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martes, 14 de agosto de 2012

Un suicidio, tu castigo


Siento tu respiración a lo lejos mientras escucho que mis latidos se intensifican por segundo.
La lluvia cae y hace frío. Me siento indefenso en tu oscuridad, y en la garganta llevo el nudo que determinará mi destino.
Cada trago de saliva se hace más difícil y mis ganas de vivir se han vuelto nulas.
Necesito deshacerme de todas estas dudas.

Hay pasos sonando en todas partes. Creo que viene la policía. ¿Es demasiado tarde para decir hasta luego?
Supongo que ya no estaba aquí. Todos sabían que eventualmente me iría, pues es triste saber que no te tenía.

Ahogarme hubiera sido perfecto. El mar es poético y merecedor de mi cuerpo. Por algo te lo dediqué como si fuésemos eternos.
El mar es algo que merece respeto. Para domarlo, tiene que darte permiso. Para moverlo, necesitas la fuerza que de quinientos. Para acabarlo, tienes que empezar desde adentro.
Yo nunca te otorgué el derecho de hacerlo. Como intruso, te colaste por mis huesos, y no te detuviste hasta llegar al fondo de mis pensamientos.
Me tenías amando en silencio.

Ya que me tenías en tus brazos, dejé que hicieras lo que quisieras conmigo. Mi madre dijo que ese fue mi error y mi castigo.

Todo se resume a este momento. No hay marcha atrás ni arrepentimientos.
He desperdiciado mis últimos minutos, leyendo una y otra vez esta historia para niños. Y esta vez, el final llega al principio.
Me voy, sin que hayas venido.
Adiós, amor mío.

