaba bien franqueada y ni para mí era buena idea intentar algo con ella. Pero reparé en lo extraño del grupo de entes que la acompañaban, eran dos mujeres y tres hombres, con ella se formaban 3 parejas disimiles, sin ese aire cotidiano que tienen las parejas que mantienen una relación amorosa normal. Ninguno de los varones era feo, ni demasiado atractivo; era el conjunto lo que los hacía llamativos para el sexo opuesto, vestían ropa formal, de buen gusto y cara, tenían modales corteses, eran atentos y sabían reír o escuchar en los momentos precisos. Las mujeres estaban vestidas y maquilladas como se visten las mujeres que salen de casa pensando que se las van a coger. Es decir, se veían impecablemente seguras de si mismas y sexis. Se movían de manera elegante, aunque discreta, como lo hace la mujer que está acostumbrada al poder, a la riqueza o la belleza. Quizá fue esa proyección de mi mismo lo que llamó la atención de ella, la mantis religiosa sobre mi persona. Yo vestía un pantalón negro de sastre, una camisa italiana color blanco y un saco que me caía perfecto de los hombros a la cadera. Mi cara estaba afeitada en las áreas que no ocupaban mi barba de candado y ésta, estaba bien cuidada y recortada, con algunas de mis canas asomando en el bigote y la barbilla, como recordatorio al mundo de mis andares por la vida. Soy de esos hombres que buscan la mirada de una mujer sin miedo, pero sin insistencia, que sabe mirar de reojo y esperar el momento para mover la vista en el segundo preciso para cruzarla con la presa sin que se preste a la percepción de estarla buscando. Así sucedió con aquel primer cruce de espadas, yo la esperaba sin verla frente, aunque nada me había preparado hasta entonces para ese vistazo al abismo de su mirada. Duró segundos, le sonreí con el brillo fulgurante del coqueteo en mis ojos y ella me respondió desviando indiferente el rostro, como diciendo —No te he visto y si lo hice no estoy ni remotamente interesada en ti, mírame si quieres, pero ya tengo un acompañante y no eres tú— solo para volver de nuevo la vista hacia mí al cabo de unos instantes, cuando el tiempo transcurrido podía juzgarse de prudente y que apuesta de por medio, yo debería estar mirando hacia otro lado, para su sorpresa y la de sus demonios del sexo, efectivamente no la miraba directamente, pero estaba al pendiente en la periferia de los movimientos de su cara y la atrapé mirándome descarada y lascivamente. Esta vez me sostuvo la mirada, nos enfrentamos en un reto visual en el que bajaría la mirada el primero que sintiera miedo de que se le escapara el alma por los ojos. Terminamos en empate, un mesero se atravesó para informarles que esa sería la última ronda de bebidas, pues estaban por cerrar.

Con una señal de mano pedí la cuenta a lo lejos al mesero, mientras la traían me levanté para ir al cuarto de caballeros. Habían pasado unos minutos y yo estaba a punto de tomar la puerta para salir del baño, cuando ésta se abrió desde afuera, la dama de rojo no entró por completo, pero me tomó del cuello de la camisa, creí que me besaría o quizá mordería mi cuello, sentí su aliento cálido y con un vaho ligero de alcohol pegando chocando contra mi rostro y su perfume fino colándose hasta el fondo de mi cerebro. La adrenalina se disparó por todo mi cuerpo y cuando sus labios rozaban apenas mi oreja, me susurró misteriosamente: “KM 13, en 20 minutos” y me soltó  la camisa sin esperar respuesta, ni voltear a verme, dejándome desconcertado y  con una erección que me reventaba el pantalón.

Cuando llegué a la mesa me di cuenta que el grupo completo de la mesa de la dama de rojo se había marchado, pagué rápidamente la cuenta y salí al aire tibio de ese verano con un cigarro encendido en una mano y en la otra las llaves que me llevarían a un extraño punto en el mapa.
Manejé sin problemas, la carretera estaba desierta, a esa hora eran pocas las llantas de automóviles que rodaban por el asfalto. En mi cabeza el humo del cigarro se mezclaba con los intentos por encontrarle sentido a aquello. A cien metros, pasando la curva del último tramo del KM 12 vi una extraña formación de autos estacionados en el acotamiento de la carretera. El corazón me dio un brinco en el pecho, pero la necesidad de dilucidar el misterio y también la mezcla de excitación y miedo me llevaron a estacionarme detrás del último coche. Por instinto apagué las luces y me quedé sentado detrás del volante esperando.

Desde mi  privilegiado lugar pude observar dos manos de mujer pegadas al vidrio trasero del coche enfrente de mí y una cabellera castaña alborotada que subía y bajaba a ritmo lento y con placentera cadencia. Sentí entre mis piernas el latigazo del placer voyerista y abrí la ventanilla para escuchar todo lo que fuera posible.  Así como la nariz puede detectar ciertos olores, hay sonidos para los que el oído está especialmente entrenado para captar. Unos gemidos de mujer viajaron por el aire para entrar por mi ventana como si yo estuviera en el otro auto, ella jadeaba excitada y pedía que se lo dieran más duro, que no parara de penetrarla de esa manera. Los gruñidos de una voz masculina se mezclaban con sus gemidos, un hombre estaba sentado por debajo de ella y era el responsable de impulsarla hacia arriba y jalarla por las  caderas hacia abajo, hacia su estaca empapada y despiadada.
Estaba por prender un cigarrillo, más por evitar la tentación de poner las manos en un lugar distinto del volante que por ganas de fumar, cuando al raspar el encendedor para abrir fuego contra el tabaco, alcancé a percibir otros gemidos de mujer más lejanos. De alguno de los autos de más adelante en la línea, otra pareja o trío estaba cogiendo salvaje amparados por la noche. Los sonidos eran inconfundibles y el miedo había cedido por completo su lugar a una intensa excitación. Sentado con mi cigarrillo entre los dedos, me debatía entre seguir siendo espectador o apercibirme en alguno de los automóviles. Pero intuí un código secreto en todo aquello, no había sido invitado para unirme a ellos, sino para ser testigo, no podía ni debía abandonar mi lugar. Me quedé inmóvil escuchando los gemidos, dando chupadas al humo cuando por dentro habría querido estar chupando piel de mujer, si era caliente y húmeda, mucho mejor.

Mi mano derecha soltó el volante, con el pretexto de descansar se posó sobre la palanca de velocidades y en algún momento, cuando  me auxilió a prender otro cigarrillo, terminó reposando por debajo de mi cintura, sobre el bulto que palpitaba con vida propia bajo mi pantalón negro. Con la palma completa mi mano se restregaba contra mi carne por encima de la tela, como quien intenta en vano calmar a un perro salvaje. La puerta del carro al final de la caravana se abrió y de ella salió caminando mortalmente sensual la dama de rojo. Cruzó por enfrente de la defensa delantera de mi coche y se coló por la puerta del copiloto hasta quedar a mi lado. En silencio quitó mi mano derecha de donde estaba, abrió el cierre de mi pantalón y relevó mi mano de su labor con sus labios. Cerré los ojos y me dejé llevar por la intensa y ardiente sensación de estar dentro de una  boca de mujer. Su roce era intenso, pero exacto, calmaba mi necesidad de placer sin prisa y sin forzarme ni por un segundo al punto sin retorno. Su agenda era meticulosa, al cabo de unos instantes, sentí una de sus piernas subiendo por encima de mis muslos y supe de inmediato lo que pasaría a continuación. No hubo tiempo para pensarlo, ni aunque lo hubiera habido habría rechazado lo que venía a continuación. Mi carne inflamada sintió la suavidad de su piel entreabierta y mojada, abrí los ojos en el momento que su boca se prendió a la mía en un beso salvaje con mi propio sabor entre sus labios y el sabor a su saliva con un toque de alcohol. Su lengua penetró mi boca, y mi carne se hundió sin remedio entre la suya.

Lo que siguió a continuación solo mi coche pudo ser testigo, si pudiera hablar les diría cómo su carrocería se movía candentemente de un lado a otro, como la dama de rojo revolvía su cadera sobre mis muslos y se tallaba contra mi bajo vientre, como me chupaba y me absorbía el deseo con sus entrañas de mantis religiosa. Clavó sus uñas en mis hombros y en la espalda, yo le mordí el cuello y por debajo del vestido le encajé las uñas en las nalgas. Fue toma y daca posesivo, orquestado y administrado por mi anfitriona, yo hice mi aportación, pero la mayor parte estuvo a cargo de ella.
Cuando terminamos, besó la base de mi cuello y lo lamió hasta llegar a mi oído, volvió a susurrarme al oído: “KM 23, próxima semana” y se bajó de mi coche para dirigirse a donde se había bajado poco antes de aparecer ante mis ojos. En instantes, como si nos hubieran estado esperando y observando, todos los autos encendieron y tomaron camino.

