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martes, 23 de abril de 2013

Nostalgia

Siento nostalgia, así nomas, de la pura, de la vacía que lo llena todo, de esa que acompaña en el camino casi siempre hacia ninguna parte porque en realidad lo único que quiero es volver con todo el dolor que me cueste, pero no, ya no es posible, no importa que el camino lo pueda andar a ciegas, simplemente no puedo volver.

Me duele el ayer que no puede ser presente y el camino que cada vez sea hace más ancho.Me repito a cada momento que es lo mejor que debo llevarme lejos todo lo que traigo y al mismo tiempo dejar lo que ya no llevo, me lo repito tantas veces que casi se vuelve mi mantra y sin embargo no importa porque el hoy me duele y me llena de infortunio que siempre será hoy.




martes, 9 de abril de 2013

Hienas enjauladas



Hienas enjauladas


Ejercicios para calentar la pluma

Había tardes en febrero, en esas horas que la nostalgia se desborda, que los recuerdos —como hienas enjauladas— cavaban zanjas deambulando de un extremo a otro en su memoria, lo que hacía entonces era llevarlos a pasear por la ciudad, agazapados en su gabardina y con la consigna de no hablar, con la intención de alejarlos del viento en su pecera de cemento, enrarecido de tanto suspirar. Eran ocasiones en que sus zapatos se guiaban solos y cuando menos lo esperaba el eco de sus tacones se escuchaba ladrando sobre los descoloridos adoquines de la Bolívar, a paso lento, como buscando en el aire el último aliento de su perfume, su silueta caía a medio metro de las paredes de los viejos edificios pardos de once, de siete y de cinco pisos, algunos carentes de rejas y otros con guardianes de piedra: leones y parejas humanas colgando inmóviles en las alturas, mudos observadores del andar del tiempo y de la humanidad aglomerada, como hormigas andróginas de dos patas. Sumido en el silencio y rodeado de grandes y maltratadas casas verticales con paredes rugosas y de cristales alargados y rectangulares, escondiendo cada uno sus propias penas y dramas, con las manos guardadas y el corazón queriendo escapar por los pulmones, recorría la antigua avenida, sin prestar atención en sus locales de perfumes clonados, las cortinas cerradas de la vieja Palestina ni en la impotente tristeza de una librería cada día más huérfana de lectores que cambiaban la obesidad de los libros por la anorexia gráfica de las revistas ofrecidas en los puestos de periódicos, que forrados de laminas verde militar se camuflaban en la selva de asfalto de la gran Tenochtitlan. Con pasos despreocupados, él iba esquivando los rostros anónimos de transeúntes, vendedores ambulantes y mendigos de espiritualidad y metal, aspirando grandes bocanadas de aire, limpiando sus pulmones del recuerdo de ella. Era entonces que se metía en alguno de los cafés de la Cinco de Mayo o en el Museo de la Cerveza, a emborracharse con el fantasma de sus risas, a fumarse un cigarrillo liado con servilletas y ayeres molidos, se quedaba horas platicando con su fantasma de cabellera oxidada, provocando sus risas translucidas y picando aceitunas para aventarlas al abismo de una garganta imaginaria. Casi para la medianoche se terminaba el hechizo del paseo y los gritos desaforados de los recuerdos se aplacaban hasta volverse un murmullo de grillos conversando en secreto, pagaba la exigua cuenta, bebía el último Martini y abandonaba el local, en su camino de regreso volteaba a las estrellas, saludaba a los leones insomnes de los muros y escrutaba los pisos de cada uno de los edificios, buscando la familiaridad del hogar perdido, sus zapatos caminaban en automático de regreso al silencio y la soledad, de vuelta a su auto exilio de la vida, con los demonios de la melancolía exorcizados, liberados entre suspiros al viento y aceitunas con ginebra. Maldito febrero, chiflaba el viento en las solapas de su gabardina.