martes, 10 de abril de 2012

Jeremías, el vendedor de sueños

Una plaza. Chicos detrás de un balón de sueños escondidos. Brilla Febo, por encima de otros astros, y el sudor se pega en la remera. Roces. La tensión en la pierna derecha, como pistola a punto de gatillarse. Panteras agazapadas, esperando el momento justo para saltar. Y la Toma de la Bastilla se efectúa. Gritan y se abrazan. Doce años, pelo duro.
Gol. Gol. Goooool...
Raúl. El Negro. El contador de cuentos. El arqueólogo sin presupuesto. Me contó una vez, tinto de por medio, la historia de Jeremías. Viejo astuto, rostro enjuto, voz plagada de matices y ronqueras. Porteño por elección, pero nacido en Formosa. Jeremías, el vendedor de sueños. Lo podés encontrar en cualquier esquina, aquella que él elija para iniciar su jornada. Con el piloto gris y el chambergo al tono, con la barba crecida de esperar y esperar, y por un peso te vende tu mas insólita fantasía.
Jeremías nunca come, se alimenta de recuerdos, y tiene cientos de billetes hechos bollitos en el bolsillo izquierdo. No es rico. No es famoso. Es simplemente un vendedor de sueños ambulantes. Y eso le basta.
Por dos días le vendió a un matricero la camiseta de Boca. Lo hizo gambetear, ganar la copa. Le compró una villa en Mallorca, y cuatro canes para custodiar su fortaleza, de los millones de fanáticos que lo asediaban. Por dos días el tipo dejo de contar moneditas. Viajó en aviones de lujo. Se instaló en el Penthouse del mejor hotel. Danzó con Liz Taylor. Bebió con Frank Sinatra. Durmió en las sábanas blancas de Marilyn. Pero una madrugada, con demasiado champagne a cuestas, se puso a llorar. Lloró por su barrio, por la vieja, por el petiso, por el calor de la fábrica, por su infancia mendiga. Volvió a la fragua. Por dos días fue Pelé.
Una tarde una nenita se convirtió en muñeca Barbie. En una coqueta casita de plástico articulado. En la vidriera de un Shopping. Paseó su blondo cabello enrulado de mano en mano. Con vestido de fiesta. Con equipo de sky acuático. Hasta que un par de billetes la llevaron al
regazo de la hija de un Secretario de Estado. Se sintió importante, a pesar de ser tan solo un poco de acrílico flexible. Se sintió eterna. Como el mar Egeo. Tres días después lanzaron bombas sobre los cielos de Hiroshima. Ella hubiese querido no saberlo. Oculta en el canasto de juguetes, sin quererlo debió escuchar la llamada. Sudaba el Secretario, sudaba y temblaba a la par con el teléfono en la mano "Sí señor, sí señor". Y ella atrapada en su cuerpo Barbie. No pudo decirle nada. Y quiso volver con su mamá. No volvió a jugar con muñecas.
Una noche de verano un sereno se transformó en asesino a sueldo. Pero no de esos que por un par de centavos matan a su hermano. No. Un profesional. Un experto. Dos sujetos de traje viajaron a Sudamérica, solamente para verlo a él. estipularon un largo contrato. Un breve choque de manos para formalizar, y una cuenta en Suiza como garantía propia de vejez sin apurones. Eligió el rifle con cuidado. Como un cazador de búfalos. Falsificó su pasaporte, se quitó el bigote, se tiñó de rubio, y tomó el avión a Dallas. El estigma del Chacal. Kennedy recibió el impacto mientras sonreía. A veces en la oscuridad de su almohada, el sereno llora.
El viejo Jeremías los complace a todos. También los compadece en silencio. Porque los sueños también son pesadillas.
Una señora le pidió ser un dorado pez de río. Nadar con la corriente sin ataduras. Entre piedras de colores y nácar. Pero cayó en el anzuelo de un militar retirado. La dejó agonizar unos minutos
en la hierba. Sonreía y le hablaba despacito. Después, cuando casi le reventaban las branquias, la devolvió de un golpe al río. No quiso comer pescado durante años.
Un viajante soñaba con ser astronauta. Lo lanzaron al espacio. Las cámaras de tv mostraron su rostro por todos los noticieros, hasta los de habla hispana!. Y mamá se enorgulleció del "nene". Flotar, flotar como un pájaro cerca de las estrellas. Pero la URSS no conservó su perestroika. Y sin misiles ni comida dejó a su héroe flotar durante meses. Ahora siente vértigo al subir la escaleras.
Millones de pobres seres hacen cola diariamente, en la esquina elegida por Jeremías para su comercio singular. Concretar sus sueños más profundos por un peso. ¿Quién podría resistir la tentación de morder la manzana?
Transformarse en estrella de cine, soldado de Vietnam y aplastar al Vietcong, sentarse en el sillón de Rivadavia, ser Cleopatra, convertirse en Mesías, en líder revolucionario, en Ghandi. Jeremías
solo sonríe, y se guarda el sucio billete en el forro del bolsillo izquierdo. No les dice una sola palabra, un leve asentimiento con la cabeza, y como golpe de varita mágica el sapo se hace príncipe. Un ama de casa, líder de Sendero Luminoso. Un bancario se mete en la piel del Papa. Jeremías no les advierte nada. No les confiesa que él no puede controlar los sueños, el curso que toman, los giros bruscos, las precipitadas caídas.
Por eso cuando los retorna al presente, al escritorio, la cocina, la calle, el colegio; algunos, casi todos, lo miran con el iris cargado de reproches. Jeremías sólo se encoge de hombros y
les palmea la espalda con ternura. Como a los chicos enfermos. Entonces los "actores" bajan la vista y se van, cabizbajos. Y no se atrever a contarle a nadie del peligro, tal vez para no parecer demasiado humanos. Los sueños no son siempre bellos. Son solo sueños.
Solamente sueños.
Una plaza. Y yo me hamaco en el picadito que organizaron los monaguillos. Se golpean, se vitorean y escupen con la misma determinación. Sudor. Tenso el maxilar. El corazón galopando alocado. Las sienes latiendo salvajes y jóvenes. Venas rebosando coraje. Y se gana la Batalla de la Vuelta de Obligado. Gritos.
Gol. Gol. Goooool...
Si alguna vez te encontrás al viejo Jeremías, vendiendo sueños por un peso en una esquina, no sigas de largo. Parate frente a él. Miralo fijo. Fijate si dentro de lo oscuro de sus ojos negros hay un dejo de arrepentimiento, un poquito de vergüenza. ¡Algo!. Y decile después que venga a verme. Y decile que por favor no continúe comerciando ilusiones falsas. Que no juegue con los sueños. Que no compre almas por un peso. Hacéle entender que los humanos somos así, y que no aprendemos.
Satanás con galera.
Jeremías, el viejo.