Desde entonces y cada semana, el punto para la cita va cambiando de lugar. A veces es en plena ciudad, otras veces es a la orilla del mar. Unas veces me toca estar con la dama de rojo y otras veces es otra completa desconocida.



martes, 30 de julio de 2013

Corazones rotos

Corazones rotos


Cansada de llorar se había quedado dormida, con su pecho buscando consuelo contra la almohada y su brazo estirado intentando calentar al fantasma en el lado vacío de la cama.
En el décimo ladrido del teléfono estaba alerta y tan inquieta como si estuvieran aporreando la puerta de entrada, en la pantalla electrónica identificó el número de teléfono y sintió una navaja apuntando a su vientre.

—Bueno, dijo su voz contraída.
Nadie le respondió del otro lado de la línea, solo se escuchaba la voz aguardentosa de Sabina; con una canción que reconoció de inmediato, como si fuera la marcha de los condenados, “Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres”. La navaja presionó contra su estómago, clavándole apenas la punta filosa. El sonido de un vaso de cristal contra una botella y el humo exhalado de un cigarrillo le confirmaron sus sospechas. Está borracho y muy mal. Dios mío, pensó ella.

— ¿Estás bien, Julián? se aventuró a decir.
— No, sin ti nunca puedo estar bien, dijo una voz lastimosa de hombre.
— ¿Cuánto has bebido? le preguntó Mariana, aunque su tono de voz ya le había estimado que varias botellas.
—Lo suficiente para saber que no te merezco, le respondió con un sollozo infantil.
— ¿Qué hiciste, amor? No me digas que te has hecho daño; le preguntó al oírlo sollozar, mientras la punta de la navaja se movió horizontalmente allá abajo, aunque el dolor lo sintió en el pecho.
— Solo me castigué por hacerte sufrir dijo Julián, en un murmullo sin amenazas.

Con horror; recordó la primera vez que encontró en el brazo de Julián decenas de pequeños cortes a medio cicatrizar que se había auto-infligido al día siguiente de su primera confrontación. Había hecho lo que toda mujer haría en su lugar, lo había abrazado y consolado, había arrojado en el piso la indignación de sentirse celada y ofendida sin razón, para llenarlo de besos y asegurarle entre sollozos que lo amaba y no había nada en el mundo que pudiera inducirlo a creer lo contrario. Si Mariana esperaba que se desplomara en sus brazos, que todo fuera miel y dicha a partir de esa declaración de amor, esa idea murió a los pocos instantes de sentir las manos de Julián separándola con brusquedad.

Sus lágrimas se quedaron a medio camino de sus mejillas al ver la mirada de furia con que la observaba. Como un camaleón que transmuta para protegerse de los depredadores; así cambió su actitud en segundos, sistemáticamente la hirió con el desdén de sus ademanes y una frialdad en sus palabras que le desconocía. Negó haberse cortado por ella y le dijo que no necesitaba un amor pintado de lástima. La arrinconó con su ironía, la hizo pedazos atacando sus debilidades, cuando Mariana lloraba silenciosamente, como animal herido, la abrazó con ternura, le pidió perdón por ser un canalla y le hizo el amor como nunca se lo había hecho. La hizo olvidar con besos los malos ratos, con los labios le secó las lágrimas y con sus ganas pegó las grietas en sus entrañas. Cuando abandonó su casa, la dejó más enamorada, confundida y atrapada que nunca.

—Me prometiste que no volverías a hacerlo, le recordó con un hilo de voz.
—No puedo evitarlo, cuando siento que te estoy perdiendo, tomo lo que sea y hago un corte por cada vez que te pido perdón, le respondió lloroso y fundido.
—Te amo; no te dejaré solo, pero necesitas ayuda y vamos a buscarla, dijo acompañándolo en la lluvia salada.
— ¿Quién me va a sacar esta podredumbre del alma? le acotó; solo muerto se sale.

La navaja se hundió dos centímetros en los nervios hechos bola en la cintura de Mariana, temió que Julián cometiera una estupidez mayor. Se maldijo por haberlo dejado solo, por no ser tan fuerte como quisiera y por la sensación de inutilidad con una línea telefónica de por medio. Lo sintió más perdido que nunca y quiso correr hasta donde estaba Julián. Seguramente estaría en la oficina, entre colillas de cigarro amarillentas, con una nube de humo y destrucción sobre su cabeza. En alguna parte de la ciudad; otra mujer estaría preguntándose también en dónde estaba su marido o quizá, lo pensaría trabajando, honrando el voto nupcial de llevar el pan a la casa. ¿Por qué tenía que haberse enamorado de un hombre tan complicado y con una vida hecha?

No era su responsabilidad cuidar del camaleón tóxico y sin embargo; se sentía culpable de su estado. ¡Maldita sea! se dijo, no soy culpable de nada, yo no he hecho otra cosa que quererlo y eso no es para merecer sus llamadas sorpresivas para saber dónde estoy y con quién estoy, ni tengo por qué probarle cada cosa que le digo. Qué vergüenza que me pida que le pase al teléfono a mis amigas para estar seguro que estoy con ellas, como si fuera una niñita o que deba mandarle imágenes de mis pláticas en el chat con X o Y.

¿Con qué derecho se cree para prohibirme la amistad y el trato con tal o cual amigo? ¿Por qué le voy a soportar que me trate como una cualquiera y sus prácticas aberrantes en la cama para castigarme por falsos pecados?

—Ya no quiero vivir; escuchó en el celular interrumpiendo todas sus quejas mentales y olvidándose de todo que no fuera lo inmediato.
— ¡Julián, no digas eso! le rogó Mariana.
—Querías alejarte de mí y te voy a ayudar a cumplirlo, le dijo terminando llamada y empujando con esa frase el filo de la navaja en las entrañas de Mariana.

Lo que siguió después fue como verse en una serie de televisión en Off, se veía a si misma llamando repetidas veces al celular de Julián y al teléfono de la oficina sin recibir respuesta. Desesperada; imaginándolo en un charco de sangre, con la mirada perdida y el corazón apagándose. Estaba tan lejos de él, tan malditamente inservible para ayudar al hombre al que, a pesar de todo, amaba. Tomó el teléfono y marcó a su mejor amiga y vecina de Julián.

— ¿Bueno, quién llama? le respondió la voz somnolienta y rasposa de Mónica.
— Soy yo, Mariana, necesito tu ayuda de inmediato, dijo de forma directa a su adormilada amiga.
— ¿Qué pasa, te hizo algo el estúpido de Julián?
Mónica estaba al tanto de cada detalle tortuoso de ese amorío y se sentía culpable de haberlos presentado, de no haber podido impedir que su mejor amiga y su vecino se enrollaran juntos. Se lo había advertido a Mariana.

—Julián está podrido. Solo vas a recibir besos amargos y dolores en el alma.

Pero Mariana no le hizo caso, se enamoró del camaleón, creyó en sus colores vistosos, sus galanteos, sus momentos poéticos, de sus formas dulces y también de la vorágine sexual que se desataba entre ellos en cada encuentro. Mónica sabía de las escenas de celos, de los maltratos físicos y sicológicos a su amiga. Juntas habían exprimido todos los detalles de cada pelea, habían buscado explicaciones y soluciones hasta el amanecer, hasta quedarse sin cigarros, hasta terminar llorando juntas y cantando con Chávela Vargas o José Alfredo Jiménez de fondo, con café, chocolate o vino tinto como humectantes para la garganta y los recuerdos. Estaba acostumbrada también a que Mariana la despertara a media madrugada, para compartirle el insomnio y consolarla sobre la última hazaña del camaleón.

—Julián se va a matar; le afirmó sin más ni más, me lo acaba de decir en el celular. Ayer terminamos y hace una hora me llamó borracho y en muy mal estado emocional. He tratado de ayudarlo, pero ya sabes que no es fácil, ni tampoco coopera en nada.
—Cálmate, amiga, la consoló. Perro que ladra no muerde.
—Sabes bien que es un perro rabioso y es capaz de hacerse mucho daño si considera en su forma enferma que con eso arregla algo, le confió con las lágrimas corriéndole por las mejillas. Ya no sentía el dolor en el vientre, la navaja hundida hasta el fondo le desgarraba el corazón.
— ¿Qué quieres hacer? preguntó, Mónica. ¿Le hablo a su mujer? aventuró, pensando en una salida fácil.
— ¡No, claro que no podemos hacer eso! resonó un tanto más elevada la voz de Mariana. Ve a su oficina; sácalo de ahí, llévalo a un médico u hospital. Si yo estuviera en la ciudad es lo que haría de inmediato.
— ¡Ay, amiga! exhaló Mónica resignada.

La hora que pasó antes de recibir la llamada de Mónica, se le hizo eterna a una Mariana con el pecho malherido y la mente casi en coma de tanto pensar e imaginar mil cosas. Cada vez que pensaba en llamar a su amiga, se obligaba a detenerse y esperar un poco más, a sabiendas que en cuanto pudiera, Mónica le regresaría la llamada. Angustiada había encendido un cigarrillo tras otro. Dejó de llorar y las sábanas arrugadas en sus pies eran víctimas silenciosas de sus nervios y preocupaciones. Su celular empezó a vibrar y antes que se escuchara el timbre contestó la llamada que más había esperado en su vida.

