martes, 7 de agosto de 2012

Ensayo sobre lo profundamente humano*


Hay dos formas de ver la vida:
 una es creer que no existen milagros,
la otra es creer que todo es un milagro.
Albert Einstein

I
En una ciudad cualquiera, en una avenida cualquiera, en un bar cualquiera, Nina y el Doctor Martin comparten un par de cervezas. No nos llama particularmente la atención: hay otros tantos individuos haciendo exactamente lo mismo; no obstante, esta peculiar pareja de un maestro y su alumna podrían ser sujetos de un experimento social del cual, sin saberlo ellos ni quererlo nosotros, es imposible sustraerse.
Sucede que así, sentados juntos después de cerca de un año de no verse, los ha encontrado la casualidad. Casualmente, el Doctor Martin está de visita en esta ciudad, como lo ha estado frecuentemente en otras desde hace más de 20 años. Casualmente, su vieja alumna de la facultad, que ahora da sus primeros pasos como maestra, se enteró de su visita y se ofreció a servirle de compañía durante su estancia. Casualmente, la primera clase del profesor invitado  terminó bastante tarde, y fieles al espíritu bohemio que a veces acompaña a los académicos, aquel bar todavía abierto les extendió una silenciosa e inescapable invitación. Casualmente, la cerveza estaba buenísima. Casualmente, la plática les resultaba a ambos deliciosa. Casualmente, es bueno reencontrarse de vez en cuando.
En virtud de la naturaleza experimental de este encuentro, sería una afrenta dejarle todo a la casualidad. Aristóteles no nos dejará mentir. Salvo Dios, todo es efecto de una causa. Ocurrió pues que la pierna de Nina rozó la de su entrañable mentor, quien sentado a su lado sintió algo moverse en su interior. Nina retiró la pierna con la sorpresa que le provoca a un niño tocar por primera vez un gato, pero lo disimuló porque, hemos dicho, la plática era deliciosa y no ameritaba interrumpirla por un descuido así. Aquél algo que se movió en el Doctor Martin, respondió al instante ante este alejamiento, y le provocó estirar la mano para, gentilmente, regresar la pierna de Nina a la posición en la que la cercanía ofrecía a ambos un cierto grado de certeza. 
Salieron del bar un rato más tarde, con la nota jovial y reconfortante que proporciona el alcohol cuando en justa medida se comparte. Caminaron tomados de la mano un rato, y sus pies los llevaron alegremente a la pequeña habitación de aquel hotel de medio pelo en el que la universidad había hospedado al Profesor. Intercambiaron un par de frases y posteriormente, otros intercambios más amables, pero infinitamente menos casuales que las circunstancias de su encuentro, tuvieron lugar.
Tendida boca arriba sobre la cama, Nina no para de reír. El Doctor Martin, quien la mira a su lado, extiende la mano para acariciarle la cara. Ella le devuelve la caricia y le sonríe; luego se levanta y se acomoda la cabellera alborotada. Se dispone a marcharse. Él la acompaña de vuelta a su auto. Se dicen adiós, aunque saben que se verán al día siguiente.
En efecto, al día siguiente se vuelven a ver. El afamado profesor dicta su cátedra como tantas otras veces, y como tantas otras Nina lo escucha con interés, lo cuestiona de vez en vez, toma notas y presta toda su atención. El Doctor Martin termina su clase y se despide de Nina, como muchas veces antes. Él se va a atender los compromisos propios de un académico invitado, y Nina sencillamente se da la vuelta y vuelve a su cubículo.
Aristóteles insiste en las causas. Sin embargo, cabría preguntarse: ¿Por qué un movimiento, casi infantil e involuntario, de la pierna de Nina, desencadenó todo aquello?
II
Sentada frente a su computadora, Nina se hace muchas preguntas. No se trata de las preguntas filosóficas de todos los días, se dice ella, sino de la vida. Sencillamente no puede evitar resentir el aire de aquí-no-pasó-nada-sigamos-como-si-nada, cuando ella, apelando a la razón, que es lo único que le queda, hace su mejor esfuerzo para poner buena cara y fingir que no se siente mareada, atormentada, culpable y hasta malvada.
Mareada, claro, porque todo fue tan repentino. No es posible que algo tan inocente como un roce casual provoque todo aquello. Atormentada porque, desde luego, se siente sólo como subtexto. Culpable porque tal vez sí fue culpa suya. ¿No se le atribuyen todos los males al pecado original provocado con alevosía y ventaja por las mujeres? Malvada, porque sí: lo disfrutó, y sería imposible exigirle que no lo hiciera.
Nina hace esto y aquello y se marcha. Está molesta. Se siente estúpida. Y está convencida de que su estupidez radica no en el hecho mismo de haberse rendido a las insinuaciones de su profesor. Después de todo, él se rindió a las suyas. Su estupidez la encuentra en un profundo sentimiento de que a él le da exactamente lo mismo.
Lo que Nina insiste en ignorar es que dos personas, ante un mismo hecho concreto, siempre se enfrentarán a los límites de la interpretación, límites que, sobra decir, no siempre son compartidos.