martes, 21 de febrero de 2012

Sin culpa

Leonor se miró en el reflejo que la puerta de cristal de aquel motel. Se arregló un poco el cabello, se abotonó el saco y, contra todas sus fuerzas, se sonrió a sí misma. Nunca se hubiera creído capaz de aquello. El adulterio era una cosa que hasta entonces no le había despertado muchos cuestionamientos y jamás imaginó que se vería metida en él. Y pese a todo, la culpa, después de un año de andar jugando a las escondidas con aquél muchacho, todavía era manejable.

Caminó con lentitud hasta su auto. Mientras se acomodaba en el asiento, distinguió la silueta de su joven amante, enfundado en esa eterna chamarra de piel que le parecía más vieja que ella misma. Siguió los pasos del muchacho y pensó en aquél cuerpo que deseaba más que a nada en el mundo. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo y la sonrisa volvió a asomarse: ni por un momento la culpa era un lastre.

De camino a casa, el tráfico se sentía ligero, pese a que recorrer un tramo de dos kilómetros le había tomado más de treinta minutos. No tenía ganas de llegar a su casa: le parecía mejor perder el tiempo de esa manera que soportar las dos horas reglamentarias de pleito con su marido. Con un poco de suerte él ya estaría dormido cuando ella llegara. Luego de saborear un poco la idea, decidió que el retraso no era recomendable: después de todo, las sospechas de su marido se verían avivadas por su ausencia en casa justo a mitad de semana. Salió de aquella avenida congestionada y se dispuso a seguir la ruta alterna que su marido le había enseñado para ahorrarse unos muy buenos minutos al volver a casa por las noches.

Aquellas callejuelas le parecían más tétricas que nunca. A pesar de que todavía no daban ni las ocho, la noche ya estaba bien asentada y la luz que el escaso alumbrado público proporcionaba generaba sombras que la hacían sentirse observada. Llegó a uno de los cruceros más solitarios y miró hacia ambos lados para asegurarse de que podía pasar sin peligro. De pronto no escuchó más que su propio suspiro entrecortado. Observó cómo su sangre, aún tibia, le manchaba las manos, todavía sobre el volante del auto. Más que arrepentimiento, el último pensamiento que asaltó a Leonor, mientras se desangraba a través de aquél corte certero a la yugular, en medio de aquella calle oscura, fue la pregunta de quién y cómo se había metido a su auto sin que ella se diera cuenta. El porqué, aun sin culpa, ya lo suponía.

La deuda

    César abrió los ojos. La débil luz que entraba por la ventana lo dejaba ver que Justin Bieber y Lady Gaga lo miraban desde la pared, seguía en su cuarto. ¿Qué era ese ruido? No, no era un ruido, más que ruido era un murmullo. Se escuchaba como si miles de pequeñas garras arañaran el suelo, como si infinitas narices olfatearan el aire enrarecido por el encierro.
    Se sentó asustado. Sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, entonces pudo sentir sobre la piel una mirada. Mil miradas. Con una mano temblorosa encendió la lámpara. Ahora pudo verlo. Parado delante de su cama estaba Miguel, sosteniendo entre las manos un conejo. El conejo era blanco. Sus ojos de fuego también lo miraban. A sus pies había una gran cantidad de conejos, eran tantos que no podía contarlos. 

—¿Qué hacés aquí? —preguntó César.
—Vengo a saldar una deuda —contestó Miguel.
—¿Una deuda? ¿Qué deuda? ¿De qué me hablás?
—Es tarde para tantas preguntas, César.
—Andate de acá, voy a llamar a la policía.
—Nadie puede ayudarte —dijo Miguel mientras el conejo saltaba de sus manos.