—Julián se cortó las venas, dijo Mónica, confirmando todos sus temores.
— ¿Está…? dijo Mariana, sin terminar la frase.
—No, llegamos a tiempo; respondió la voz del otro lado del teléfono. Va a estar bien, lo hemos traído a una clínica de confianza. Tan pronto se recupere, recibirá ayuda psicológica. Tranquilízate, hiciste todo lo que estaba en tus manos y no es culpa tuya los tornillos barridos en su cabeza.
—Mil Gracias, corazón; le expresó Mónica, soltando un largo suspiro.

Esa madrugada durmió hasta casi el mediodía, al despertar, su primer impulso fue llamar para conocer el estado de su camaleón.



La otra tú en la gasolinera

La otra tú en la gasolinera

Los observé a ambos en mi camino a la caja de pago. Para entonces, tu novio-marido ya casi estaba terminando de cargar gasolina, callado e inmerso en ese mundo silencioso al que pertenecen muchos hombres como él. En cambio tú, te volaban las palabras a través de los dedos y se te salían las emociones por las ventanas del alma. De vuelta a mi coche, tu mirada y la mía se encontraron por un instante, tú no supiste que ese hombre que escudriñaba tu cara buscándote pecas o lunares era yo, no imaginaste que miraba la pantalla de tu celular buscando los rizos negros de mi avatar y que sonreía para adentro al imaginar todo esto que ahora te escribo y que por paradoja del tiempo virtual, también ahora lees.

Yo supe de inmediato que eras tú, por tu sonrisa privada y coqueta, por la forma que estabas conmigo sin importar de quién estuvieras acompañada. Supe que eras tú, porque casi podía estirar mi mano y tocarte desde la pantalla de tu teléfono móvil y sentirte acá en la tibieza de una mano escritora que le decía hola y adiós a la otra tú.

La manguera empezó a transferir la gasolina de un refugio a otro, haciendo que mirara hacia ella. Tu novio regresó a ocupar su lugar tras el volante y encendió la marcha sin voltear a verte siquiera. Arrancó en segundos, pasando lentamente a un lado de mí y pensando quién sabe en qué. Yo, embelesado de nuevo, te observé tecleando y riendo, estabas ahí a solo treinta centímetros de distancia de tu compañero, pero en realidad estabas conmigo, a solo unos miles de kilómetros de distancia y de un “Te Amo” virtual, pero tan real como esas risas tuyas que pude grabarme en la memoria antes de perderte de vista.

La otra tú se marchó; unos momentos después, lo mismo hice yo. Tan pronto se movieron las llantas de mi automóvil empecé a escribirte en mi mente este relato que ahora lees. Ahora yo estoy, a solo unos miles de kilómetros de distancia de ti, leyéndolo también y sonriéndote tal como tú, la verdadera tú, me sonríes de vuelta.


martes, 21 de mayo de 2013

La oscuridad y el laberinto


La oscuridad y el laberinto

No tuvimos que decirnos mucho, el destino ya nos había escrito antes de sucedernos. Andábamos perdidos y con una extraña ansia de encontrarnos. La hoja huérfana no cuestiona al viento quién es, ni le importa a dónde la lleva, solo se deja arrastrar por él hasta elevarse y perderse en la mirada de lo que deja atrás. Nada le inquieta saberse frágil, entre sus brazos se sabe ave protegida. Tampoco piensa en la inevitable caída, ni en romperse en mil pedazos. En la intuición de su vientre basa la confianza de dejarse llevar por el impulso de volar girando de arriba a abajo en la impetuosidad de su abrazo, a veces caliente, a veces fresco, hasta aterrizar suavemente o estrellarse en algún lado al finalizar el idilio con el viento; quizá con raspones, pero sin una rasgadura de arrepentimiento.
—Me dijo —Qué haríamos, usted en pedazos y yo sin corazón.
Al escucharla, algo se me removió por dentro, sentí una gran piedra que se desprendía en lo alto de mi muralla y se despeñaba en cámara lenta hacia abajo, yo tenía los ojos a prueba de tentaciones, pero la vi con los ojos del alma y caí junto con aquel enorme pedazo de roca. Supe que ella era esa oscuridad en la que podíamos perdernos juntos. Ella era la tentación que estaba esperando el laberinto de mi mente para dejarla entrar sin el trámite del tropiezo.
Oscuridad y laberinto, reunidos por un dios aburrido de la misma historia de Amor, disfrazado de destino, empeñado en tirar los dados cargados de desarmados y desalmadas, sin números rotos ni sueños descosidos.
La oscuridad no puede perderse en el laberinto, lo intuye, lo inunda, le da sentido. La oscuridad se regocija de expandirse libremente por sus pasillos, de apropiarse de las paredes del laberinto y colgarles los cuadros de sus héroes, de pintar las frases de sus autores preferidos, de hallar sus libros favoritos en cualquier rincón y recostarse sobre el piso a disfrutar de leer sobre el pecho cómplice de su nuevo amante, lleno de caminos y ninguna salida sencilla, todas aquellas historias que le llenaron la cabeza de fantasías, de deseos secretos por un hombre, mitad demonio, mitad ángel, envolvente como el pecado y natural como el amor que ahora les brota entre la estocada de una mirada compartida y la carcajada de una broma que solo a ellos envuelve.
El laberinto no puede resistirse a la oscuridad, le ha puesto su nombre a todos sus precipicios y decide lanzarse a sus brazos de dama nocturna. Las grandes pasiones buscan laberintos de ojos bonitos, porque saben que hay amores que arden mejor en la oscuridad. La oscuridad y el laberinto se vuelven una sola pasión. Se reconocen en cada beso. Ella se estremece en su vientre al sentirlo cerca. Él se humedece los dedos para escribir sobre ella, y ella para leerlo, hace lo mismo en lo íntimo de su abrigo. Para el laberinto los ojos de ella fueron todos esos libros en que deambulaba imaginando historias con él de protagonista. La adopta como el sol a la luna que acepta calentar su piel en la distancia. A veces, se desean tanto que esa distancia se vuelve un camino en llamas. No existe laberinto sin oscuridad y la oscuridad solo adquiere sentido cuando puede perderse en lo insondable de alguien más.
Empezamos a recordarnos en las páginas del destino en cada frase pronunciada. Me aclaró que alguien le había robado el corazón equivocado, se había llevado su inocencia envuelta en lágrimas de sangre y había confundido la música que llevaba por dentro con sus latidos. El cobarde había huido creyendo que cargaba con su bomba incansable y en su prisa por alejarse había dejado inalteradas para mi suerte, las dos cosas que más me atraían de ella, su mente de Erato y aquella manera de latir sin corazón.
—El único corazón que puede robarme, es el que tengo entre las piernas —me dijo ella. —ese es el bueno y me late mucho por usted.
Yo no necesitaba más peligros, que la caída de sus ojos, de su ropa y de su boca para saberme tentado. Le propuse escondernos detrás de las letras, en el fondo de las canciones y en los finales de todas las historias de amores errabundos. Inventarnos un mundo nuevo donde podamos borrarnos cada noche y escribirnos al amanecer. Coincidiendo para desnudarnos, poco a poco, despacito, yo escribiendo y ella leyendo. Ella necesitaba un miedo como yo, que le estremeciera el vientre, lo pedía a gritos en la mirada, en las manos y hasta con sus silencios. Necesitaba mis manos para que la escribieran y también para desnudarla no sólo del cuerpo, sino de las partes de su alma que desconocía. Necesitaba mis ojos para que la supieran y mi corazón como guía para encontrar el suyo, perdido en su propia oscuridad de amar.

