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martes, 7 de mayo de 2013

Un error relator.

Cambié el resto de mi vida por un año en el que amé por todas mis vidas. Me quedé en un país donde encontré mi infinito por escasos meses. Pospuse un viaje para irme en unos ojos. El viento tira las palabras en mi cara e inevitablemente escribe sus bofetadas sin que pueda negar mis mejillas. Tomé el riesgo de la sed. Acudí a la boca de la cual sabía que no volvería. El silencio de las dos bocas de donde nacía aquel ahora, por ciertos instantes, en sus recodos, albergó a la imaginación que se valió de ese momento para desterrar al mundo. Derrumbe, crisis e insomnio aúnan sus lineamientos para imperar en mi humanidad: usan los más maravillosos acertijos; las veredas, los árboles, el sabor del imperceptible lunar al ras de su boca, las islas, los golpes de un cautivo entre el pecho que alimenta mi inquietud, su ombligo. Así es como las esquinas y las espinas se desprenden, como esquirlas regadas frente al espejo mental que las multiplica. Es clara su oscura intención de tensión, de azuzar al salto. La conclusión unió al fin y a lo tácito, entonces no fue la calma después de la tormenta, sino la calma de la tormenta. Ciertos aires de exageración al otro lado de la puerta incluyeron al olvido en el resultado de mi inventario. Ahí, luego de aquella silente obra, me convierto en el autor de este dictado, un cúmulo de crisis, derrumbe e insomnio entre bestias de lo esporádico.

Alexander Gómez.

martes, 12 de marzo de 2013

Puerta.



La puerta rechinó haciéndole pequeñas grietas al silencio, grietas que luego del instante, fueron grietas caídas ante el movimiento lento y vetusto de lo que anticipa una entrada o una salida.

Toda llegada fue ida por haber partido de algún sitio, todo es salida aunque se entre hacia unas cuatro paredes.

De este lado de la casa donde es aparente silencio, eco de nada y de lo quieto, apenas es perceptible la baja murmuración de la noche.

Así, cuando el ruido del silencio radica en su súbita omnipresencia, la mudez de la sombra más danzante ante la serena luz, cúspide de aquel pilar de cera, describe su dependio.

El derrumbe allá afuera está en su apogeo y yo lo acompaño en su desmoronamiento rodeado por las naderías desnombradas por la oscuridad, por las únicas testigos del desplome sobre esta hoja.

Sigo saliendo, de sitio en sitio, lejos, inmóvil, sobre la silla, entre el pecho y la espalda. Así entre instantes vuelvo a la puerta una y otra vez, y otra ves, a éso que está cuadriculando mis entradas.

«Dice la puerta que ya quiere entrar, y que las mejores puertas, están libres de sus marcos»

Alexander Gómez

martes, 26 de febrero de 2013

Nudos


Llevó mis 25 años de entrenamiento en hacer nudos cada año más difíciles, cada año un nuevo nudo con otro tipo de cuerda, nudos chinos marinos, de agujetas para botas, militares, y los más difíciles los nudos en la garganta.

Luego cuando cumplí 20 años me di cuenta que ya sabía hacer todos los nudos, inclusive inventé uno para los audífonos y así evitar que no se hicieran más nudos, que chistoso un nudo para evitar nudos, en fin, a los 20 me vi rodeado de nudos, mi vida eran los nudos, así que puse una tienda para hacer nudos personalizados. La gente venia a mi paraa que les diera clases de nudos indesatables y usarlos para resolver sus vidas. No me daba cuenta de que los estaba atando con todas sus fuerzas a algo que no querían para siempre, ellos se ataban a sus parejas en busca de un amor más libre, ataban a sus hijos para que no se cayeran y estos nunca caminaron, amarraron su vida a la tierra y nunca sus almas volaron.

Un año después cerré todo, no hice más nudos, ni si quiera usaba agujetas, empecé a caminar descalzo, y así comencé a desatar todos los nudos de mi hogar: quité cortinas de las ventanas, me deshice de los cables de aparatos que ya no necesitaba, me rapé y descubrí los nudos gramaticales y los resolví, al final sólo me faltaba desatar el gran nudo que llevaba en la garganta y ese mi estimado lector ha sido más difícil que el nudo de corbata.

martes, 4 de diciembre de 2012

Tenía ocho años tal vez, no lo tengo claro.