III
La definición más sencilla de subtexto, según distintos medios en los que podemos consultarla, es que se trata del contenido de un texto que no está explicito, y que sin embargo se da por entendido. La vida diaria está llena de subtextos: cuando Nina pide a sus alumnos “la reseña del libro”, no sólo da por supuesto que saben qué reseña y qué libro, sino también que saben cuántas cuartillas, el formato del escrito y el peso que dicho encargo tiene sobre su nota final. Asimismo, cuando Nina se sienta frente a la televisión a ver por enésima vez Casablanca, ella sabe que se trata de un filme sobre la Segunda Guerra, sabe que es una historia de amor y sabe que, invariablemente, necesitará un pañuelo antes de que termine.
Lo que Nina no sabe es cómo ser subtexto.
Podemos entenderlo así. El español hace una cómoda diferenciación entre ser y estar. Se puede ser una mujer, y se puede al mismo tiempo estar frente al televisor. Se puede ser una mujer y estar en un bar con un antiguo maestro. Se puede ser una mujer y estar rozándole la pierna. Pero en ningún caso esos estados modifican su ser.
Cuando alguien se convierte en subtexto, altera todo su ser. Su existencia misma se trastoca, porque ya no está en función de sí mismo, de las cosas que lo definen, sino que se hace dependiente de un texto más general, en cuyo seno encuentra acomodo y ajuste, dimensiona su sentido y le da un carácter casi ajeno a su ser. Una persona que es subtexto, desaparece entre las líneas de una realidad que ella misma ayudó a construir.
IV
El Doctor Martin ha regresado a la habitación en donde apenas hace un par de días enredaba sus brazos en torno a las caderas de su antigua discípula. No puede admitir que fuera su favorita: tantos alumnos pueblan las aulas de vez en vez, que sería ridículo admitir que en veintitantos años no ha habido otros con tanto más talento y hasta incluso más encanto. Sin embargo, Nina le provocaba un poco más. Si bien la mantenía como una lejana fantasía, la circunstancia de su encuentro materializó una realidad particular que, en esencia, fue lo que fue.
El Doctor Martin, que hace su mejor esfuerzo por ser terriblemente kantiano, entiende que aquello fue lo que fue. En esencia, fue un momento en el que él y Nina experimentaron, disfrutaron y hasta allí. No hay motivo alguno para buscar algo más allá. En esencia, al margen de ese momento, Nina seguirá siendo su amiga y su alumna.
Y pese a ello, el Doctor Martin está molesto. Le remuerde la conciencia. Pasó lo que pasó y punto, ¿no es cierto?
No es cierto. Pero eso lo ignora el Doctor Martin, quién después de su última clase como profesor visitante, se ha encontrado de nuevo con Nina. Tras un fuerte intercambio de opiniones, está de vuelta en su cuarto, dispuesto a pasar la noche pensando un poco menos en lo sucedido, antes de subirse a un avión y retornar a la comodidad de su vida.
V
—¿Qué piensas de todo esto? Es decir, y haciendo un esfuerzo para evitar el dramatismo, ¿qué piensas que pasó el otro día?— pregunta Nina. Su mentor sencillamente la mira a través del vapor de una taza de café que huele delicioso.
—También he estado tratando de buscar una explicación, — le responde, suponiendo que esto dará pie al drama que su alumna pretende evitar, — tal vez fue un total error, una total falta de ética como profesor, un abuso de mi parte, — da un trago al café mientras la mira fruncir el entrecejo en un adorable gesto rayano en la duda, — o tal vez sólo fue un momento muy bonito e intenso —.
—O sea que para ti fue lo que fue —, responde ella, con un dejo de rencor en la voz.
—Bueno, Nina —, razona el Doctor Martin —, no podemos negar que ambos estuvimos de acuerdo y que hasta inconscientemente dimos pauta para que sucediera —.
Nina arquea una ceja, gesto que irremediablemente indica desaprobación.
—Sin embargo no han inventado condones para no querer a alguien cuando te toma de la mano — ironiza ella.
—No entiendo — le responde un ya molesto Doctor Martin, — ¿qué es lo que quieres? —.
—Quiero entender por qué, porque no puedo entender por qué queriéndote tanto, y queriéndome como me quiero, acabamos así —.
— ¿”Acabamos”? es un tanto pesimista —. El Doctor Martin la mira levantarse de la silla, — espero seguir siendo tu amigo, y tu mentor— aventura él mientras la mira partir.
La única cosa peor que ser subtexto, es enfrentarse a la persona con quien hemos creado el  texto que nos da sentido, y verse totalmente incapacitado para poner en palabras lo que nos sucede. Nina se rinde al intento, por eso se levanta y se marcha. El Doctor Martin, que por momentos se siente sumergido en el universo kafkiano del absurdo, la deja marcharse a su pesar.