La sombra de dos desconocidos


La sombra de dos desconocidos

Pienso que me despertó el instinto su mente enferma, esa oscuridad en la sombra de su sombra que sacudía de una forma siniestra mis deseos más abyectos, unas ganas, hasta entonces desconocidas en mí, de lacerar su piel no solo con uñas y dientes, sino con todo tipo de instrumentos tal vez inofensivos en otras manos, pero no en las garras de una bestia que apenas despertaba en mi mente y que se afilaban con solo avistar una piel de vampira como la de ella. Nos encontramos por primera vez una tarde de marzo cuando escurría la luz de un jueves en los pasillos de la universidad donde ella estudiaba y yo impartía clases, nos miramos como se miran dos extraños que se reconocen de alguna otra vida, pero el recuerdo se les escabulle entre miradas furtivas y un escalofrío traicionero que se resbala por la cordillera del deseo. Debajo de mis cejas negras se quedó grabada su boca de luciérnaga sin nombre y entre sus pestañas se quedó impreso el filo imaginado de mi barba arrastrado por sus alas. Nos dijimos todo en un segundo y lo olvidamos de nuevo en el siguiente movimiento del reloj, ella siguió su rumbo desconocido y yo anduve partiéndome en pedazos de cama en cama las siguientes noches.
Pero el destino tiene abismos imposibles de sortear para los seres que se han quedado a deber de todo en otras vidas, una semana después nos encontramos de nuevo en el estacionamiento de la facultad, quise sonreírle y solo me salió una mueca hacia dentro, porque mi boca se quedó pasmada, quizá imaginando el roce tibio contra aquellos labios con promesas de placeres errantes y ella quiso no voltear a verme, pero se le hizo tarde a sus ojos para encontrar en donde perderse, nos sostuvimos la mirada uno al otro sin remedio y esta vez, se escuchó el bramido de nuestras almas al reconocerse de manera definitiva en esa manera legendaria que tienen un hombre y una mujer de comunicarse en silencio, cuando todo en ellos se sincroniza con solo miradas y palabras del cuerpo. Le quité las llaves del coche de su mano y ella se coló hacia el asiento del copiloto saltando por encima del asiento del conductor, fustigando mis ojos con la revelación de la parte trasera de unos muslos de un blanco asesino. Me acomodé al volante y arranqué sin decir nada, para dejarnos tragar por la noche y perdernos en los renglones enredados de nuestro sino. Mi mano alternaba el vuelo entre la palanca de velocidades y el canal que se abría cada vez que mis dedos separaban sus piernas, la tela de su vestido fue la última frontera para mis dedos desvergonzados y exploradores, mi vampira gustaba de volar sin redes ni protecciones de ningún tipo; entre semáforos y altos, me encontré muchas veces con el antónimo de seco, que empapó el viaje y abortó la llegada de cualquier silencio incomodo. Para cuando arribamos a nuestro incierto destino, ya conocía de ella todo lo que me resultaba realmente importante para el resto del camino con los pies descalzos.
Recuerdo que la habitación estaba en penumbras, un cuarto con un número cualquiera, en un hotel sin mayores lujos que la quietud y la complicidad de sus paredes marrones. Entramos sin prisas, como si fuera parte de nuestra rutina encontrarnos con desconocidos todas las noches o desencontrarnos para conocernos cada noche, dejamos las luces en la misma intensidad que estaban a nuestro arribo, ella se alejó hacia la ventana y yo fui en su busca, cazador y presa, intercambiando pasos sobre la alfombra callada. Llegué por detrás, a besarle la espalda entre suave e hiriente con mis labios cálidos y una barba de tres días, ella sintió mi aliento peinando los vellos de su nuca, yo acampé por completo en su cuello, clavando la tibieza de mi boca en esa tierra exquisita que comunica la garganta con la nuca, trazando un círculo imperfecto de jadeos y respiraciones entrecortadas. Sin voltear, ella inclinó la cabeza hacia atrás, como para provocar que mordiera su cuello, pero yo sin caer en su provocación, mojé con saliva hirviente su oreja izquierda, le susurré –vas a ser mía – entonces se la mordí fuerte y la chupé para que se lo confirmaran el borde de mis dientes, mientras mis manos le abrían las páginas del pecho para leerla en braille con mis dedos, las puntas sobre las puntas, la suavidad de unas contra la rugosidad de las otras. A partir de esos instantes, la temperatura en la habitación pegó un brinco mortal, la ciudad desapareció en el alfeizar de la ventana y mi vampira se prendió a mí, con el hambre feroz de 10 siglos, nos besamos con una necesidad insaciable de recorrernos por completo, empezando por el interior de nuestras bocas, a los besos reptantes y las dentelladas salvajes siguieron las caricias descaradas y urgentes, pero acompasadas.
En la habitación empezó a sonar una placentera y acelerada melodía ejecutada magistralmente a cuatro manos y dos bocas, en perfecta sincronía de caricias y recorridos sin límites ni escrúpulos, haciéndonos poquito daño como para cerciorarnos que estábamos por fuera del sueño, escribiendo con saliva y sangre la fantasía de encontrarnos frente a frente después de malvivir alejados tantas vidas. Nos besábamos donde sabíamos instintivamente que se escondía un gemido, nos mordíamos en el lugar exacto donde habitaba atrapado un grito de placer solo esperando ser liberado por la llegada de los dientes, mis dedos no titubeaban, si no que profanaban con el acero tibio de sus movimientos todos sus recovecos de mujer de la noche, calentando cada reducto de piel conquistado, dejándolos oscilando hasta el regreso de mis manos o mis besos. Mi vampira demostró que sus labios errantes sabían encontrar nuevas rutas para brindarme placeres intensos y despiadados, que solo un jalón oportuno en sus cabellos oscuros los interrumpían por agónicos segundos, antes que encontraran otras vetas donde escarbar sin misericordia hasta descubrir sonidos que ignoraban hasta mis propios oídos. Nos desvestimos contra la pared, matándonos uno al otro entre mordidas y caricias inagotables, haciéndonos pedazos con la boca y armándonos de nuevo con la lengua, a cada beso animal con menos ropa y menos calma, disparándonos de esos besos mezcla de amor y odio que solo se comparaban con las zanjas que dejaban sus uñas en mi espalda y las marcas que le imprimían mis dientes en la delicada piel que había estado escondida bajo el vestido.
Nos bebimos la noche en todos los lugares donde llueve el amor y más se encienden las grandes pasiones. Dos rivales extraños que por fin se infligían las heridas que la pasión exige y el cuerpo anhela, dos armas de fuego que jugaban a golpearse, ahorcarse, penetrarse y fundirse en un abrazo húmedo e hirviente, un duelo no mortal, sin otro ganador que el destino de dos amantes escritos uno para el otro. Mi vampira me enseñó al recibirme en su interior, que la frialdad de su piel era una mentira escondida en el color de la nieve y ella aprendió que en la negrura de mis cabellos se agazapaba un ser más oscuro y perverso que ellos, que se asomaba en las ráfagas veloces de unas manos marcadas una y otra vez sobre sus blancos montes tirando a tinto entre espasmos de placer y gritos secos. El juego se volvió una guerra, cada uno buscando el fin del otro, encontrando su propia muerte en un toma y daca del cañón y la bala que se repujan uno al otro hasta que es inevitable la explosión intensa, la dispersión del placer en pequeños disparos que se van sintiendo en todo el cuerpo, hasta llegar con toda su fuerza al alma, al núcleo secreto donde se multiplican todos los placeres físicos.
Agotados, con la misma chispa prendida en la mirada, pero sin haber cruzado una sola palabra, nos tapamos las heridas con la ropa encima, ella tomó sus llaves y abandonó la habitación, yo me quedé tendido en la cama, fumando un cigarro para atrapar en el humo el recuerdo de sus vuelos sobre mi cuello. Al filo de la madrugada, dejé el hotel y me fui en un taxi a recoger mi coche, en el parabrisas estaba un papel con una fecha, una hora y un número de habitación escritos con una letra que albergaba más amenazas que promesas. Firmaba: ”Tu vampira”.

martes, 9 de abril de 2013

Hienas enjauladas



Hienas enjauladas


Ejercicios para calentar la pluma

Había tardes en febrero, en esas horas que la nostalgia se desborda, que los recuerdos —como hienas enjauladas— cavaban zanjas deambulando de un extremo a otro en su memoria, lo que hacía entonces era llevarlos a pasear por la ciudad, agazapados en su gabardina y con la consigna de no hablar, con la intención de alejarlos del viento en su pecera de cemento, enrarecido de tanto suspirar. Eran ocasiones en que sus zapatos se guiaban solos y cuando menos lo esperaba el eco de sus tacones se escuchaba ladrando sobre los descoloridos adoquines de la Bolívar, a paso lento, como buscando en el aire el último aliento de su perfume, su silueta caía a medio metro de las paredes de los viejos edificios pardos de once, de siete y de cinco pisos, algunos carentes de rejas y otros con guardianes de piedra: leones y parejas humanas colgando inmóviles en las alturas, mudos observadores del andar del tiempo y de la humanidad aglomerada, como hormigas andróginas de dos patas. Sumido en el silencio y rodeado de grandes y maltratadas casas verticales con paredes rugosas y de cristales alargados y rectangulares, escondiendo cada uno sus propias penas y dramas, con las manos guardadas y el corazón queriendo escapar por los pulmones, recorría la antigua avenida, sin prestar atención en sus locales de perfumes clonados, las cortinas cerradas de la vieja Palestina ni en la impotente tristeza de una librería cada día más huérfana de lectores que cambiaban la obesidad de los libros por la anorexia gráfica de las revistas ofrecidas en los puestos de periódicos, que forrados de laminas verde militar se camuflaban en la selva de asfalto de la gran Tenochtitlan. Con pasos despreocupados, él iba esquivando los rostros anónimos de transeúntes, vendedores ambulantes y mendigos de espiritualidad y metal, aspirando grandes bocanadas de aire, limpiando sus pulmones del recuerdo de ella. Era entonces que se metía en alguno de los cafés de la Cinco de Mayo o en el Museo de la Cerveza, a emborracharse con el fantasma de sus risas, a fumarse un cigarrillo liado con servilletas y ayeres molidos, se quedaba horas platicando con su fantasma de cabellera oxidada, provocando sus risas translucidas y picando aceitunas para aventarlas al abismo de una garganta imaginaria. Casi para la medianoche se terminaba el hechizo del paseo y los gritos desaforados de los recuerdos se aplacaban hasta volverse un murmullo de grillos conversando en secreto, pagaba la exigua cuenta, bebía el último Martini y abandonaba el local, en su camino de regreso volteaba a las estrellas, saludaba a los leones insomnes de los muros y escrutaba los pisos de cada uno de los edificios, buscando la familiaridad del hogar perdido, sus zapatos caminaban en automático de regreso al silencio y la soledad, de vuelta a su auto exilio de la vida, con los demonios de la melancolía exorcizados, liberados entre suspiros al viento y aceitunas con ginebra. Maldito febrero, chiflaba el viento en las solapas de su gabardina.