   Cesar intentó agarrar el móvil. El conejo blanco cayó sobre su pecho y se arrojó hacia adelante hundiendo lo incisivos en su cuello. Los otros conejos empezaron a saltar a la cama. Todos se abalanzaron sobre César, como una plaga. Empezaron a morder y arañar desgarrando las sábanas, llegando a su piel, a su carne, a sus entrañas. Intentó gritar, pero otro conejo ya apretaba su garganta. Se sacudía intentado sacárselos de encima, pero eran demasiados. Siguieron atacando hasta que dejó de moverse. Poco a poco, los conejos, fueron bajando de la cama y abandonando el cuarto, saliendo por la ventana.

—Listo, deuda saldada —dijo Miguel y también salió por la ventana.

                                                                                            Rubén Ochoa

martes, 31 de enero de 2012

Un ciclo

    Otra vez se miraban a los ojos, igual que un año antes. Él aparentaba diez años más de los que tenía, es curioso cómo pueden cambiarte doce lunas de hambre. El gato seguía igual, negro como la noche, sereno y distante. Ambos esperaban a la Sombra, ya casi era media noche, no tardaría en llegar. Santiago miró otra vez la luna y empezó a recordar.
    Llovía, el camino anegado era difícil de transitar, apenas caminaba, ya sin fuerzas sólo le quedaban sus ganas de vivir. El dolor en su pecho era cada vez más fuerte, tenía la boca reseca y empezaba a nublársele la vista. Sabía que estaba a pocos kilómetros de la ciudad y por eso persistía.
    Una raíz invisible hizo que cayera de rodillas, exhausto. Sin poder levantarse cerró los ojos y empezó a llorar. Un maullido conocido lo trajo de vuelta a la realidad, sus ojos distinguieron en la oscuridad esos otros ojos que jamás pudo olvidar. El gato estaba sentado en medio del camino, inmune a la lluvia y al tiempo. De pronto un escalofrío recorrió su columna, sentía una horrible presencia a sus espaldas, se puso de pie sin animarse a voltear. No hizo falta, la Sombra lo rodeó y quedó a mitad de camino entre él y el gato que, con el pelaje erizado, maullaba tratando de ahuyentar a su hermana. La Sombra reía con una risa fría y vacía, hizo un ademán de desprecio por el gato y dirigió la ausencia de su rostro a Santiago.

—Santiago.
—¿Quién eres?
—Quien soy no es importante, lo importante es la oferta.
—No quiero nada de ti, aléjate.
—Lo quieres y lo deseas.
—Sólo quiero que te vayas.
—No puedo irme y lo sabes —dijo, aunque más bien sugiriendo una mueca llena de dientes.

    Entonces Santiago despertó. Sólo el gato seguía allí, mirándolo, sereno. Se puso de pié y miró a su alrededor, nada. Nada fuera de lo común. Sólo el gato y su mirada. Solo el gato y la sensación de una mano apoyándose en su espalda. Empezó a caminar. Siguió caminando acompañado por el gato hasta llegar a la ciudad. Entonces el gato maulló tres veces, que pudieron ser siete o tal vez nueve, y sabían a despedida. El gato siguió su camino, Santiago uno distinto. Tranquilos. Sabían que volverían a encontrarse para repetir el ciclo.

                                                                 Rubén Ochoa

El Cuarto

Hoy llegó el cuarto. Nadie quiere abrirlo.
Pensamos que era una maldición. Cosa de brujas, como dijo Mariano. Pero ahora Pablo está realmente asustado. Unos días atrás, para burlarse de nosotros había escrito en un papel: “incendio” y lo tiró anónimo por debajo de la puerta de la oficina. Ese mismo día, aunque siempre fui muy cuidadosa, una colilla de Marlboro prendió fuego mi cesto de papeles. Nos reímos, y no le dimos importancia, pero cuando llegó el segundo: “pié quebrado”, y Marita se cayó por la escalera, ni siquiera esperamos su llamado desde la clínica, porque sabíamos que estaba fracturada de antemano.
Nos confesó su autoría cuando llegó el tercero: “corre sangre”, y Manuel se cortó el pulgar con el abrecartas. Temblaba Pablo, y obviamente no le creímos una palabra, pero él porfiaba que era cierto. “No mandes más”, le terció Mariano. Pero él dice que no puede detenerse.