VI
Hay un acto profundamente humano que ocurre cuando dos personas se entregan al acto físico del amor. Su humanidad radica en el hecho de que algo ocurre dentro de nosotros, nos mueve y nos conmueve, y provoca que nos falten las palabras. Más correctamente: provoca que el lenguaje de las cosas no nos alcance para explicar atinadamente lo que nos está pasando, y por la misma causa, sólo hacer el intento de explicarlo lo pervierte, lo tergiversa, lo llena de insignificancia.
Para Nina, el acto del amor implica conocer al otro. Sentir las manos del otro recorriéndole la piel, escuchar la respiración acelerada y el latir agitado de su corazón, ver el cuerpo ajeno posicionarse sobre el propio, degustar el sabor de otra boca, oler un perfume inconfundible que invariablemente le deja una marca en la piel.
Para el Doctor Martin, el acto del amor implica entender al otro. Cuando Nina acercó la cara hacia la suya, ya no hubo duda alguna en su cabeza de lo que estaba a punto de ocurrir. En el momento en que la sintió colgada de su cuello, arrancándole la ropa, le quedó claro que esa mujer no era para nada la muchacha ingenua que había conocido hacía años. Instantes después de levantarla en vilo, con la fuerza de un toro, y apretarse contra ella, supo que necesariamente tenía que ser suya.
Mientras yacen acostados en la cama, uno junto de la otra, aquel acto profundamente humano permanece intacto. Sólo durante esos breves instantes, su limpieza, su pureza, su humanidad, se mantienen ajenos al reino de los hombres, que habita en las palabras. Cuando Nina y el Doctor Martin, cada uno por su cuenta, en soledad, se tratan de explicar lo sucedido, el hecho en sí se esfuma, se convierte en un mar de palabras que no alcanzan a definir su esencia. Pierde toda simpleza y, naturalmente, se complejiza.
VII
El malestar del Doctor Martin se debe a su empeño de pensar que ha ejercido su voluntad, y el resultado ha sido catastrófico. Fue su voluntad, porque su mano no se movió por sí misma: a él le apeteció sentir la pierna de Nina junto a la suya. El resultado se le antoja catastrófico porque no puede evitar atribuirlo más que a una debilidad de carácter.
Entendamos al Doctor Martin. Lo bueno y lo malo son adjetivos ajenos a todo excepto a la acción humana. El hecho de acostarse con Nina no es por sí mismo ni bueno ni malo; su cualidad moral se encuentra en quien ha realizado el acto, en quien ejerciendo su libre voluntad decide actuar. Si la voluntad se rinde a los sentidos, nuestros actos dejan de ser libres y por tanto, presas de ellos, nos entregamos a la maldad.
Si el Doctor Martin no la hubiera encontrado particularmente guapa, particularmente atractiva, particularmente dispuesta, su voluntad se habría mantenido imperturbable. Habría actuado con sensatez y no la habría tomado de la mano. Habría sabido, al menos, cuándo detenerse.
El malestar del Doctor Martin viene de la certidumbre de que alguien como él tendría que haber sabido que todo esto pasaría, a partir del hecho concreto de acostarse con Nina. Lo que no imagina el Doctor Martin es que mientras su alma se atormenta, Nina, que es cuerpo y alma, no lo juzga a él, sino a la certeza de que ambos fueron protagonistas, capaces por partes iguales, de sentirlo con la misma intensidad.
VIII
La comprensión es el único milagro que atestiguamos todos los días, y sin embargo nos resistimos a participar de él justo cuando es fundamental para mantenernos encarrilados en nuestras vidas.
Es milagroso, pues, que cuando la pierna de Nina rozó al Doctor Martin, la reacción de este y el reacomodo de sus cuerpos dijera algo a ambos. Hemos dicho que les dio certeza, si bien ni siquiera ellos podrían decir certeza de qué. Es también un milagro que al tomarse de la mano compartieran el mismo horizonte de sentido: ser dos personas profundamente compenetradas, fundamentalmente atraídas.
Cuando nos resistimos a participar de su misterio, la comprensión se nos escapa. Por eso, cuando el Doctor Martin pregunta “¿Qué es lo que quieres?”, entiende una cosa muy distinta, ajena a la preocupación de Nina. Y cuando ésta estalla con un “acabamos así”, la molestia del profesor acaba por aniquilar toda posibilidad de comprensión, toda esperanza de comunión de sentido.
La racionalidad que el Doctor Martin quiere encontrar en Nina va más o menos así. A es B, o A no es B. Esto da fundamento a la sociedad tanto como a la ciencia. Si un hombre y una mujer concurren en la situación de Nina y el Doctor Martin, lógicamente son o no son. No sólo lógicamente, sino también socialmente. Son novios o no lo son. Son amantes o no lo son. Son matrimonio o no lo son. No hay una tercera opción lógicamente viable ni socialmente posible. Por eso es evidente que cuando el profesor pregunta “¿Qué es lo que quieres?”, espera el drama que exige la definición. La situación debería, lógicamente, tener un sentido, una finalidad.
En cambio, la racionalidad que Nina adivina en su antiguo maestro está más bien ligada a la apreciación del momento singular, en el contexto más general del respeto que, supone ella, le tiene él. Cuando el Doctor Martin admite que todo fue un error, Nina ve derrumbarse toda su dignidad (pareciera que ella estuvo allí, haciéndole el amor, pero no que ella era en ese momento singular), ve exterminada toda la posibilidad de que su maestro la conozca. Nina es entonces subtexto, ligado al hecho concreto de que se fue a la cama con su mentor.
IX
Llueve a cántaros. Desde la ventana de su cubículo, Nina observa las gruesas gotas de lluvia y el recuerdo del agua helada sobre su piel la estremece. Pese al hecho singular de haberse acostado con él, el Doctor Martin es su maestro. Es un gran amigo. Es alguien a quien ella quiere tener en su vida. Mira el reloj. Poco antes de las ocho de la noche se lanza a la calle. Sabe que, dentro de poco, el Doctor Martin se habrá marchado, y a menos que algo ocurra, ella sabe que será para siempre.
Llueve a cántaros. Desde la ventana de su habitación, el Doctor Martin mira la lluvia y comprende que algo decisivo ha pasado entre él y su entrañable alumna. Poco después de las ocho de la noche, Nina toca a su puerta.
Desde su más profundo deseo de entender a esa mujer, el Doctor Martin le dice: “Mereces un hombre que te quiera, te cuide, te comprenda y te apoye. No puedo partirme en mil pedazos”.
Desde su más intenso deseo de ser conocida por su maestro, Nina responde: “Lo entiendo. Y a pesar de que te habla una mujer un poquito enamorada, nunca te he pedido ni te pediría nada por el estilo”.
Determinar si la teoría explica la vida, o si la vida se ajusta a la teoría con éxito, es tremendamente difícil. Esto lo saben Nina y el Doctor Martin. En ello se les va la vida misma. Lo que es innegable es que el punto de vista de la gente, sea este desesperadamente aristotélico como Nina, o terriblemente kantiano como el Doctor Martin, acaba por desvelar la verdad. Y aunque paradójico, la desocultación tiene lugar sólo en la sinceridad del lenguaje.
Sólo adentrándonos en el intercambio de pensamientos somos capaces de superar a la teoría y vivir la vida.
X
En una ciudad cualquiera, en una avenida cualquiera, en un bar cualquiera, Nina y el Doctor Martin comparten un par de cervezas. Como burlándose, Nietzsche atestigua el eterno retorno de lo mismo: como un año atrás, cuando el pequeño experimento dio inicio, todo se repetirá. Las piernas compartiendo el mutuo calor bajo la mesa. Las manos entrelazadas. Los cuerpos rendidos sobre la cama.
Pese a Nietzsche, el experimento parece superado. Nina puede o no acostarse con el Doctor Martin si quiere, pero ya no es sólo un producto de la casualidad. Es y se reconoce como parte del ser de Nina. Y el Doctor Martin puede llevársela a la cama con la plena certeza de que ambos están en la misma página.
¿Por qué un movimiento, casi infantil e involuntario, de la pierna de Nina, desencadenó todo aquello?
Porque aquello que en nosotros es profundamente humano siempre estará por encima de toda determinación, de toda racionalidad, de todo intento de categorización. Es, finalmente, lo que en cada intento de revelarlo se estropea, pero nos mantiene permanentemente intentando revelarlo. 

CallCenter



En ese entonces yo trabajaba para un call center que se encontraba justo enfrente de la universidad. El call center daba apoyo técnico a clientes que tenían algún problema con el internet. Entraba a trabajar a las 3 de la tarde y salía poco después de las 9. Era un buen trabajo, monótono, aburrido, redimido los viernes que era el día en que pagaban. El único detalle era que a veces te llamaban bastante molestos los clientes y era una empresa hija del outsourcing: había que cuidar el trabajo.
Un día recibí una de esas llamadas que realmente te arruinan la semana entera. Era una señora agria que solicitaba solución a el problema de una conexión intermitente, se le iba el servicio ocasionalmente cada 5 o 15 minutos. Le indiqué que tenía que revisar la conexión física de los cables…
-    Ya lo chequé todo. Todo está bien conectado. TODO ESTÁ BIEN…
Es difícil encontrar a un optimista tan convencido. Me hubiese gustado replicar:
-    Pero no tiene conexión en el domicilio. ALGO ESTÁ MAL.

