Entonces cayó la noche, desnudándola, excoriándola dejándole la carne viva. carbonizándole los huesos, llenándole las uñas de piel tibia.
Y el aliento chasqueando, resbalando desde la garganta, mirando el vacío de la cuencas oculares que yacían rebosando laberintos llenos de dolor.
Fue entonces que ella abrazó la vida con los dientes dejando fluir las tormentas que habitaban en su interior; un breve movimiento diciendo un viaje manso acariciando su cabello, y una brisa ligera y fría se frotó contra su cuerpo, y con los pezones erectos descendió sobre el espejo casi imperceptible, lanzando un resuello de humo que eventualmente rompió en olas de mujer.
Con la sonrisa hecha girones y un pedazo de vida como mueca retorcida, parpadeaba goteando grietas, lágrimas y sal.
Fue ahí donde todo tuvo sentido, ella caminó doblando los pliegues en cada mirada, con el sabor de la hiel lamió las cicatrices disfrazadas de caricias. Vivía cada sensación, abriendo las fauces y acunando entre sus brazos cada latido.
Ser mujer es hacer de cualquier parte un hogar y de cualquier día una fiesta.
Es arrancarle suspiros al Cielo, al tiempo que se hace temblar de miedo al Infierno.
Es creer en el "salvémonos todos", en vez de pensar en el "sálvese quien pueda".
Es ser a veces risa, a veces llanto, a veces razón y a veces sinrazón, pero siempre, siempre corazón.
Es ser la flor que hoy embellece la mirada y mañana se marchita, al mismo tiempo que ser árbol que siempre reverdece.
Y como nunca antes, en estos tiempos, ser mujer es de suyo un acto de rebeldía.
Disculpa que te hable tan tarde y disculpa que sea por este motivo, pero tu partida no me deja tranquilo, sé que este no es el momento, que estás ocupada olvidándome, que tal vez estás con otro.
Pero mi pecho necesita gritarte que dejaste en mí un vacío, una ausencia, una soledad llena de tus caricias, de tu dulzura, de tu ternura. De ti.
No sé si pueda olvidarte, no me siento capaz, no hoy. No ahora. Sólo necesito saber que estás bien; o que estas mal. Que más da.
Sólo necesitó saber que me piensas tú también, que tampoco soy fácil de superar; y aunque sé que estas letras mañana serán versos vacíos, hoy no puedo dejar de imaginarte, con tu suave sonrisa y con tus tiernas pecas. Con esa mirada que me desnuda.
Cualquiera pensaría que soy sólo un loco que se sienta en una noche sin Luna a escribir para una musa después de su partida.
Si supieran cuánto te amo, aunque tu vida se limite a entre líneas.
Si supieran cuánto es mi deseo por que seas real. Porque saltes de mis letras y me digas que jamás me vas a volver a dejar.
Hay días en que uno no es fuerte, en que el corazón pareciera que tiene que esforzarse para latir por que el dolor lo reprime tanto que lo hace solo por inercia; cuando amas a alguien que no puedes tener y te ahogas en la impotencia de no poder estar con esa persona, que no puedes hacer nada, que no puedes saber de ella, que quieres hablar con ella y no puedes, que añoras las conversaciones, lo tanto en común, que sabes que le darías tanto sin ni siquiera ella pedirlo, que la quieres tener aquí y no pueden estar juntos, que hay momentos en que te olvidas que hay una distancia entre esa persona y tú cuando quieres contarle algo o cuando quieres apoyarle, cuando llegas a saber que no esta bien… que hay palabras que duelen sobre todo cuando te cuentan algo que tú no creas que esa persona a quien amas y dice que te ama sea capaz de decir o hacer, o terceros te dan consejos… la duda de confiar en ella… o no.
Que no sabes de donde salen tantas lágrimas y que no entiendes por que no la has podido olvidar… que cada mañana al despertar ella es tu primer pensamiento y cuando vas a dormir es el último.
Desearle lo mejor del mundo y que sea feliz aunque no este a tu lado, porque es feliz que la quieres ver y no sufriendo… eso es amar, ¿verdad?.