Renko

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San Valentines Fugaces


San Valentines Fugaces

Hay Amores tan fugaces que hay que vivirlos como veranos de un solo día, amores como el nuestro que están hechos de humo y espejos rotos. Quizá por eso callamos las cosas que nos recuerdan la volatilidad de amarnos, omitimos hablar de cosas, personas y lugares que con un manoteo pueden desvanecer la voluta de humo en donde nos ocultamos para desgarrarnos la ropa, el corazón y el alma a través del misticismo del firmamento virtual. Entre nosotros no hay pasado por escarbar, no importa el presente que se queda fuera del “nosotros” y definitivamente no habrá más futuro que las hojas arrancadas a un calendario que no nos pertenece por completo. A la crueldad le hemos impuesto un nudo Gordiano en los labios y cuidamos hasta el uso irresponsable de los diminutivos de cariño, nunca me llamarás “esposo mío” ni escucharás que te diga “mi vida”, aquí detrás de la niebla plomada somos y seremos amantes eternos, de esos que matan y nunca mueren. Somos amantes a la antigua, que nacieron en el primer abrazo, sin nombres y sin apellidos, con rostros que nunca envejecen y sonrisas que nunca se apagan, cobardes para matar un Amor de esta vehemencia y demasiado valientes para amarnos a pesar de intuir el color de la madera con que se armará el ataúd de este sueño. Hacemos de cada día un fugaz San Valentín y los regalos más valiosos son la arena de un reloj hecho de suspiros, un ramo de risas digitales y una caja de pequeñas bombas apasionadas que encapsulamos en mensajes. Por instantes, nuestro Amor parece hecho de eslabones de acero, aunque la mayoría del tiempo es frágil, como un castillo de azúcar, que cuidamos de la marea de la cotidianidad que sube y baja queriendo carcomer sus cimientos. Tú me cuidas de tu otra vida, me escondes en una diminuta fortaleza de tu corazón a la que nadie más tiene acceso ni cabida. Yo te cuido de mi sonrisa cínica, de las garras de mi experiencia y de los saltos de mi impulsividad. Ya no sé que tortura es peor, si que no conozcas mi nombre, ni mi rostro o que conozca tu rostro y tu nombre, pero no podamos saciar el deseo de olernos y probarnos hasta la locura uno al otro. No, no todo es distancia, ni siquiera es la villana de la historia, la distancia más grande e imposible es la que nos autoimponemos para no acortar los kilómetros entre nuestros miedos y nuestros deseos, la distancia más grande es el temor a que una vez juntos no podamos separarnos jamás o el recelo instintivo a que destapemos un hoyo negro que se alimente sin fin con nuestras emociones, sentimientos y sensaciones. Nadie imagina el peso de lo que se calla, no hay abismo más oscuro que donde arrojamos las alarmas de incendio, los letreros de peligro y las campanadas de emergencia, todo ello de un amor clandestino y arrebatado que gana terreno titánicamente en un mano a mano contra el imbatible remolino de la realidad. Hay amores con un fin del mundo aplazado entre besos, caricias y gemidos, pero un fin del mundo que llegará implacable antes que permitir el nacimiento de un mundo nuevo.

No tiene importancia dónde vivo, cómo me llamo, ni de qué color es mi cara, lo que realmente es importante es en dónde me habitas, de qué color son las sonrisas que te regalo y cómo me llamarás cada día. Lo que realmente es importante es en quién sueñas y te empapas cada madrugada, quién te hace reír o llorar de la nada y sin motivo aparente. Lo que realmente importa es quienes somos en esos momentos que robamos para hacernos nuestro presente, con esos retazos de fantasía que llamamos “nosotros”.

A pesar de lo que dicte la historia y sin importar hacia donde apunten nuestras huellas, aunque ya no exista un nosotros, aquí en las letras, en el mundo paralelo de la fantasía seguiremos siendo amantes eternos, contigo o sin ti, conmigo o sin mí.


Renko

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martes, 26 de marzo de 2013

A 50 metros del radar

A 50 metros del radar

Apuntes para una novela 

Es una mañana de un jueves, por debajo del volante de su automóvil, talla el pulgar contra el índice de su mano derecha, como fabricando polvo, a ratos presiona el botón de la palanca de cambios como un gatillo imaginario que dispara a botellas de humo en la alfombra del coche, la mayoría de las veces se acaricia una barba imaginaria en el mentón de torpedo que cuelga de su rostro impasible como la respiración de un muerto, esperando, solo esperando. Como cada mañana, ella apareció en su radar visual al cuarto para las nueve. Tres minutos antes, él se preguntaba ¿qué ropa traerá hoy?, ¿hace frío?, quizá elija el abrigo con peluche blanco en las solapas y que la cubre (maldita sea) hasta las rodillas, ojalá que no hiciera frío, que fuera de nuevo primavera o verano para verla en su vestido blanco y volado o en alguno de esos jeans entallados y color cielo enojado. Ella camina con prisa, con esos pasos cortos de pata joven, sus caderas se mueven coquetas de un lado a otro y él, la mira embelesado, la desea, se muerde un labio, frunce el ceño para centrarla con los binoculares en los que se convierten las cuencas de sus ojos, ella camina más aprisa, no sabe si por culpa del reloj o por esa sensación incómoda que la recorre justo 50 metros antes de llegar a la parada del colectivo. Él sabe que ella es puntual como el sol, le toma 3 minutos recorrer la distancia que abarca el radio de su mirada, otros 5 minutos para verla subir al colectivo y 24 horas para verla de nuevo en el mismo lugar. La codicia nace de lo que vemos todos los días, leyó o escuchó en algún lado, no hay duda alguna que él la ha mirado demasiado y ahora la codicia en cada parpadeo.

Son demasiados retazos de solo 3 minutos, pensó un mes antes, son demasiadas fantasías y ninguna realidad. La distancia física le hace daño, la distancia entre su vida y la suya lo lastima más, se talla la barba invisible de su mejilla derecha y mira de nuevo el papel entre sus manos, le concede el uso de una casa de renta por un año y está a solo 1 hora de la ciudad, le tomó tiempo encontrarla, pero no tanto como decidirse a buscarla. Si tan solo las cosas no hubieran tenido que ser así, si tan solo ella hubiera accedido a ser conocidos, a saludarse de vez en cuando y poco a poco volverse amigos y quizá algún día algo más, pero lo rechazó en todos sus intentos y ahora tendrá que cargar con las consecuencias de sus irreflexivas negativas. Se guarda el papel y revisa mentalmente una vez más el plan. Las mañanas son un mal horario para la maldad, ha elegido la noche, cuando sabe que ella sale de la universidad donde toma clases por las tardes. La improvisación es para lo que tienen ganas que los atrapen antes de disfrutar el fruto de sus esfuerzos, durante un mes ha espiado su rutina de la universidad a la casa, ahora sabe cuáles días la recoge el novio (ese bastardo maldito), el tercero en 2 años de silencioso asedio, conoce la ruta que sigue para salir caminando de la escuela para abordar el colectivo y sabe la visibilidad y movimiento de gente que hay cada noche entre la bajada y las 5 cuadras que la separan de su casa. Ha rentado una van color blanco y le ha puesto unos engomados falsos de un negocio del que ha visto que sus unidades pululan por toda la ciudad sin que a nadie le importe un segundo de su tiempo para verlas, ha conseguido un buen narcótico que ha probado con gatos y perros, sea ha asegurado que sea rápido y sin efectos secundarios, en el interior de la camioneta está todo dispuesto para inmovilizarla para el viaje, cubrirla de miradas indiscretas y hacerle cómodo el traslado a su nueva morada.