martes, 3 de enero de 2012

La soledad es un monstruo

Ana se levantó, como cada día el reloj no había despertado, siempre con un golpe de muñeca apagaba el botón de la alarma, ese tiempo ganado era solo para ella. 
Elegante se tapaba en una bata roja de satén, no caminaba, bailaba sobre el suelo de la habitación, casi levitando se dirigía al salón y encendía un cigarrillo. Algo de The Smiths, nadie lo comprendía, y vestirse para marchar antes de que la casa entera despertara. 
Su trabajo como editora jefe de una revista de moda pequeña le era suficiente para ser considerada una mujer que ha conseguido sus propósitos, respetada y admirada. Dos niños, una niña, un marido arquitecto, tres coches y un chalet a las afueras de Madrid eran el sueño de toda niña y ella lo tenía, además de un número alto de personas trabajando bajo sus dictatoriales órdenes. 
Tres kilómetros separan su casa de la oficina pero ella los hace en casi una hora, siempre se desvía para recoger a alguien que últimamente se ha convertido en una persona importante en su vida, es el director de la revista "enemiga" y su amante en el camino al trabajo. 

Juan también se levanta antes de que suene su despertador, el ruido de su mujer en el salón hace que se quede un rato más en la cama con los ojos cerrados. Lleva más de dos semanas siguiendo a su adúltera mujer y hoy es el día para clave para realizar lo planeado. Mucho le ha costado construir esa familia para que acabe en el desagüe del "qué dirán". 
Cuando escucha la puerta de calle se levanta corriendo y se viste, no hay tiempo para duchas, todo está planeado, en media hora su mujer estará sentada a horcajadas sobre el cuerpo de ese hombre que quiere destrozar su familia. Coge la pistola y va tras ella. 

Hoy Ana puso escusas a su amante y le dejó en la puerta de su trabajo, volvió al coche y se dirigió al escampado donde tendría que estar con él, hoy quiere pensar. 
A lo lejos ve acercarse un coche que no le es desconocido ni tampoco supone una sorpresa para ella. Se mete en su coche y espera, las lágrimas corren por su cara, la soledad se hace irrespirable. Es la culpabilidad lo que le hace estar ahora aquí, sin saber qué hacer pero sabiendo lo que va a ocurrir. 

Un golpe en la ventana desencadena la furia, los dos se miran y comprenden todo. Él abre la puerta e intenta sacarla a rastras del coche, ella patalea y grita. 

-¡Tú nunca me has querido!
-Eso ya no importa.

Forcejean, ella intenta quitarle la pistola que sabía que llevaría pero es más fuerte y casi se abandona a la suerte. Entonces de su bolso que lleva cogido en la mano saca un cuchillo. 

-La soledad nos convirtió en monstruos. 

  
Abrió la mano y dejó caer el cuchillo ensangrentado que sostenía. Un grito ahogado, profundo emanó de su garganta, de sus entrañas. Las lágrimas no brotaron, no encontraba el ruido que rompiera con tanto silencio. Un silencio oscuro, pantanoso, que se pegaba a su cuerpo. Lamió la sangre de la mano con la que ensartó el cuchillo, para recordar que ésa sangre dio vida a quien estaba tirado en el suelo, a quien ella había arrebatado toda esperanza, todo futuro. Se tumbó junto a él, los dos yacían sobre el mismo charco de sangre, inmóviles. Cogió el cuchillo, miró a los ojos del cadáver y sintió esa mirada profunda que sólo los muertos tienen. Un escalofrío hizo temblar todo su cuerpo. Empuñó con fuerza el arma y separo su garganta en dos, uniendo su sangre con la de él. 

La oscuridad invadió sus ojos.

Julio Muñoz