Pero no me gustaba arruinarle las buenas expectativas a un cliente que el menor disgusto podría provocarle una subida tipo Empire State en la presión.

-    Okey, haremos esto, mandaremos una referencia sobre la queja abierta y podemos dej…
-    ¿Otro reporte? ¡No quiero otro reporte! ¡No esperaré otras 72 horas hábiles!
Aparte de ser extremadamente optimista. Era extremadamente firme en sus convicciones. Los extremos son malos. Normalmente cualquier persona podría simplemente mandar una referencia al sistema para que validen la situación del cliente. Cualquier persona que tiene sindicato, claro.
-    Mire se sigue dando la atención a su reporte se ha hecho trabajo desde la central y al parecer ya debió de quedar resuelto el problema. Por eso le pido revisar una vez más las conexiones físicas, me lo piden mis superiores…
-    Ya te dije que todo está bien conectado y no pienso volver a ver los cables. Pásame a un supervisor.
Ya estaba. Lo mejor del trabajo era ser supervisor. No tenías que estar en tu puesto de trabajo, no recibías llamadas más bien llamabas a otros departamentos para que hicieran tu trabajo o solicitar que cerraran alguna queja o ticket que tenía diez días y no había sido atendido para que pudieran abrir un nuevo ticket el cual estaría otro diez días sin atender. No sé si en otros call-centers los supervisores tomaban llamadas o se le ofrecía al cliente ser atendido por uno. Pero por regla general nuestros supervisores eludían las llamadas. Alguna vez corrieron a una compañera por dejar esperando en la línea a un cliente: había solicitado un supervisor y ella le comentó que no podía atenderle un supervisor. Se enteraron los de muy arriba hubo investigaciones y cuando preguntaron a los supervisores por qué no había alguien que atendiera al cliente de la chava respondieron que ahí estaban todos pero que ella no les había solicitado apoyo. Lo cual es genial primero te creas fama de que no debes de tener contacto directo con el cliente y después arrojan a un empleado a la calle por no solicitarte apoyo pues saben que no lo van a brindar.
-    Siento decirle que no hay supervisores de momento disponibles…
-    Yo espero, esperaré.
Deje el micrófono en silencio. Me quité la diadema. Apoyé la espalda en el respaldo. Solo deje vagar la mirada por las ventanas, entre las nubes.
Aún faltaban seis horas para salir.

Raziel Lupercio
@rzlxl 

TRASCENDER


Mi madre siempre mencionaba el asunto con recriminación hacia mi abuela paterna: al parecer estuve a punto de no contarlo y hubieron de llevarme al hospital por un cólico bestial originado por un atracón de chorizo. No era apropiado darle eso a un niño tan pequeño -decían. No tengo conciencia del episodio, pero siempre que me llega el aroma de los chorizos caseros, de esos que ya a duras penas logro ver, siempre me acuerdo de mi abuela. -¿Qué quieres, Neno? –me decía cada vez que entraba a su casa, que estaba a la vuelta de la mía. Siempre tenía pan de “masa floja” y su textura nada tenía que ver con el que se consumía en casa. De masa dura. Y diferente panadería. Sólo su olor, mezclado con el del queso, era suficiente para alucinar mis sentidos.
Solía escaparme a su casa a la hora del almuerzo. Mi abuela siempre fue generosa. Al menos con la comida lo hacía patente. Sus potajes de habichuelas blancas terminaron por conquistarme como ella mejor sabía hacer: con el estómago. Quizás sea eso lo que me haga repetir con frecuencia que en la única cosa para la que soy “conservador” es para las comidas. Las viejas comidas. Las que llamo las comidas de las abuelas. Quizás porque formaban parte de un ritmo de vida diferente en el que el tiempo invertido en hacer de comer era tan importante como el empleado en degustar lo cocinado. Cuando alguien tomaba conciencia del incomparable sabor del ali-oli que ella hacía, por ejemplo, le pedía la receta. Todo el que lo pretendía recibía por respuesta un pote bien colmado de su ali-oli. Pero de cómo lo hacía, del toque final: el silencio por respuesta. Sus recetas se las llevó consigo.
No lo he dicho, pero mi abuela era rara. Entre sus rarezas estaba también no pisar jamás un cementerio. Ni un hospital. Tengo aún fresca en mi memoria, a pesar de los años transcurridos, la imagen de mi abuelo en la cama del hospital preguntándome por ella. Está en casa –le dije. Dile que venga –me pidió. ¡Antonio! –dijo sacándole de su sopor. Sin mover un solo músculo de su cuerpo estirado boca arriba con la sábana cubierto, sus brazos en paralelo a su longitud, la miró mientras le decía: “ya no nos vamos a ver mas…“ Ella, en silencio y doblada hacía él para escucharle, le cogió las manos mientras posaba un beso suave en su boca al que él correspondía. Fue la única y la última vez que les pude ver besándose. Y más que la imagen de verlos así, nueva para mí, fueron las palabras de mi abuelo las que, pellizcándome el alma, hicieran que las lágrimas, incontenibles, corrieran por mis mejillas. Llevaban juntos desde los 17 y 20 años.
Con el tiempo, leyendo La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende, unas palabras colocadas en boca de uno de sus personajes me harían tomar conciencia de algo que, no por obvio, había caído en ello: “ …la muerte no existe. La gente sólo muere realmente cuando se la olvida…” Comprendí entonces que los que ya no están, siguen con nosotros de alguna manera. Es tan fácil visualizar sus gestos, escuchar sus palabras, sus voces, sus ademanes. En nuestra memoria están fijados retazos concretos de percepciones tan únicas como personales. Siguen ahí. Cobrando vida, no sólo cuando les soñamos, sino cuando les pensamos. Y permanecerán vivos en la medida en que vivos estemos nosotros. Somos, su última oportunidad. Del mismo modo que los otros son nuestra propia oportunidad. ¿Quizás sea esa una de las claves que están en nuestro subconsciente: la de trascender, la de pervivir en la memoria de los demás como forma de burlar la muerte? A lo mejor, es lo que en el fondo buscamos los que gustamos de escribir: trascender.
 
