martes, 12 de marzo de 2013

La bicicleta que hacía girar al mundo

Ahí se encontraba en el jardín, un poco oxidada pero era a lo más que aspiraba el humilde padre a darle de regalo a su pequeña hija, una bicicleta color gris, usada pero no inservible, no era exactamente lo que la niña hubiese soñado pero ciertamente le serviría para su propósito; solo necesitaba aprender a manejar tal artefacto que usaría para transportarse a su escuela, que dicho se de paso se encontraba retirada de su hogar.

La niña decidió empezar primero con la parte sencilla, nombrar a su bicicleta, pensaba que su por alguna razón alguien iba se subiera en ella todos los días lo mínimo que pediría es que le dijeran por su nombre. La niña observaba sentada en el pasto su bicicleta, tenía un gesto de profunda duda y la mano en su barbilla la hacía ver cual genio en  busca de respuestas; súbitamente la niña sonrió y saltó cantando «Te llamaré Luna, te llamare Luna».Le parecía perfecto, no solamente por su color, sus ruedas le recordaban a las lunas llenas que tanto admiraba y gustaba de dibujar en sus cuadernos, además tenía cuernos al igual que aquel astro y el asiento  se le asemejaba a un cuarto menguante o como ella la llamaba «La Luna sonriente» por su forma curva.

Venía la parte difícil aprender a «caminar juntos»; su padre le ofreció a enseñarle pero ella se rehusó, pareciera que la pequeña niña quería domar a esa bestia por su cuenta. No obstante el padre le ofreció ciertos consejos. Empezó por montarse a su bicicleta y tomarla por los cuernos con decisión y firmeza, no iba a permitir que tal monstruo de metal sintiera debilidad en ella; colocó sus pies en los pedales y empezó a usarlos para hacer girar los mecanismos, que aunque le parecían raros los entendía a la perfección, para hacer girar las ruedas. No pasaron ni 10 segundo cuando la niña perdió el equilibrio y cayó; sin chistar se levantó y volvió a subirse diciéndose: «He de domarte Luna». Trás pasos inseguros y equilibrios endebles, la niña poco a poco fue dominando el arte de moverse en su bicicleta, le bastaron tan solo unas cuantas horas para lograr su cometido.

Al día siguiente  emocionada salió corriendo de su casa, casi olvidaba despedirse de su padre pero su emoción era a tal grado que era capaz de olvidar todo en ese instante, solo eran ella y su bicicleta en ese momento. La tomó, empezó a pedalear rumbo al sendero del sur y emprendió camino. Es difícil saber la distancia exacta entre su casa y la escuela, por ese camino rural existían pocas casas, además la niña sólo sabía que de su casa a la del vecino más cercano eran 20 minutos, y de ahí a la siguiente unos 15 minutos (...), así era su forma de saber que tanto faltaba para llegar a su destino pero hoy todo cambiaría, pues estaba en una nueva forma de transporte. Se encontraba pedaleando por el sendero, bastante liso y rodeado de múltiples árboles coronados con espectacular cielo azul; entre las ramas se podían ver algunos hilos de luz que parecían estar tejiendo una telaraña; el pasto verde  a los lados del camino podía vérseles caer unas gotas del rocío matutino; el viento aunque casi nulo acariciaba suavemente la cara de la chiquilla. Todo esto iba admirando y por alguna razón la niña nunca antes se había percatado, ni del pasto, ni de los árboles, ni de la luz, ni del cielo, ni del sendero, ni del viento; antes su atención se fijaba en el tiempo que tenía que recorres de su casa a la escuela; su bicicleta le parecía mágica, porque para ella, a pesar de estar pedaleando no sentía que se movía, se sentía quieta y que el mundo era el que se movía con cada pedaleo; antes caminaba a la escuela, ahora hacía que la escuela viniera a ella.

Ese día en la escuela le pareció una eternidad, ciertamente al no estar montada en su bicicleta el mundo parecía no girar lo suficientemente rápido, lo que hacía que sus sospechas acerca de su transporte parecieran casi un hecho. Nada relevante pasó en ese día de clases; tuvo las mismas clases, salió al patio a jugar regresó y en su tiempo libre hizo un dibujo que enmarcó su descubrimiento de ese día (Era un dibujo de ella, montada en su bicicleta y debajo de ella el mundo, todo esto lleno de dibujos de lunas de todo tipo, llenas, crecientes, menguantes). Salió de la escuela con la misma prisa que salió de su casa, tomó su bicicleta y emprendió camino rumbo a su casa. De nuevo iba pensando en el poder que tenía en sus manos y pies, era capaz de hacer que el mundo girara más rápido, por lo tanto la noche llegaría más pronto. Llegó a su casa y le platicó a su padre su descubrimiento, el padre solo esbozó una sonrisa y le siguió la corriente. La niña hizo velozmente su tarea y decidió hacer un experimento para comprobar su hipótesis, salió a su jardín tomó su bicicleta y empezó a dar vueltas primero por el patio y luego por el sendero del sur; al principio parecía un experimento con tintes científicos pero rápidamente cambio por un sentido estrictamente lúdico. La niña estuvo afuera por algunas horas (Que a ella le habían parecido a lo mucho unos 20 o 30 minutos) cuando por fin se bajo de su bicicleta ya estaba por caer la noche, se decía a si misma: «Si es mágica, llevó a lo mucho 30 minutos y  ya casi sale la Luna». Entró a su casa, cenó y se fue a recostar pensando que tenía el poder de hacer llegar la noche cuando ella quisiera y el día también (Aunque ella prefería la noche y sus lunas).

Así pasaba los días la pequeña, jugando con su maquina que hacia girar al mundo, cuando quería ver a la noche y la luna, cuando quería que avanzara el tiempo más rápido, cuando quería divertirse. Cierto día su padre le dijo que se tenían que mudar a una ciudad más grande, su casa iba a ser más pequeña y probablemente sin patio por lo que ya no iba a haber cabida para «Luna» y tenían que regalarla. La niña se entristeció pero sabía que alguien más cuidaría de su bicicleta y su secreto. Rápidamente corrió, tomó una hoja, escribió algo, metió el papel en un sobre y se lo dió a su padre diciéndole: «A quien le regales la bicicleta dale esto y solamente que la persona que la tenga lo lea» y le entregó el sobre. El padre se vió tentado a abrir el sobre pero no lo hizo; regaló el vehículo a uno de los vecinos (El que quedaba a 20 minutos de su casa) que tenía un niño casi de la misma de edad que su hija.

Ahí se encontraba en el jardín, un poco oxidada, una bicicleta color gris, usada pero no inservible, con una carta adherida a su asiento, el nuevo dueño la tomó y empezó a leerla:

«Hola, me llamo Luna y soy una bicicleta mágica, puedo hacer dar vueltas al mundo siempre y cuando me pedalees muy fuerte, vamos a divertirnos juntos mucho como yo lo hice antes con mi anterior dueña y amiga».

Y detrás de este texto se encontraba un dibujo de una niña en su bicicleta, debajo el mundo y rodeada de muchas lunas y el texto «Luna, la bicicleta que hace girar al mundo y yo».

Luis Becerra
@LuisBecerraO


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