martes, 7 de febrero de 2012

La desaparición de Francisco

   Francisco era de los que se dejaban despeinar por el viento. Era de los que reían fácil. De los que se perdían leyendo un libro, olvidándose del mundo entero. Era de los que sabían recibir un golpe y sonreír luego. Era de los que sabían soñar entregándose al juego.
   Francisco era de los que desconfiaban de la prisa. Era de los que podían pararse en medio de la lluvia a escuchar su caída. De los que olvidaban los relojes sobre la repisa. Era de los que se despertaba antes del amanecer sólo para aplaudir al sol mientras salía.
   Francisco y yo coincidíamos en la clase de matemáticas. Clase que siempre me resultó difícil, extraña. Para Francisco era una pavada, siempre el primero en terminar los ejercicios que el profesor nos daba. Y me ayudaba. Siempre estaba dispuesto a darte una mano para salvarte mientras te ahogabas. Creo que era libre. Feliz y libre, como un ave mientras volaba. Y cantaba. En los descansos o en medio de las clases, lo mismo daba.
   Un día Francisco desapareció sin decir nada. Ya no lo escuché reír ni cantar. Ya no lo vi sonriendo mientras caminaba. Ya no despertó antes que el sol y se olvidó de la alborada.
   Un día me decidí a preguntarle qué pasaba.

—¿Qué pasó Francisco?
—Fue el tictac —me dijo.
—¿El tictac?
—Sí, el tictac golpeándome en la espalda.


                                                          Rubén Ochoa

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