                                                                                                                                 ©narbona
 
@narboneando
 

La Sagrada Certeza




La Sagrada Certeza
Para Alejandra Montenegro

En la inmensidad del caos me entrego a ti sin épocas, sin espacios, sin tiempos, sin razones, sin caminos. Perdido a la deriva de un sentimiento roto, divago enamorado en la sed de tu mirada, ahogando lo que un niño llamaría “miedo”.
Te siento tan dentro de mí que me falta el aire. Te pienso tanto que me estoy volviendo loco. Mis amigos saben de ti como aquella alma gemela que cambió mi visual.
Ya no soy el mismo de antes, ahora soy el mismo de siempre. Soy yo. Sin harapos ni antifaces. Sin risas de más ni ademanes de menos. Soy yo. Incluso la vida no es la misma. Ahora veo todo más cambiante, y mis razones se fueron volando en los desaires del amor.
Eres la culpable de mis pecados aún no cometidos. Te pido disculpas si no llegué antes, estaba ocupado empeñándome en ser mejor persona para ti. El pasado es una anécdota y está bien recordarlo, e incluso contarlo, pero morar allí es insano. Ya nada es lo mismo.
Antes pensaba que el amor se construía, ahora pienso que el amor nos construye. Nosotros sólo debemos obedecer a esa certeza sagrada, de lo contrario acabamos destruidos, atrapados en ese hogar llamado ego, que no es, sino, un albergue en la carretera.
Yo estoy feliz. Me entregué a ti sin la menor vacilación, sin la mayor razón. Me tardé en encontrarte porque te buscaba con la mirada, extraviado no sabía que debía hacerlo con la intuición, que no es otra cosa que la brújula del alma.
Amor mío, gracias por llegar. Gracias por vivir la vida como si fuera la única y la última. Gracias por no aceptar la vida tal y como es, y por deambular feliz entre la duda y la verdad. Gracias por poner tu corazón en mi mano, y permitirme cuidarlo bajo la soberanía de mi niñez. Gracias por permitirte descansar en mi pecho, y por permitirme formular teorías mientras dibujo tu cuerpo con la novicia de mis manos. Gracias por reír, por amar al prójimo de manera desinteresada. Allí radica uno de mis mayores aprendizajes.
Hoy me permito caminar tranquilo. Pensar en el futuro como nuestro cobijo, y vivir el presente como una aventura efímera, sabiendo que tomados de la mano contaremos amaneceres, ocasos, estrellas fugaces y palíndromos. Hoy me permito sentarme en una roca a reflexionar, para luego crear un mundo a nuestra manera, a vuestra manera.
El amor es una certeza. Una certeza sagrada, por ello, si el amor se pensara, escribiría ensayos, no poemas. Yo no comprendo, siento. Siento que tú y yo dejaremos el mundo mejor de cómo lo tomamos. Siento que al leer estas palabras me pensarás mientras te pienso. Insisto, eso se llama; una certeza sagrada.

René Valdés Morales
@Renealonzo 

Pasó



Pasó al paso del aire tu respiro incandescente por encima de mi ropa, entre el ruido y la sinfonía llegó tu voz que calla y grita a la vez, tus ojos que se mueven al unísono de las agujas del reloj.

Pasó al paso del tiempo tu sonrisa inmarchitable que florece, pasó muy a lo lejos de mí tu sombra que abrazo en silencio, tu voz que beso en las noches.

Pasó al paso del agua los acordes una fotografía que quiere ser tomada, yo río porque tu sonríes, de ríos está hecha tu voz, ríos que desembocan en el mar, el mar que tiene en su tachadura el desfile de tus manos.

Pasó al paso del camino las ganas insaciables de abrazar los brazos del mundo, que eres tú. Y que por mundo habitas en todos los lugares aun cuando los lugares están vacíos de ti y llenos de tu silueta.

Pasó al paso de la noche el camino sin retorno de una historia que se quiebra entre rincones, pasó tu cielo frente a mis ojos y me uní al silencio del sol para besarte la piel con sus llamas.



Giu pironi
@Gpironi

Soy de los que acostumbran...

    Soy de los que acostumbran leer los silencios. Irremediablemente leo lo que quiero. Irremediablemente me mata lo que leo. Es que me dejo llevar por las historias que invento. Historias que no creo. Historias que creo tan reales como las huellas que dejan los dedos. Y el silencio, el silencio es un árbol rastrero. Uno de esos árboles que puedes encontrar en refranes viejos.
    Cuando un árbol no me deja ver el bosque, derribo el árbol. Luego derribo el bosque. Ahí la semilla de mi hoguera. Ahí la voz del fuego.
    A veces creo que todas las cosas están hechas de fuego.
    A veces me tomo demasiado en serio los sueños.
    Tengo un sueño recurrente. En el sueño quemo el mundo. En el mundo duermo, en una cama de cenizas con los labios manchados en una sonrisa de fuego. Y el humo, insistiendo. Arañando las paredes. Masticando los recuerdos. Encendiendo un pucho, convidándome luego.
   Soy de los que fuman cuando leen. Por eso mis páginas están manchadas de cenizas, igual que mis dedos. No sé si los dedos mancharon las páginas o las páginas mancharon los dedos. Sólo sé que las manchas están, quiera o no verlo. También sé que al final siempre me rindo ante la sombra de mi cuervo. Me rindo de la única forma que sé hacerlo, encendiendo un cigarrillo negro, dando media vuelta, dando una vuelta entera al cigarrillo entre los dedos. Porque yo no dibujo sonrisas. Yo dejo todo en cenizas, sonriendo.


