martes, 7 de febrero de 2012

Con el alma en pedazos

En menos de lo que dura el sol ocultarse en el ocaso, en tan solo escasos granos de arena llamados minuto, toda su niñez se evapora, abandona y se extingue ante mis ojos que duelen de mirar.
El joven dejó de pensar en el amor y se hizo hombre.
El niño dejó de soñar con los abrazos de Santa en Navidad y comenzó a mirar diferente.
Sin risas, apagados a ratos y duros, con preocupación y dolor callado.
Aquí de pie mientras el piso parece caer, estoy viéndolos perder las costras de sus heridas aún recientes, por las que el alma de un niño pierde el brillo de la inocencia y deja de soñar.
Heridas expuestas, abiertas, desnudas en dolor y en la verguenza. Heridas que nunca sanarán, ni les permiten cicatrizar, que comienzan a latir y que dolerán para siempre.
En medio, yo arrancándoles sus recuerdos uno a uno como hojas que se pierden de un árbol y jamás volverán porque las secará el Otoño.
Tanto se ha perdido en el camino, que nos vemos los rostros sin reconocer a duras penas en lo que nos han convertido.
Un solo propósito, que nuestras manos permanezcan unidas sin soltarse en medio de tanta zozobra y aún así, separar los de pedazos de sus vidas, sus historias e irnos desmembrando poco a poco del arraigo vivencial, mientras me convierto en el verdugo de sus sueños y anclaje a un destino predeterminado.
Partirse y quebrarse por dentro, como si no fuera suficiente hasta quedarse con los huesos solamente, mientras el dolor abraza el espíritu y se aferra sin querer soltarnos mientras dure el alma expuesta.


Silvia Carbonell L.























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