martes, 7 de febrero de 2012

Su hora azul

La hora azul, esa hora que no es mañana ni noche, que no es luz ni obscuridad, que es y no es. Todos tuvimos, tenemos, fuimos o somos la hora azul de alguien. 
Desde que se conocieron él fue la hora azul de ella y ella la de él, por azares del destino sus circunstancias no quisieron coincidir y sus tiempos y terceros ya nunca marcarían la misma hora. Pero algo tenían claro, sus urgencias estaban sincronizadas, nacieron para ser siempre a la misma hora y siempre puntuales. 
Esa noche las ganas buscaron el motivo para que se vieran, no era la primera vez que se encontraban así, pero si era la primera vez después de mucho tiempo y en esas condiciones. 
Ella estacionó su auto fuera de su casa, sus manos temblaban y su corazón se agitó todavía mas cuando lo vio abrir la puerta. Ella sabía que en cuanto bajara del auto estaría perdida.
Él le dio la mano y entraron a su casa, platicaban como queriendo no poner atención al ardor que sentían por dentro.
"¿Puedo entra a tu baño?" ella preguntó desviando la mirada. Dentro del baño se miraba en el espejo, todo le daba vueltas, no creía lo que estaba a punto de suceder. 
Al abrir la puerta, él estaba ahí, esperándola de pie, la acorraló entre su cuerpo y la puerta, ella no podía besarlo aún y lo abrazó, sus corazones palpitaban con tal fuerza que sentían sus latidos a través del pecho, ni la primera vez que estuvieron juntos palpitaron de esa manera. Rodaban lágrimas por su cara, él se las secaba a besos, en sus ojos, en sus mejillas, en la boca. Por fin estaban completos esos labios, se entregaron a sus lenguas, hacía tanto que soñaban con ese momento salado y dulce, bebían saliva y lágrimas. Arrancando ropa y dejando rastro por todo el camino llegaron a su cama. Entre sombra y luz se hacían uno, se recordaban el cuerpo entero con la boca. Él recordaba como disfrutaba mordiendo su delicado cuello mientras con sus manos la jalaba violento hacia su cuerpo. Sus dedos iban de humedad a humedad dando placer. Él siempre fue un artista con sus manos, la dibujaban, la reinventaban, la hacían morir y revivir al mismo tiempo, era capaz de llevarla a la locura entre espasmos y temblores, como una hoja frágil que el árbol no quiere soltar pero el viento la reclama con fuerza. Les faltaba piel para abrazarse, se abrazaban con los huesos. Ella lo veía jadeando entre sus piernas, envistiendo una y otra vez contra su cadera. Esa imagen para ella fue suficiente para explotar en éxtasis junto con él. 
Pudieron haber pasado la noche así, abrazados, entregados, enredados. Pero sabían que la hora azul se acercaba, tenían que volver a su color, el único color en el que se saben pintar, por que es de ellos, en el que se saben y no se saben.



Ana R.

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