                        Rubén Ochoa

Enamoramiento 2.0 (DosPuntoCero)


Apareció la luna y miré tus ojos cafés como el chocolate que tomé esta mañana.
Que cosa tan más bonita cuando la luz de tus ojos ilumina lo que ves. Quise refugiarme en tus brazos pero terminé perdido en ellos. Tus ojos volvieron a mirarme y en ellos encontré lo que estaba buscando desde hace mucho, cuando otros ojos cafés robaron mis sueños y mi cariño eterno. Pero al verte de nuevo siento que ya formas parte de mí, como si las horas pasaran y tú y yo nos mantuviéramos jóvenes como aquél día de invierno en el que te conocí.
Bajaste las estrellas y las pusiste a mi lado. Bajaste las nubes y reconstruiste mi pasado. Tú, siendo mayor, comprendes que la vida puede ser no fácil pero luchas y sigues peleando por ella. Bajaste la luna y le dijiste que sí me quieres.
“Yo ya no puedo sin su amor vivir” pensé.
Tus labios besaron los míos y nos fuimos de este mundo, nos largamos y llegamos donde nadie jamás había llegado.
Llegó el viento y nos llevó a lo más visitado; nos llevó a donde todos buscan; donde  ven lo que ya fue visto y se vuelven para ver por última vez. Ahí es donde fuimos los dos, buscando lo buscado, viendo lo ya visto y  escuchando lo escuchando.
Regresamos por el río verde y llegamos otra vez a tu cuarto donde toqué esta tarde para decirte que lo nuestro no puede ser, tú con la tranquilidad que admiro me dijiste que sí podía ser, que lo ibas a demostrar.
Y así pasaron muchos días, semanas y siglos demostrándome que ambos somos uno y que este enamoramiento es solo el puro juego de la imaginación.


David Ruiz

@Emi_Nerd


@Emi_Nerd

Una playa vacía


Una playa vacía, la tarde cae azul y roja con furia sobre el horizonte, la arena juega entre sus dedos, las olas del mar callan al futuro.

Otra vez quedo dormido, sin recuerdo de ese momento perturbable, en el que ella me da la espalda, en el cual el horizonte sostiene su futuro, sin lugar para un sentido opuesto.

El roce de su mano, el pelo jugando con la brisa, la noche que llega, su sabor a sal, la oscuridad, sus labios a punto de abrir el universo.

No puedo alejarme de la culpa, del latir tortuoso de mi piel, la culpa, este cúmulo de grietas que dan forma a su nombre, y que hacen de esta espera una sombra que me apresa.

Aquel beso, su beso. Las olas casi alcanzando nuestros pies, sin tiempo, infinitos, silencio, dejando hablar a nuestra piel.

Lo desolado que me siento se refleja en todos los espacios que ocupa mi mirada, es extraño, los lugares se repiten, la caída es una sensación inconmensurable, atrayente, hipnótica, uno no descubre que dejó de caer hasta que lo demás se ha detenido, mantiene la espera de la coyuntura que permita levantar los escombros.

Susurros, gemidos, arena y al fondo el amanecer que amenaza con despertarnos, traernos la realidad como lluvia, constante, fría, triste.

Hallé rastros de un fantasma, se ha vuelto común encontrar muestras de una ausencia mientras la melancolía cava y hace más profundo este despertar perpetuo, incluso hubo un temblor, son comunes en toda excavación, eso quiero creer, por tanto mantengo seguro el miedo a quedar atrapado.

El sol hizo que nuestras manos se separaran, ese era el acuerdo, en el puerto ella tenía quién la esperara. No había tiempo para lágrimas y subimos al barco. La luz, su luz, era triste intensidad.

Mis manos están mojadas, la desesperación es una llama, uno se mantiene consciente, es doloroso, el sudor va inundando cada parte del vacío, un espacio que descubre lo infinito, una agonía recurrente, la muerte, una quimera, el camino invisible que nos lleva a pensar en la multiplicidad de las decisiones pasadas, dejando su forma en un desierto, un espejismo que doblega y corrompe el desasosiego.

El barco, sus pasos, la agitada agua que se transforma en sus huellas, huellas que no sigo. Un adiós sin mirar, su silueta ondeando con el viento, un lejano te quiero y de repente el silencio, negro, un negro sangre como el agua agitada tras sus pasos.

Julio Muñoz & Ronald Dávila 




El hombre y el mosquito


El Hombre y El Mosquito


De repente para de escribir sobre el teclado y se queda quieto, en silencio, sus ojos bien abiertos miran la pared fijamente, se concentra en lo que escucha no en lo que ve, más allá de su mirada hay un sonido que acaba de pasar de largo por su cabeza, cerca de su oreja deteniendo todo su mundo, creando una grieta en esa habitación.

Se levanta lentamente sin hacer ruido, la vista sigue el sonido, sonido que penetra en sus oídos y le corta la respiración. Parado, en medio de la habitación comienza a ponerse nervioso, le oye pero no le ve hasta que un imperceptible movimiento es captado por su ojo derecho y dirige la mirada directamente hacia su presa. El mosquito está ahí con su danza hipnótica e irregular. Lanza rápidamente las manos y da una palmada. Le ha matado. ¿Si? Abre las manos y nada, ahí no está el mosquito.

─ ¿Le habré matado?

El silencio se apodera de la habitación, aguanta la respiración y nada, no se escucha nada, vuelve a su cómoda silla blanca y se sienta sin estar completamente relajado, sabe que puede haberle matado pero no confía en su suerte. Sigue escribiendo.

Otro ruido. ¿Será el mosquito? ¿El mismo? ¿Uno diferente?

Vuelta a la misma rutina. Silencio, se levanta, observa, él es el cazador, el mosquito es la  presa molesta. Le ha costado mucho vivir solo, con la paz que añoraba como para ser molestado por tan infame insecto. A él le gusta la calma, las cosas a su tiempo, el silencio, no le gustan las mascotas, ni los vecinos, ni la gente, él no tiene que soportar el asedio que hace ese mosquito sobre su cuerpo. Le es molesto su ruido, su presencia, ese temor invisible a que de alguna forma se pose en su cuerpo y sin que se entere invada su espacio y atraviese su piel, esa situación le perturba y por eso sigue observando con los oídos bien abiertos.

Camina de un lado a otro de la habitación sin encontrarlo, sin dar con él, comienza a ponerse nervioso, suda, la respiración comienza a ser acelerada. Es ridículo, lo sabe, es un simple mosquito, pero no puede evitarlo, así no puede trabajar, así no puede dormir. Se queda vigilando.

─ ¿Dónde estás? Necesito concentrarme.

Mira de un lado a otro nervioso, sabe que así es prácticamente imposible verlo pero está desesperado. El techo, las paredes, junto a la  lámpara, pero no está en ningún sitio aunque le sigue oyendo. Las manos le sudan y los ojos se le van a salir de sus órbitas, tiene que acabar con él aunque le cueste toda la noche.  