Son las 7 de la noche, es un jueves, eso significa noche de billar para el novio y sus amigos, él sabe que ninguno de ellos saldrá de ahí antes de la medianoche, el novio, probablemente medio borracho le llame a ella para despertarla y decirle que la quiere y el resto de las bobadas que dicen los hombres como él. En los próximos 10 minutos ella aparecerá en su radar, hoy trae su abrigo plomizo con motas negras, y una bolsa de mano grande del mismo tono, tal como la recuerda de esa mañana, como la recuerda del mediodía y de hace 20 minutos que la observó subirse al colectivo verde con franjas cremas con destino a casa. Él ha recorrido la misma distancia en la mitad del tiempo y ahora la espera con la seguridad que da la anticipación. La banqueta está despejada, la van blanca está estacionada a un lado de un árbol que ofrece cierta complicidad para sus planes, ha calculado todo, deberá tomarle 20 segundos tapar su boca con el narcótico y arrastrarla hacia la puerta abierta de la van blanca, cerrar la puerta a su espalda e inmovilizarla en 30 segundos más, apostarse en el asiento del conductor, para luego conducir, conducir y conducir a la gloria. Hasta la música tiene preparada y sonríe, cualquier otro hombre estaría nervioso, pero no él, los nervios son para los inseguros, él está confiado en su plan, lo ha repasado infinidad de veces, hoy no hay luna, hace un frío endemoniado y las calles están desoladas, el calor está entre las paredes, no en sus 50 metros de radar a la intemperie. Al fin la mira aparecer, su rostro está más pálido por el viento helado, las manos metidas en el abrigo, la capucha del abrigo le llega hasta mitad de la frente y mira hacia el suelo, como si entre las grietas del concreto pudiera rascar un poco de calor con sus pasos cortos y rápidos para llevarlo al resto del cuerpo. De pronto siente que le tapan la boca, quiere gritar y un trapo aguardentoso se le mete entre los labios secos, la tela sabe amarga como el ácido de una pila vieja, siente que su cuerpo ya no le responde igual, se siente arrastrada y recostada en algo acolchonado sin poderlo evitar, voltea hacia arriba y entonces lo mira a él, directo a los ojos, lo identifica en el momento justo que la sorpresa cruza por sus ojos y la consciencia se escapa de su mente. La puerta está cerrada y afuera solo se escuchan, el choque de unos cables de electricidad producido por el viento frío de esa noche, el sonido a lo lejos del movimiento de los carros y una inmensa soledad para la chica que duerme en el piso de una camioneta anónima. Ahora empiezan la pesadilla y el sueño, respectivamente para sus ocupantes.

Renko

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El espejo retrovisor

El espejo retrovisor

El primero en sorprenderse ante la descabellada idea fue el tipo que lo observaba desde el espejo retrovisor, muy parecido, sino idéntico, a ese que era antes de abrirle la puerta a… a eso; aún no sabía bien a bien que era, ni sabía si existía un adjetivo que lo dibujara en su mente pero sin darle vida, sin apretarle las costillas hasta hacerle pasa el corazón. Sentía en la columna vertebral y en las pelotas el miedo a darle cuerda a la idea, dejarla deslizarse hasta lo más profundo de un abismo en el que se encontraría a otra versión de si mismo, pero más retorcida y que la usaría para escalar hacia la superficie; en verdad lo asustaba todo eso. Se dio cuenta que no podía olvidarla, pero tampoco podía evitarla, ahí estaba el pensamiento diminuto como ajonjolí, echando raíces en la tierra de las fantasías, acechando en la parte más oscura de su conciencia como un francotirador anónimo en un rascacielos, como un asesino despiadado esperando que su victima pisara medio metro sin luz para dejarle caer encima todo el peso de su sombra y hundirle el cuchillo que transforma a un hombre normal en un depravado.

Era un mediodía normal, los rayos del sol pegaban en la ventana del chofer y lo obligaban a traer la visera abajo, volteada hacia el sol. Él iba manejando su viejo cacharro color tinto oxidado, tan sucio por fuera como por dentro, tan sucio por todos lados como ahora se sentía a si mismo. En el aparato de sonido se reproducía “Nebraska”, una canción de El Jefe Springteen, cuando la vio parada a unos cuantos metros del semáforo donde ahora hacían alto todos los coches. Era una mujer sin mayor atractivo que ser mujer, chaparrita, morenita y medio gordita, con un vestido entallado a mitad de los muslos, hablaba por un celular y masticaba chicle. En cualquier otro momento habría pasado casi inadvertida, pero no en aquel, no para él. Ni siquiera volteó a verlo, ella ni se enteró de la avalancha de sombras que se desató en uno de los muchos hombres detrás de un volante que voltearon a verla, como perros olfateando a su alrededor por si les llegaba el olor de un buen hueso o una buena perra en celo. ¿Quién era esa mujer? ¿Era solo una mujer anónima que hablaba por teléfono con una amiga o algún galán anónimo ella y con el cabello relamido en gel mientras esperaba el colectivo? ¿Era acaso una prostituta que estaba haciendo stop en esa esquina, esperando unos cuantos billetes para guardar en la cartera sudada que portaba en la otra mano? ¿Era solo un pretexto para que por fin se despertara un monstruo que ni siquiera sabía que dormía bajo su piel? Todo eso lo pensó justo antes que cambiara su luz y justo antes que sintiera una punzada entre las piernas, tan solo un chispazo sin llegar a flama, un poco de sangre bombeada a medio gas hasta su entrepierna.

Por un momento pasó por su mente dejarse llevar, ¡pero no!, no quería materializarlo, pero era una idea que cayó en su cabeza así, como un rayo en la apacibilidad de un pueblo abandonado, inevitable y silenciosa si no había nadie que certificara el ruido de la caída. ¿Qué se sentiría ponerlo en su boca, pegado a sus labios cerrados y luego abiertos?, quizá al principio, flácido y adormilado. ¿Cómo sería la sensación de sentir una boca distinta a la ya tan conocida boca de su esposa? Quizá sentiría en la lengua de la mujer la misma frescura del chicle que masticaba sin descanso. ¿Sería acaso caliente, rasposa y con la turbia humedad de la cavidad prohibida? ¿O sería helada y sin lo que se necesita para provocar el despertar del animal? Ahí estaba ya, lo había pensado para si mismo y ya no había marcha atrás. ¿Sentiría algún tipo de asco por el olor a sudor del mediodía y aroma a perfume, seguramente, barato de la gordita? ¿O por el contrario, cerraría los ojos y se rendiría al placer infinito de que se lo chupara con la pericia lenta y medida de una puta que sabe retribuir con justicia cada peso cobrado. ¿Se vendría rápido o por el contrario notaría como, al encontrar desconocidas las caricias, se le escondería el orgasmo detrás de su indignada conciencia, como duro castigo por sucumbir al placer de la carne dentro de la carne? ¿Cómo sería el pago? ¿Cuánto costaría que se lo chuparan hasta que se le derramarán las ganas? ¿Se lo bebería, la mujer, todo, sin hacer gestos y luego seguiría masticando su chicle ahora con sabor a esperma y menta? ¿O abriría la puerta para escupirlo en el pavimento? ¿Diría algo o se limitaría a tomar su dinero y regresar a la esquina a esperar el siguiente cliente? ¿Se lo chuparía sin lavarse la boca? ¿El habría sido el primero, justo al empezar su puta jornada? ¿O era uno del medio y por lo tanto, en su miembro estarían ya las células del orgasmo de otro macho?

Luego pensó en su esposa, si ésta sería capaz de detectar, aún días después de su descarrilamiento, el sabor de otra saliva o el sabor a traición en el esperma que por segundos almacenaría una vez más en su boca. ¿Le miraría a los ojos mientras lo chupaba, como tratando de adivinar qué era lo que encontraba diferente en su carne inflamada o desecharía la idea y seguiría chupando con los ojos cerrados pero la mente inquieta sin saber por qué? ¿Lo dejaría a medio orgasmo al percatarse que ese miembro ya no le era exclusivo y correría a vomitar al baño? ¿O lo mordería con furia hasta dejarle un dolor tan grande como su tristeza, como su ego de mujer malquerida? ¿Haría maletas y tomaría los niños para irse a refugiar bajo el techo paterno? ¿O las maletas que haría, serían las de él, con montones ropa apretujados por la prisa y por la ira? ¿Y si se colaba a los diarios, como esos famosos que los atrapan con la bragueta abajo y las ganas dentro de una puta? ¿Lo correrían de su trabajo por depravado o se convertiría en algún tipo de apestado para hombres y mujeres? Secretamente admirado por unos y tal vez deseado y a la vez repudiado con sentimientos encontrados por aquellas mismas mujeres que hasta entonces lo había ignorado. Dio vuelta en una manzana, a dos cuadras se apreciaba la silueta larga de 12 pisos donde estaba su hogar, su mundo y su futuro.

Volvió a pensar en la boca de la gordita, en el labial gastado y la piel quemada de sus labios medianos, volvió a preguntarse si valdría la pena meterse en esa boca, deslizarse en esa lengua desconocida. Se preguntó si después de morder la manzana prohibida, le surgirían deseos de dar otro tipo de mordidas, de meterse en otro tipo de lugares prohibidos, de darle rienda suelta a otro tipo de fantasías, de dejarle abierta la puerta a un monstruo que llevaría su mismo nombre, pero que no sería el mismo hombre que miraba en el espejo del baño cada mañana antes de ir al trabajo, el mismo padre de familia, normal y urbano, que se despedía de su esposa y de sus hijos 6 días a la semana.