Tenía ocho años tal vez, no lo tengo muy claro, mi memoria había empezado a fallar desde entonces, pero sí recuerdo que no tenía muchas cosas, casi nada de hecho, pero no importaba porque no sabía lo que me faltaba, vivía al día y vivía bien, mis metas diarias en la vida iban desde cuál árbol trepar hoy y entrenar para el siguiente torneo de canicas contra los de 6°. La poca memoria que tenía la usaba para memorizarme fechas de guerras que no entendía y que habían pasado hace más tiempo del que podía comprender, para mi tener 8 años 7 meses y 19 días eran mucho tiempo, eran toda mi vida y más allá de eso era algo inimaginable, también memorizaba poemas de amores suicidas, cantares mixtecas que eran juegos de letras y palabras incomprensibles. Mi mundo era muy ilógico.

Ahora con 25 años tengo menos certezas del mundo que me rodea, creo saber más cosas y claramente me sé más ignorante que nunca, sigo adorando ir lejos sin destino, aún guardo las canicas que les gané a los de 6° y el árbol que trepaba sigue ahí, cruzando la calle, engrosando su tronco año tras año a la espera de los nuevos infantes que lo trepen en equipo por algún juego o para escapar del perro furioso del vecino que dice odiar a los niños.

Hay cosas que nunca olvidaré a pesar de mis olvidos, afortunadamente la mayoría son cosas bellas.


martes, 25 de septiembre de 2012

El último verano

¿Recuerdas nuestro último verano? Fue el primero, también. Recuerdo que comimos un helado y nos sentamos. Hacía fresco esa noche a un costado del camino, y debajo de los árboles mirábamos las luces de la ciudad, que poco a poco se encendían. ¿Recuerdas de qué hablamos? Yo tampoco. Sólo acude a mi mente el recuerdo de nuestras risas y las luces citadinas que nos iluminaban de forma desigual. Recuerdo que te despediste y miré cómo te alejabas. La luz jugaba con las sombras y recortaba tu espalda, mientras yo te miraba alejarte. Recuerdo tu silueta, como te recordaré siempre: alejándote. Así es esto de irse y no poder quedarse. Tú comenzaste a alejarte justo ese día de verano en el que yo apenas me acercaba. De esa noche no quedan lágrimas ni luces. Es una noche a la que ya no le queda nada, ni siquiera ese verano para recordar.

Hay algo de otoño en el adiós.


El adiós, esa estación de lo que parte. Aparte. El adiós es quien se queda, se queda en ese movimiento pendular e inverso que marca el ahora en que nos desprendemos, un marca-libros que recuerda la ausencia de la hoja, de lo extinguido entre las llamas del recordar.

El paisaje y sus fauces celestiales alfombradas con los sinuosos bailes de la hojarasca fueron tragando su silueta, mientras un extraño y lento mundo se balanceaba trazando un leve arco, marcando la sutil curva invisible en el dolor del instante, una nostálgica palma que hondea  y es mano y es cuerpo que se aleja hacia adentro, hacia las calles azuladas de la nostalgia, esa ciudad de seda punzante. 

Es adiós que hoy es de bolsillo y también es libertad, porque la libertad también duele y es en el dolor donde se logra percibir sus barrotes. Barro las hojas secas y las guardo en la herida. Aguardo en el secreto entre la herida del filo. En las lagunas otoñales de la mente. En el viento que la hojarasca se llevó. En el fino hilo infinito que va bordando la distancia, que va desbordando el vacío.

Así es como nunca, siempre. Así es como me olvido para recordarte en un intento de ser el testigo de mi  propia ausencia. Sí, desterrarte del recuerdo porque soy olvido. Así me deshojo en el adiós, como el árbol de viento que se lleva las hojas, como este otoño que es el adiós en que nunca te vas.


Alexander Gnomo.