martes, 7 de febrero de 2012

El verdadero amor

Admiraba el amanecer lluvioso cobijado por el techo de una pasión perdida, pensando en lo triste que era la vida, deseando realmente encontrar algo por lo cual vivir, cuando de pronto dejó de llover y un rayo de sol salió. Me envolvió cálidamente entre su luz y me hizo sentir seguro y feliz. Pero sentí pánico. ¿Cuántos amaneceres no había pasado en la lluvia? ¿Cuántos años no había pasado con frío y angustia? ¿Por qué ahora sentía el sol rodeándome con su paz infinita?
Temí rendirme a su llamado luminoso. ¿Qué tal si de pronto ese rayito de sol se apagaba? Tendría que regresar a la fría y húmeda monotonía de aquella pasión lejana, tan lejana que es absurda y tan absurda que resulta segura y casi cálida. Retrocedí, temeroso, un paso, y las sombras que siempre me rodeaban, me llamaban, me extendían los brazos amorosos como amantes deseosas, me llamaban con voces maternales y me necesitaban como a nada en el mundo. En cambio, aquel rayito de sol, tan tibio, tan frágil, tan pequeño, no esperaba que lo abrazara, pero tenía la esperanza de que yo volviera.
De pronto lo entendí. Tenía la oportunidad de estar en calma, de tener paz, de ser inmensamente feliz, aunque sólo fuera un sueño. Si lo era, qué más me daba. Jamás lo sabría si no me lanzaba con el corazón cegado y los brazos abiertos. Di la cara a las sombras y les sonreí. Les agradecía el tiempo que pasé con ellas. Entonces di un paso, un paso pequeñito, pero firme y decidido, y me entregué al rayito de sol, y él se ha encargado de convertir los nubarrones de mi cielo en un jardín de flores y mi vida en un árbol fuerte, grande y frondoso, que extiende sus ramas al cielo y agradece cada anochecer, porque sabe que al día siguiente, el primer rayo de sol será para él.

Nadia L. Orozco

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