Mientras ponía la palanca de velocidades en “P”, jalaba el freno de mano y apagaba la marcha del coche, volteó lentamente hacia el espejo retrovisor. Sin importar las respuestas a todas sus inquietudes, se dio cuenta, con sorpresa y horror, que ya no estaba en el espejo el hombre que había visto en ese mismo espejo cuando hacía alto en el semáforo unas horas atrás y una gordita masticaba chicle, con un celular de teclas gastadas al oído; se percató que en el espejo, ahora lo miraban los ojos del monstruo en el que se había convertido.

Renko

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martes, 12 de febrero de 2013

La Ventana


A ti, que te asomas por el balcón de los sueños y aprovechas los rayos de la luna para recibir en secreto mis besos camuflados en su luz. A ti, que te he prohibido conocer mi nombre para que el Amor no traicione a tu lengua y se delate así el olor a mar de tus suspiros. A ti te escribo, con los mismos hilos plomados de mi alma, que unas veces enredas y otras más los estiras hasta permitirles mezclarse de ilusiones con el estambre terso y desnudo de tu alma de mujer enamorada. Te escribo con letras aladas, porque no podemos matar la distancia de otra manera, porque por cada kilómetro de suelo, hay un año luz de cielos oscuros y nostálgicos, con montañas y escoyos formados de nubarrones grises que solo mis letras y las tuyas son capaces de sobrevolar. Le dejo por ello a mi pluma, el arrojo mágico de abrir una ventana con vista al parque soleado y siempre inhabitado donde a veces caminamos tomados de la mano, ese recodo imaginario de árboles cómplices y bancas de azul prohibido, donde somos dos locos que flotan a 5 centímetros de un suelo pardo que no permite se impriman jamás las huellas irresponsables de los enamorados. Un lugar nuestro que tiene por siempre el clima templado de los últimos días de la primavera para que lo recorramos sin abrigo y con pisadas alegres y confiadas que no necesitan saber por anticipado lo que les espera en cada una de las vueltas de la vida.

Ahora que se lo he compartido a los ojos de tu imaginación, mira por esa ventana, mira más allá de tus sueños, más allá de la larga cortina que colgaba entre tú y yo. Quizá me creíste lejos, un amor imposible y por tanto confinado por las paredes de tus sueños, un amor unilateral que a nadie hacía daño y sin más futuro que el alcance de tus pensamientos encargados inocentemente a la lealtad del papel. Quizá no te esperabas que la fuerza de ese amor contenido horadara sus propios muros, que usara el papel de avión y se hiciera con todas tus palabras una angosta y serpenteante vereda de humo que condujera directo al patio trasero de mis párpados. Ahora puedes comprobar que este amor se quitó el peso de lo irremediable, puedes observar por esta ventana lo que han hecho posibles esas noches de insomnio en tu cama, esas letras coquetas en tu libreta y esas imágenes tomadas con la cámara olvidada de una cultura que desapareció del planeta hace cientos de años. Mira por ese cristal hacia mis sueños, los tiernos y los salvajes, los áridos y los empapados, de los que te hago responsable; mira por detrás de la tela roja que cubre mis sentimientos y mis deseos, la misma que has descorrido con tu inocencia y encanto. No sabes cuántas veces mis labios han cruzado en sueños el puente de pecas de tu nariz, no sabes cuántas veces he andado por ese camino de pequeños soles que calientan desde muy lejos mi piel de lobo huérfano, trocitos de sol que provocan que las huellas de mi sombra apunten a cada instante hacia a el ombligo celeste donde vives. A través de esta ventana hecha de letras puedes saberlo, pero solo un poco y eso te salva, porque el todo necesita de la piel y no del papel para sentirse por completo; porque el todo necesita la cercanía y solo nos quedan las letras para hacer trazos en carboncillo en nuestras mentes de nuestros cuerpos haciendo el Amor, para darle vida y movimiento a esto que no tiene nombre científico, pues se desprende de lo arcano, de lo que solo la música y los besos pueden abarcar pero no marcar de conocido.

No me pidas que olvide que existes, no ahora que lo he comprobado, no ahora que nos hemos sacado uno al otro de la tierra de lo imposible, no ahora que has sido expulsada de la matriz de los ángeles y has caído en el corazón de la noche, en el corazón de un hombre sin nombre, en la maravillosa ironía, que siendo ángel, provocas que deje sin fuego el infierno cada vez que te deseo. No te exijas olvidarme, porque algún día, vendrá el olvido y nos reclamará no haber dejado recuerdos escondidos para volver a sonreír al encontrarlos sin provocarlos siquiera. Quiero que algún día, seamos ese aroma que nos arrastra a ojos cerrados a ese parque de suelo pardo y huellas invisibles.

Renko

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martes, 29 de enero de 2013

Amén

El problema con las ausencias es que la vida las aprovecha para poner las ideas en su lugar. Usted es un encanto de mujer y se merece un amor a los 4 vientos y a mí, a mí solo me quedan amores agazapados en la oscuridad, que se viven en unas cuantas horas que se le roban a la realidad. Amores que no pueden ser eternos, ni perfectos a los ojos de la gente normal. Pasiones que se viven y se matan en callejones y en paredes que no saben hablar, que no pueden gritar como nosotros que los usamos de cortina y colchón para nuestro Amor.

Tengo un corazón desarmado en pedazos, que ya no puede reconstruirse en uno solo, amo diferente con cada trozo, en cada uno habita un sol que calienta distinto y tiene a un universo exclusivo para su candor. Usted se merece un corazón con un sol que la caliente en exclusivo. Usted es de las que necesitan, merecen, buscan y no se conforman con menos que un Amor que sea solo para usted las 24 horas. A mí solo me quedan años de 3 meses, meses de 1 semana y semanas de 2 días.

El problema con los hombres de alma vieja —como yo —y su torcido respeto por las cosas etéreas y perfectas, es que no saben aprovecharse de ellas; no lo hacen jamás, si no han de darse en la misma medida que se les acepta y se les entregan.

Reconozco que por momentos me siento de nuevo atraído por la intensa gravidez de ser el sol que calienta y alimenta la tierra de sus fantasías. Pero la fuerza en contra de la certeza que lo que ofrezco no es suficiente, regresa. Un pedazo de fantasía no crea un astro en el firmamento, un pedazo de ilusión no le será suficiente, ni ahora, ni después, ni siquiera en el terreno amplio de sus sueños.
Indiscutible es la certeza que lo que usted me ofrece es demasiado, que no podría acabármelo en mis amores infinitos de dos horas, indiscutible es también la idea que ese todo pequeño que somos, solo podría volverse demasiado, tan grande que no lo podríamos contener, mucho menos controlar y condicionar a días de 2 horas. Un hoyo negro de emociones, pasiones, amores y momentos robados que terminaría por hacerle más daño que el recuerdo bonito y triste que tendrá de lo que hasta ahora ha pasado.

Dejemos el espacio al sol y la luna, sigamos siendo árbol y viento; yo soy el aire que le despeina las ramas al pasar a su lado y usted es el árbol que no me espera, pero tampoco puede evitarme cuando llego. Amén.

Amén – Leonard Cohen

Renko

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martes, 15 de enero de 2013

El espejo retrovisor

El espejo retrovisor
El primero en sorprenderse ante la descabellada idea fue el tipo que lo observaba desde el espejo retrovisor, muy parecido, sino idéntico, a ese que era antes de abrirle la puerta a… a eso; aún no sabía bien a bien que era, ni sabía si existía un adjetivo que lo dibujara en su mente pero sin darle vida, sin apretarle las costillas hasta hacerle pasa el corazón. Sentía en la columna vertebral y en las pelotas el miedo a darle cuerda a la idea, dejarla deslizarse hasta lo más profundo de un abismo en el que se encontraría a otra versión de si mismo, pero más retorcida y que la usaría para escalar hacia la superficie; en verdad lo asustaba todo eso. Se dio cuenta que no podía olvidarla, pero tampoco podía evitarla, ahí estaba el pensamiento diminuto como ajonjolí, echando raíces en la tierra de las fantasías, acechando en la parte más oscura de su conciencia como un francotirador anónimo en un rascacielos, como un asesino despiadado esperando que su victima pisara medio metro sin luz para dejarle caer encima todo el peso de su sombra y hundirle el cuchillo que transforma a un hombre normal en un depravado.

