martes, 7 de febrero de 2012

La luna, el callejón y la soledad




La fiesta ha sido realmente aburrida, no entiende cómo ha llegado a esa situación con sus amistades, nos los comprende, ya no los soporta y por eso a la hora de comenzar la fiesta les ha abandonado. No les encuentra interesantes, hace meses que son como un rebaño, no puede evitar imaginárselos así, cuando está reunida con ellos solo escucha un “bla, bla, bla” infinito, que si mi hijo, que si el colegio, que si el sillón… completamente anodinos, vulgares. Eso hace que se sienta más extraterrestre que nunca y no lo soporta. Tan solo tiene 27 años y está en esta vida para disfrutar, ya no encuentra con quien.

La calle está silenciosa, pero ella se siente poderosa, la gusta remarcar el sonido de sus tacones cuando anda por la calle a esas horas, se siente libre y se contonea, hace que la ciudad se contoneé con ella.  Se olvida de todo y solo mira las luces artificiales como la vida de sus amigos, sonríe y se suelta el pelo, no fue una buena idea hacerse un peinado tan complicado para tan aburrida fiesta. Se quita la chaqueta y con ella en la mano muestra al mundo el minúsculo vestido negro que hoy se puso para que sus amigas se muriesen de envidia, el último juego que la queda con ellas, ver sus caras y sentir sus cuchicheos a su espalda.

A lo lejos divisa la silueta de otra persona, no distingue si es hombre o mujer, ella sigue con su ritmo y marca más las caderas. Provocar, es su forma de respirar.

Empieza a distinguir la silueta que se acerca por la misma acera que ella, es un hombre y una idea la cruza la cabeza, como un rayo que quema sus entrañas, necesita que algo tiemble esta noche y si es su cuerpo mejor.

Cuando está a escasos dos metros de él, le mira a los ojos y se le abalanza a su cuello, él confuso en un principio, se deja arrastrar por ella al callejón que divide sus vidas. Allí ella pierde todo control y lo devora mientras él se deja hacer. Se siente poderosa, es dueña de su cuerpo y el de él, todo la pertenece y lo hace ver poseyendo a ambos, el callejón, la luna y su propia soledad.

No hay palabras, alguna que otra mirada que se cruza, miradas que al terminar son de satisfacción y poder, él, de vergüenza y arrepentimiento, ella.

Se coloca la chaqueta y se recompone, sin mirar atrás, sin mirarse a ella misma, alza la cabeza y hundida en su crecida soledad vuelve a dar vida a sus tacones, llenando el silencio de estruendosos “clac, clac” que taladran su cabeza. 

Julio Muñoz 

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