Se dirige a la cocina sigilosamente, no quiere que el mosquito se entere de sus intenciones, camina lento pero directo al armario bajo el fregadero, allí esconde su arma mortal, el insecticida, lo coge y vuelve con el mismo cuidado hacia la habitación. Aprieta el botón del insecticida y comienza a llenarlo todo de una niebla tóxica pero a él le da igual, sigue dentro de la habitación, es un bunker cerrado a cal y canto, un rincón de exterminio y por eso no se va, quiere verlo morir o no se creerá que está muerto. Tose, le pican los ojos pero sigue mirando en todas las direcciones, ya no escucha nada, igual el insecticida hizo su trabajo. Respira hondo, se encuentra un poco mareado y se vuelve a la silla de trabajo, igual le da tiempo a escribir un poco más. Se sienta, acerca el teclado a sus manos y ahí está, posado sobre la letra P, el piensa que le mira, e incluso se siente provocado, humillado por el mosquito. Coge la zapatilla y asesta un primer golpe fuerte que hace saltar varias teclas del teclado, sin embargo el mosquito ha emprendido el vuelo y ha rozado su nariz en la huida.
Tras él, comienza a dar zapatillazos al aire, está fuera de sí, no piensa, ni respira, las lágrimas casi brotan de sus ojos por la impotencia. En su loco ataque comienza a tirar las cosas sobre las estanterías, de la biblioteca, los libros caen, la lámpara, fotos, recuerdos, pero él sigue sin flaquear dando zapatillazos allá donde no hay nada con todas sus fuerzas.

La habitación parece una escena de guerra, la lucha del hombre y el mosquito, de repente se para y se siente ridículo, tanto revuelo por tan insignificante contrincante. Se siente y abatido lo da por perdido. Las lágrimas comienzas a brotar de sus ojos, no entiende la reacción que ha tenido. Cuando se tranquiliza acerca de  nuevo el teclado a sus manos y de repente le vuelve a oír, le siente cerca, se queda parado y se hace  prometer que no volverá a ir tras él, pero el mosquito se posa sobre su rostro, no sabe qué hacer, le puede hasta ver si baja mucho el ojo. En un acto reflejo y con mucha fuerza dirige su palma derecha y tras un gran tortazo que le hace sentirse aún más estúpido puede ver el mosquito caer sobre el escritorio, muerto, vencido.

Extraño observa ese minúsculo y feo insecto patas arriba sobre su escritorio y le invade una tremenda sensación de soledad, hasta ese momento fue su compañero, su única compañía y ahora no sabe qué hacer. 

Le deja muerto sobre la madera y comienza a recoger, anhelando en secreto la presencia de otro ser, aunque sea molesto. 




Julio Muñoz 

Otra vez

Esta distancia
tan vasta y lejana
de a poco se va.

Es demasiado,
sí, demasiado amor,
para no estar.

Es demasiado,
sí, demasiado tiempo
para esperar.

Se acaba ya,
somos uno otra vez,
para siempre es.

Más claro que el agua.


A noche siento.

En la hora cansada en que despunta la luz
y cuando el punto se derrama y nos suspende,
está el suspenso espeso irguiendo su testuz,
tejiendo con tesón esa sombra que se prende.

En la ironía de que esta noche me transfiera
su nostalgia con la misma negrura que te circunda,
se va alojando esa voz silenciera,
velando la calma del filo que desenfunda.

Así se ennegrecen mis palabras ciegas, vetustas;
semillas, aves, ramas, hojas que se transforman en hadas
y desglosan estos trazos, trozos que de mí hurtas,
siendo tú, bosque de ébanos y todas mis amadas.

Desde estas letras pagadas y calles vaciadas.
Desde este árbol sin fondo, infinito que muta.
Al otro lado del muro de luz y voces erradas,
Me siento a ser en tu noche y a-atisbar aquella nostalgia enjuta.

Alexander Gnomo.

Tu olvido

Tu olvido
me tiene
con buena memoria.

Tu olvido
me sabe
con pocas las palabras.

Tu olvido
me puede
contar los silencios.

Tu olvido
me roba,
también, la distancia.

Besos

El Ave

La jaula está ahí, tan cerca que duele verla. El ave no hace más que tratar de abrir las alas y volar lo más alto que pueda; pero la puerta está abierta, y adentro todo parece más conocido, mientras que afuera siempre soplan vientos fuertes y tiene frío; no importa si hay sol, tiembla igual como si lloviera; no importa si es lejos o cerca, el vértigo lo lleva adentro.
La jaula está ahí, como una invitación muda. El ave no deja de buscar sus fuerzas, pero duda, piensa demasiado, hace poco, sueña de más. La escucho cantar y sé que en el fondo la tienta el cielo inmenso, y sé que también escucha que otras aves la invitan al juego. Pero su mundo parece breve cuando está cerca de los barrotes. No sabe alejarse. Tampoco quiere entrar.
El ave está ahí, y lloro por ella. Porque sé que su miedo es el mío. Porque sé que esas son mis alas. Porque sé que sos mi jaula y fuiste mi cielo, y quisiera volverte a volar, y no quiero.

La saliva


“La saliva”
Imagen tomada de Microrespuestas.com


Vi la saliva, la sé, sella con amor, aroma.

Eso lo sé, bocas imanan,
amena era pasará.
Masa dale, no temas amor a su sed,
la saliva lee, roba.

Saliva le sé, beso le di,
vida me opacó, base no callé a ella.
Con ese beso largo, latoso, calado, sé de saliva. Vi la sed.
¡Eso!, dala, cosota logra, lo sé.
Bese, no calle.

A Ella con esa boca poema divide, lo sé.
Bésela.

Vi, la saboreé,
la vi, la sal de sus aromas amé,
toneladas amarás,
aparean, emanan a mí.
Sacó beso, lo sé.

Amor aroma, no calles, esa la vi, la saliva, vi la sal.


Por Pepe Aguilar Alcántara
@PepeAA

Fuego

A veces tenemos demasiado fuego pero sólo nos sabemos llover.

La lengua


Toda lengua es sensual y es un filo.
es veneno y miel con estilo,
oración y palabra callada
es también orgasmo que estalla.

Es un abrazo de boca a la piel,
un paraíso cuando se abre,
y el infierno cuando te ignora.

Es un culto a los poros,
la palabra y la boca
también el filo que toca
cuando le apuñalan la espalda.