Renko

Blog: http://arkrenko.com 
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martes, 26 de febrero de 2013

Nudos


Llevó mis 25 años de entrenamiento en hacer nudos cada año más difíciles, cada año un nuevo nudo con otro tipo de cuerda, nudos chinos marinos, de agujetas para botas, militares, y los más difíciles los nudos en la garganta.

Luego cuando cumplí 20 años me di cuenta que ya sabía hacer todos los nudos, inclusive inventé uno para los audífonos y así evitar que no se hicieran más nudos, que chistoso un nudo para evitar nudos, en fin, a los 20 me vi rodeado de nudos, mi vida eran los nudos, así que puse una tienda para hacer nudos personalizados. La gente venia a mi paraa que les diera clases de nudos indesatables y usarlos para resolver sus vidas. No me daba cuenta de que los estaba atando con todas sus fuerzas a algo que no querían para siempre, ellos se ataban a sus parejas en busca de un amor más libre, ataban a sus hijos para que no se cayeran y estos nunca caminaron, amarraron su vida a la tierra y nunca sus almas volaron.

Un año después cerré todo, no hice más nudos, ni si quiera usaba agujetas, empecé a caminar descalzo, y así comencé a desatar todos los nudos de mi hogar: quité cortinas de las ventanas, me deshice de los cables de aparatos que ya no necesitaba, me rapé y descubrí los nudos gramaticales y los resolví, al final sólo me faltaba desatar el gran nudo que llevaba en la garganta y ese mi estimado lector ha sido más difícil que el nudo de corbata.

martes, 4 de diciembre de 2012

Una piedra junto al árbol.




Una piedra junto al árbol.

Pareciese que es el viento pero no. El árbol sacude sus ramas mientras le da voz a las ráfagas que lo circundan, y yo, más como tropiezo urbano que como piedra, me poso al pie de su paso. Ahí me quedo, como la sombra que nace en lo más alto de la raíz, donde comienza el tallo y sus hermosas cicatrices, al ras de mí y atravesado por la imposibilidad de la concordancia entre el nombre del instante y la caducidad del mismo.

Reclinado en esa palabra enraizada observo cómo la vida dobla en aquella esquina, cómo se curva anunciando su misterio, otro misterio, uno que suele recordarme al bosque que se divisa al fondo de sus ojos, como quien intuye un río al otro lado de los arboles, pero uno de corriente silente, de aire fresco, y algo de ese vértigo que el precipicio nos ofrece, ese de invitación al salto. Así, retando y retado por el recuerdo me siento un campo de batalla, un patio de tonalidades sepias en el que soy un feliz perdedor, un herido por voluntad propia a causa de sus cauces.

Aquella nube fija y su pilar de savia se sacude de nuevo, los elementos que conforman el entorno han perdido sus nombres, entonces esa segunda lluvia de gotas guardadas entre las hojas se precipitan como dulces suicidas sobre mi frente, su recuerdo y las heridas de un moribundo constante presente de piernas recogidas; un corazón y sus pasos de fondo.

Así fue cómo la palabra «Corazón» latió en esta nada contenida, en este cúmulo de esperas donde ella solía sentarse a hojear el eco de polvo que planeaba junto con la sombra, donde desaparecía a plena luz, a la vista de la periferia, donde sostuve el peso de su historia y por tantas eternidades dejé de ser esta pulsación pétrea llevándome a ser el fulcro entre sus muertes frente a sus páginas.

Esto es sólo un recuerdo, un mundillo infinito tatuado en el núcleo y tras la capa que cubre al vacío, el dolor que la terca memoria se empeña en guardar en algún rincón de esta esquina: o como el necio del punto de vista me describiría; una piedra junto al árbol.


Alexander Gnomo.

Muy breve


Tiene tanto que no escribo, que la pluma ya no tiene tinta,
mis dedos están entumidos y solitarios de letras.

Extraño tener el tiempo de sentir un buen libro entre mis manos,
y extraño ver mis sueños volar plasmados en mis páginas.

Sin embargo, aquí sigo, viviendo, desviviendo,
escribiendo en las páginas de mi vida,
intangible para todos pero necesario para mi.

Muy breve... aquí sigo.


Ana R.