Era un mediodía normal, los rayos del sol pegaban en la ventana del chofer y lo obligaban a traer la visera abajo, volteada hacia el sol. Él iba manejando su viejo cacharro color tinto oxidado, tan sucio por fuera como por dentro, tan sucio por todos lados como ahora se sentía a si mismo. En el aparato de sonido se reproducía “Nebraska”, una canción de El Jefe Springteen, cuando la vio parada a unos cuantos metros del semáforo donde ahora hacían alto todos los coches. Era una mujer sin mayor atractivo que ser mujer, chaparrita, morenita y medio gordita, con un vestido entallado a mitad de los muslos, hablaba por un celular y masticaba chicle. En cualquier otro momento habría pasado casi inadvertida, pero no en aquel, no para él. Ni siquiera volteó a verlo, ella ni se enteró de la avalancha de sombras que se desató en uno de los muchos hombres detrás de un volante que voltearon a verla, como perros olfateando a su alrededor por si les llegaba el olor de un buen hueso o una buena perra en celo. ¿Quién era esa mujer? ¿Era solo una mujer anónima que hablaba por teléfono con una amiga o algún galán anónimo ella y con el cabello relamido en gel mientras esperaba el colectivo? ¿Era acaso una prostituta que estaba haciendo stop en esa esquina, esperando unos cuantos billetes para guardar en la cartera sudada que portaba en la otra mano? ¿Era solo un pretexto para que por fin se despertara un monstruo que ni siquiera sabía que dormía bajo su piel? Todo eso lo pensó justo antes que cambiara su luz y justo antes que sintiera una punzada entre las piernas, tan solo un chispazo sin llegar a flama, un poco de sangre bombeada a medio gas hasta su entrepierna.

Por un momento pasó por su mente dejarse llevar, ¡pero no!, no quería materializarlo, pero era una idea que cayó en su cabeza así, como un rayo en la apacibilidad de un pueblo abandonado, inevitable y silenciosa si no había nadie que certificara el ruido de la caída. ¿Qué se sentiría ponerlo en su boca, pegado a sus labios cerrados y luego abiertos?, quizá al principio, flácido y adormilado. ¿Cómo sería la sensación de sentir una boca distinta a la ya tan conocida boca de su esposa? Quizá sentiría en la lengua de la mujer la misma frescura del chicle que masticaba sin descanso. ¿Sería acaso caliente, rasposa y con la turbia humedad de la cavidad prohibida? ¿O sería helada y sin lo que se necesita para provocar el despertar del animal? Ahí estaba ya, lo había pensado para si mismo y ya no había marcha atrás. ¿Sentiría algún tipo de asco por el olor a sudor del mediodía y aroma a perfume, seguramente, barato de la gordita? ¿O por el contrario, cerraría los ojos y se rendiría al placer infinito de que se lo chupara con la pericia lenta y medida de una puta que sabe retribuir con justicia cada peso cobrado. ¿Se vendría rápido o por el contrario notaría como, al encontrar desconocidas las caricias, se le escondería el orgasmo detrás de su indignada conciencia, como duro castigo por sucumbir al placer de la carne dentro de la carne? ¿Cómo sería el pago? ¿Cuánto costaría que se lo chuparan hasta que se le derramarán las ganas? ¿Se lo bebería, la mujer, todo, sin hacer gestos y luego seguiría masticando su chicle ahora con sabor a esperma y menta? ¿O abriría la puerta para escupirlo en el pavimento? ¿Diría algo o se limitaría a tomar su dinero y regresar a la esquina a esperar el siguiente cliente? ¿Se lo chuparía sin lavarse la boca? ¿El habría sido el primero, justo al empezar su puta jornada? ¿O era uno del medio y por lo tanto, en su miembro estarían ya las células del orgasmo de otro macho?

Luego pensó en su esposa, si ésta sería capaz de detectar, aún días después de su descarrilamiento, el sabor de otra saliva o el sabor a traición en el esperma que por segundos almacenaría una vez más en su boca. ¿Le miraría a los ojos mientras lo chupaba, como tratando de adivinar qué era lo que encontraba diferente en su carne inflamada o desecharía la idea y seguiría chupando con los ojos cerrados pero la mente inquieta sin saber por qué? ¿Lo dejaría a medio orgasmo al percatarse que ese miembro ya no le era exclusivo y correría a vomitar al baño? ¿O lo mordería con furia hasta dejarle un dolor tan grande como su tristeza, como su ego de mujer malquerida? ¿Haría maletas y tomaría los niños para irse a refugiar bajo el techo paterno? ¿O las maletas que haría, serían las de él, con montones ropa apretujados por la prisa y por la ira? ¿Y si se colaba a los diarios, como esos famosos que los atrapan con la bragueta abajo y las ganas dentro de una puta? ¿Lo correrían de su trabajo por depravado o se convertiría en algún tipo de apestado para hombres y mujeres? Secretamente admirado por unos y tal vez deseado y a la vez repudiado con sentimientos encontrados por aquellas mismas mujeres que hasta entonces lo había ignorado. Dio vuelta en una manzana, a dos cuadras se apreciaba la silueta larga de 12 pisos donde estaba su hogar, su mundo y su futuro.

Volvió a pensar en la boca de la gordita, en el labial gastado y la piel quemada de sus labios medianos, volvió a preguntarse si valdría la pena meterse en esa boca, deslizarse en esa lengua desconocida. Se preguntó si después de morder la manzana prohibida, le surgirían deseos de dar otro tipo de mordidas, de meterse en otro tipo de lugares prohibidos, de darle rienda suelta a otro tipo de fantasías, de dejarle abierta la puerta a un monstruo que llevaría su mismo nombre, pero que no sería el mismo hombre que miraba en el espejo del baño cada mañana antes de ir al trabajo, el mismo padre de familia, normal y urbano, que se despedía de su esposa y de sus hijos 6 días a la semana.

Mientras ponía la palanca de velocidades en “P”, jalaba el freno de mano y apagaba la marcha del coche, volteó lentamente hacia el espejo retrovisor. Sin importar las respuestas a todas sus inquietudes, se dio cuenta, con sorpresa y horror, que ya no estaba en el espejo el hombre que había visto en ese mismo espejo cuando hacía alto en el semáforo unas horas atrás y una gordita masticaba chicle, con un celular de teclas gastadas al oído; se percató que en el espejo, ahora lo miraban los ojos del monstruo en el que se había convertido.

Renko

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martes, 18 de diciembre de 2012

Vamos a inventarnos un cuerpo

Vamos a inventarnos un cuerpo

Vamos a leernos versos
hasta que la piel despierte.
Vamos a rasparnos las rodillas
hasta que las ganas se agoten.

Vamos a leernos las cicatrices
hasta que el amor regrese.
Vamos a cogernos sin miedo
hasta que se nos acabe el cuerpo,
o nos enamoremos; lo que pase primero.

Vamos a bebernos la mirada
hasta que la sed se expanda.
Vamos a curarnos las heridas
que otros nos hicieron.

Vamos a conocernos a oscuras
hasta que haya réplicas de tu piel
y de mi piel en nuestras mentes,
hasta que encuentres tu nombre
en mis lugares secretos,
hasta que escriba mi nombre
en tus lunares sin historia.

Vamos a contarnos las plumas
y usarlas para volar lejos;
para alcanzar eso que inventamos
con suspiros, ganas y versos.

Renko

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martes, 20 de noviembre de 2012

Brindis de dos amigos


“Brindis de dos Amigos”


—Amigo, desde que la vi caminar, debí saber que era un peligro. No volveré a olvidarme del sonido de sus pasos, aunque ya no camine hacia mí.

—Recuerdo las huellas de su lápiz labial, recuerdo las huellas de su tinta al mojar. Desde que la vi caminar, debí saber que era un peligro, amigo.

—Bien me lo decía el brincoteo acelerado en el pecho: esa mujer, rompe corazones, ropa y en especial a un hombre derecho.

—Me gustó su coqueteo, me gustó ese lienzo llamado cuerpo. Le dediqué cada verso para que fuera devuelto en forma de beso. Ella no es una mujer, y no te miento, porque una verdadera mujer, no juega con ese sentimiento.

—Quizá no jugó conmigo, sólo lo hizo con la ilusión que podíamos ser perpetuos, que en su boca, pedazo de granada, había una promesa a mi nombre firmada.

—Todo acabo siendo un juego, un juego donde las cenizas dejaron de ser fuego. Sólo queda su recuerdo, sus ojos, su risa y su aliento en forma de viento.

—Me quedaron cientos de besos que no murieron contra la pared, decenas de mordidas que no se encerraron en su piel maldita; maldita porque ya no es mía y yo sigo siendo suyo.

—A veces tengo fe de que volverá, a veces tengo sed de que se vendrá, y otras veces, sólo me pongo a llorar. Amigo, desde que la vi caminar, debí saber que era un suicidio.

—Quiero olvidar su nombre, pero no puedo olvidar sus gemidos. ¿Cómo olvidarle, amigo? si aún galopa en mis venas. Muero un poco cada noche sin ella y solo el amanecer me consuela, nace de nuevo la luz de la esperanza de verla entrar con su caminadito de hembra coqueta.

—Te daría consuelo, pero no puedo al compartir tu duelo, que en su momento estaba lleno de celo. Hoy, amigo, con este recuerdo que me mata por dentro, brindo por los mismos sentimientos.

—Una copa más y corro a buscarla, que sea esta la última de esta noche en su recuerdo, si me ves que enturbio la mirada, no es dolor, es que el vino y su nombre se me van rápido a los ojos. ¡Salud amigo!

Imagen tomada de sakkarah.blogia.com


Por Arkady Renko y Pepe Aguilar Alcántara

@ArkRenko y @PepeAA