Esperar que la persona que esta junto a ella cumpla con mayores expectativas y por lo menos le de la felicidad que tú quieres darle… que pasa el tiempo y ella sigue allí, en el corazón, aunque muchos piensen que no lo merece.
La verdad no es algo que yo pueda decidir, lo sentimientos no se deciden, solo están allí, y los míos están para ella.
Tal vez en un sueño le pueda tomar la mano y ella sienta tibiamente mi cariño y al despertar me recuerde; tal vez sonría, y escuche en su mente cuando me dijo que siempre habrá en su corazón un espacio para mí.
Eres como un piano encantado que todos quieren tocar.
Conservas la belleza de tus líneas y las curvas de tu silueta se mecen como el mar.
Aún recuerdo ese nosotros que dejaste escapar y ahora te veo y pienso; ¿Quién será el dueño de tu libertad?
Vuelvo y te leo cada vez que me lo permito, pienso que al colocar mis manos en tu cuerpo podría hacer una melodía con sabor a ti, y a veces me cuesta creer que un día fuiste mía.
Luego, dejas soltar un suspiro en tus letras y la melodía se vuelve a formar.
¿Quién te estará tocando mujer?
¿Quién entona todo tu placer?
Concluyo que no importa quién esté a tu lado ahora, yo siempre lo voy a odiar
No me llames un mal perdedor, porque yo no te perdí, tú me dejaste, recuérdalo.
Volvamos a la melodía, a tus sonidos, dejemos de pelear.
Si fueras canción te llamarías Infinita y serías tocada por mí.
Si fueras poema serías uno escrito en una servilleta que nunca se publicó, pero siempre carga en su bolsillo el mismo Neruda, tu gran amor.
Pero en realidad, para mí eres un piano que muero por volver a tocar.
Hoy intenté llorarte. De nuevo. Lo intenté con todas mis ganas y aun así no pude.
Traté de sacarte de mi pecho a gritos para dejar de pensarte, pero tu sonrisa se atoró en mi garganta.
Quise rasgar nuestros recuerdos con un sollozo, pero se mantuvieron impasibles dentro mío, pesados entre mi pecho. Burlándose de mí, igual que tú el día del final.
Golpeé mi rostro intentando que el dolor físico expulsara con él al dolor mental, pero adentro me escocían tus recuerdos tanto que no sentía ya nada.
Cansada, decidí dejar que la frustración escapara en un suspiro, pero el recuerdo del tacto de tu piel aprisiono hasta al pobre dentro.
Intenté volverme loca de tristeza, pero tus ojos me hicieron permanecer cuerda para poder ver mi alma darse cuenta de su miseria en tu ausencia.
Decidí terminar con todo y volverme uno con el mundo, pero la memoria de tus brazos alrededor mío me detuvo con la falsa promesa del nuevamente.
Trabajé en olvidarte, pero cada recuerdo que intenté alejar regresaba golpeando las paredes de mi cabeza reclamando su lugar.
Deseé querer no haberte conocido, pero no pude ni quererlo enserio.
Al final, comencé a escribir para sangrarte en exquisitos versos, y el temblor de mis manos apenas me dejó escribir éstas simples líneas.
Quise llorarte y ni eso me dejaste hacer. Quise deshacerme de ti y no pude. Quise sonreír por los momentos en los que fui feliz a tu lado y no pude recordar ninguno. Quise regresar el tiempo y creerte mío una vez más. Quise poder sacarme todo el dolor del corazón, pero solo se apelotonó en la salida otra vez.
Y me rendí de nuevo a la melancolía de tus sombras.
Como hasta ahora.
Como siempre.
Como cuando estábamos juntos.