Elegante silencio
y el gemido compreso
cuando baila despacio
a los bordes del cielo.

Es deseo, es lujuria,
y presunción a la gula
es la lengua el lenguaje
donde tallan los mudos.

Es el arte de quién juega con ellas,
la herramienta que defiende querellas.
Es casa y sonido,
es viento y descuido, también nudo oprimido,
cuando el silencio la cierra.

Silvia Carbonell L.




Centro D.F.


Esa tarde, el lento fluir de los coches en el centro histórico
 me permitió disfrutar de la belleza de mi ciudad. 

Ana R.

martes, 31 de julio de 2012

Gotas de absurdos



Soy mi propia sombra; 
una que viene de un mundo más rojo 
y lleno de sangre, 
metros de piel, 
costillas y huesos.


Soy mi propio monstruo; 
uno que asoma desde la terquedad, 
con los ojos fríos y que invitan a quebrarse  por dentro.


Agosto se vislumbra como un buen territorio,
cicatrices revolotean entre los pies, 
salivando melancolía ahí; 
justo donde  la nada parece llenarse contigo.


La sensación del vacío dentro del vacío crece inquietante, 
instantes impávidos alimentándose de la oquedad, 
que a su vez se dulcifica en gotas de absurdos. 


Soy mi propio camino; 
uno que viene impreciso 
y que mira de soslayo cada uno de los atardeceres que guardas 
entre lo que piensas y lo que dices.


Soy el  viento desnudo de sus garras,  
un algo domésticado, 
un algo en el que respiras y bebes,
sudor y gotas de sexo recién deshilado,
un halo de aromas y breves bramidos.


Un lugar hundido 
al borde del comienzo. 


Soy yo; 
colapsando dentro de ti, de mí. 


Una historia que lleva a un laberinto
en el que la catástrofe y nosotros
anidamos en el vientre para ser un solo veneno.


Decir también que soy el grito, 
uno que te invoca, 
lleno de vida. 
El espacio en el que juegas. 
El acaso y el ocaso. 


Soy  el lado oscuro, 
ese que susurra entre la colisión de dos mentes. 


El espejo en el que trasmutas 
y dejas de ser tú, 
para empezar a ser yo.


Agosto parece ser un buen comienzo.




Alma E. Palma


Los amantes

"Los amantes", René Magritte, óleo en lienzo, 1928.

No puedes saber
con los ojos cerrados
si yo te amo.

Nunca vería
con los ojos abiertos
si tú me amas.

Adivinamos
creemos, confiamos
que nos amamos.

Miro sin mirar
Mis ojos en los tuyos
Más allá somos

Somos, vos y yo
Naciendo en el lienzo
Ciegos cayendo

Sé que sabemos
Respirar en el otro
Mejor callemos.

Sí es

Cierro los ojos y te veo de espaldas, tranquilo y pensativo, mirando al mar, en un lugar donde el aire es viejo, donde comenzó la historia, donde el silencio es desolador. Me acerco despacito; recargo mi mejilla sobre tu espalda, me aprieto a ti. Siento latir fuerte tu corazón; tus manos buscan las mías y se estrechan con calidez. Suspiras. “No te muevas”, te digo, “quédate así”. El cielo se ve nublado y el mar está picado, esperando una tormenta. Echas para atrás la cabeza hasta que roza la mía. Siento tus dedos entre los míos. Comienza una ligera llovizna. “Quiero quedarme así”, te digo bajito, “sólo un ratito”. Nos quedamos quietos. Es sólo un momento, pero parecen años. Abro los ojos y sonrío. Ese recuerdo, creado en mi memoria, aunque falso, me hace feliz. Tal vez nunca te haya dado ese abrazo; sin embargo, es lindo saber que sí.

Ícaro


Ciudad atormentada


Recuerdos

Recuerdo la calidez de tus manos,
la dulzura de tu voz, tu mirada,
tan soñada, tu sonrisa franca,
tu fresco aroma

Aún retienen mis labios
el sabor que en ellos
dejó tu último beso
pese al paso de los años.

Recordarte me alegra y me desespera
porque aún te amo, y sueño con
volver a tenerte junto a mí
aquí y para siempre a mi lado.

@Madrecelta

Hoy tengo ganas de hacerte daño



Hoy tengo ganas de hacerte daño... mi sangre pinta casi negra dentro de mis venas y clama de ganas por arrancarte desconocidos gemidos; Hoy tengo ganas de domarte al vuelo, de jalar tu cabello y robarte un beso, no un beso suave y cálido como otras veces, si no un beso salvaje y tosco, de brasa intensa, que te muerda, que te hinche los labios y te recuerde quien es tu dueño, que deje la marca húmeda de mi saliva en tu boca y cuando a solas estés… con placentero dolor te acuerdes del sabor de esos besos. Quiero que mis dedos se claven en tu carne, jalarte tan fuerte a mí que casi te sofoques al untarte en mi pecho y te revuelvas cual hembra en celo ante el acero posesivo de mis manos aferrándose a la caída de tu espalda. Voy a tatuar en cada centímetro de tu piel el instinto de mis labios, sin dejar rincón a salvo de la bestia que hoy se te aparece.
Hoy tengo ganas de que respondan tus uñas, de esa forma tortuosa que tienes de arrastrarlas jalando piel y sangre mientras me chupas el aliento en cada beso. Hoy tengo ganas de llevarte por los laberintos oscuros del sometimiento, la pasión y el deseo. De arrastrar mis secretos anhelos por tu cuerpo. De perdernos y encontrarnos en cada nuevo martirio, en cada mordida y nalgada. Que tu garganta aprenda incitantes formas de gritar “Me matas maldito, pero como te deseo”. Hoy probaré tu carne como nunca lo he hecho, te clavaré los dientes y apretare tu cuello; Mas cuando al fin las fuerzas abandonen mi cuerpo…me abrazaré a ti, besando delicadamente cada herida…lamiendo tierno y acariciando lento…

Somos las marionetas de nuestros miedos

it’s gone


he tenido un sueño hoy tarde. las cosas se habían invertido. el azúcar se había convertido en morena. los billetes se triplicaban de la nada (habían tres de quinientos juntos). el sepia, qué no decir del sepia, si era el alimento del sueño. solo sé que al despertar la ventana tenía una fisura pequeña. creo que alguna parte del sueño se me escapó.