Para recordarte tengo que preparar el ambiente. Encender un cigarrillo. Cerrar las ventanas porque llueve. Tomarme un café a sorbos. Y ahí sí, abrir la puerta a la ausencia y regodearme en ella. Como un grifo que no cesa, que me empapa, que me hace agua los presentes. Pero hoy no sale. No sé por qué. Se queda ahí tu recuerdo, estancado en el patio de atrás de los adioses, empacado como mula. Yo, que no entiendo bien los caprichos ajenos, le hablo con paciencia maternal, lo tiento. Nada: oídos sordos. Me muerdo las uñas, repito el ritual del cigarrillo, las puertas, el café… Nada: caso omiso. Grito, lo maldigo, lo amenazo, le juro nuncajamases, le lloro un poco también. Y cuando veo que es batalla perdida lo despido, cierro la puerta de la ausencia, y me quedo acá, como ahora: empezando a teclear otro recuerdo que sea más domesticable.
Habría que hablar de él como el filo del precipicio; el borde o el abismo. Y de las miradas intensas llenas de luz y noche; una que se esconde bajo la falda, repta entre murmullos y se convierte en abrazo, en caricia retorcida, en volcán lleno de sangre, en sudor perlando la frente.
Habría que hablar de la distancia bebiéndonos lento, del corazón que de lleno se derrama entre las piernas, del golpe de agua que erosiona el cuerpo, el pecho y la palabra, de la ciudad que parece llenarse con su presencia, de la voz que está en movimiento y permanece líquida, de la lágrima que nadie escucha, y del mar que baila en la memoria, y de las horas, tantas que se amontonan en la arena; arena que se cuela entre los huesos y muerde, y lacera vibrante con la piel llena de heridas.
También habría que hablar de la cicatriz que respira entre cada llaga, de la fractura llena de vacíos, del espejismo que no va a ningún lado; tan fugaz como hilos de sed pintando el paisaje.
Habría que hablar de las lenguas bífidas probando el aroma lleno de siempres. Y de horizontes; habría que hablar de horizontes. Y hablar de los quizás que serpentean poblando las cejas. De la mano que sujeta mi vida. De la angustia que se esconde en la garganta, y del sueño; el sueño que vive en mí.
¿Viste la forma en que la luz de la mañana transgrede la ventana?
¿Viste la forma en que la brisa acuna las hojas sin que digan nada?
¿Viste la forma en que las hojas hablan aunque no saben que son escuchadas?
¿Viste lo que vi cuando desperté esta mañana?
Todo eso mientras pensaba en vos, en nuestra cama.
Recuerdo haber visto esa luz y esa ventana.
Recuerdo esa brisa, esas hojas y esas mañanas.
Recuerdo despertar en esa, nuestra cama.
Recuerdo haberme visto en tus ojos como en mi propia alma.
Lo recuerdo, sí. Aunque a ratos se me escapa.
Iba apresurada al concierto, casi podía escuchar al presentador del evento decir mi nombre a la intemperie y con gran orgullo:
— ... Y con ustedes ¡Isabella Beltrán, la gran guitarrista clásica!.
El estrés y la tensión psicológica que me causaba ser el objeto de tales elogios y partícipe de la gran expectativa de un público tan exigente como el del "8vo festival internacional de guitarra Antonio Lauro" hicieron que mi paranoia aumentase.
Siempre he tenido el gran miedo - como guitarrista - de que mis dedos se caigan, se cansen, salgan volando o cualquier otra razón que les haga irse de mí.
Es un terror que me atormenta desde que tuve mi primera guitarra. Sin dedos soy solo un cuerpo con manos calladas, con palmas que me servirían vagamente para golpear o aplaudir.
Fue una tristeza dejar escapar mis dedos, desde que aquél día mi dedo meñique, cansado de ser tan poco usado en mis interpretaciones con la guitarra, decidió desprenderse de mi mano derecha y tirarse a la alcantarilla. No me quedó más que aceptar que el resto de mis dedos se fuesen todos a hacerle compañia, para que sigan haciendo música.
Aunque eso implique que mis manos queden mudas, tengo el consuelo de suponer, que si alguna vez llevo mi guitarra a alguna cloaca, mis dedos vendrán a tocarla, y podré escuchar por primera vez como espectadora, mi propio concierto.