martes, 10 de septiembre de 2013

Km 13, en 20 minutos.

KM 13, en 20 minutos.

Creo que hacía tiempo que caminaba por la cuerda floja de la vida y no me había percatado de ello. Todos saben que el sexo es adictivo, pero lo que no saben es que el aroma a excitación de una mujer es el más sutil de todos los olores y también el más detectable inconscientemente para los machos de la especie humana, una droga para quienes la han probado en su forma más pura. Yo era adicto al embriagante olor a entrepierna mojada, esa era la delgada cuerda por la que caminaba a ciegas, sin más brújula que mis ganas.

Aquella noche hice una parada tardía en “Ruben’s” con la idea de tomar un trago, fumar un cigarrillo y quizá, levantar algo más intenso para beberlo de madrugada. En la barra se encontraban algunos clientes conocidos, compañeros regulares que acompañaban en silencio su soledad con la soledad silenciosa de otros retazos de la misma tijera. En ciertas mesas no faltaba la promesa velada de alguna antigua compañera de sexo casual, pero ninguna que me motivara a lanzarme al conocido vacío de las caricias sin química.  Después de un largo rato de estar sentado en mi mesa a solas con mis elucubraciones filosóficas-etílicas, me percaté que el gerente del lugar estaba a poco tiempo de corrernos a todos con el cruel encendido de esas luces mata alegrías y su violento regreso a destiempo a un mundo libre de humo, carente de complicidad y piedad para los defectos físicos. Me preparaba a pedir una última copa y sacar otro cigarrillo de una caja semivacía que dormitaba en la mesa a un lado del cenicero cuando la vi por primera vez, con su insoportablemente sensual vestido rojo y su caminar de mantis religiosa en celo.

Ella entraba en el tercer puesto de una fila despreocupada de trasnochados que la acompañaban, sin saberlo yo, a derrapar en una de las curvas eróticas que a ella y a mí nos deparaba el destino. Si para el mundo el rojo es señal de pasión, para mí es sinónimo de una mujer sin nombre que cavó surcos de lava caliente en mi espalda, que llegó como ladrón a mi vida, después de la medianoche, justo en el estertor de aquella madrugada de tragos y alegrías artificiales y se marchó de la misma manera. Para mi mala fortuna, yo estaba a pocos metros de la mesa que les asignó el mesero y hasta ese instante tomaba mi bebida con desinterés en aquel ambiente ensopado de sudor e impregnado de olores mezclados de cigarros medio consumidos, alcoholes baratos y perfumes tibios con aroma a sexo desesperado.

Meditaba en marcharme, la mujer de rojo estaba bien franqueada y ni para mí era buena idea intentar algo con ella. Pero reparé en lo extraño del grupo de entes que la acompañaban, eran dos mujeres y tres hombres, con ella se formaban 3 parejas disimiles, sin ese aire cotidiano que tienen las parejas que mantienen una relación amorosa normal. Ninguno de los varones era feo, ni demasiado atractivo; era el conjunto lo que los hacía llamativos para el sexo opuesto, vestían ropa formal, de buen gusto y cara, tenían modales corteses, eran atentos y sabían reír o escuchar en los momentos precisos. Las mujeres estaban vestidas y maquilladas como se visten las mujeres que salen de casa pensando que se las van a coger. Es decir, se veían impecablemente seguras de si mismas y sexis. Se movían de manera elegante, aunque discreta, como lo hace la mujer que está acostumbrada al poder, a la riqueza o la belleza. Quizá fue esa proyección de mi mismo lo que llamó la atención de ella, la mantis religiosa sobre mi persona. Yo vestía un pantalón negro de sastre, una camisa italiana color blanco y un saco que me caía perfecto de los hombros a la cadera. Mi cara estaba afeitada en las áreas que no ocupaban mi barba de candado y ésta, estaba bien cuidada y recortada, con algunas de mis canas asomando en el bigote y la barbilla, como recordatorio al mundo de mis andares por la vida. Soy de esos hombres que buscan la mirada de una mujer sin miedo, pero sin insistencia, que sabe mirar de reojo y esperar el momento para mover la vista en el segundo preciso para cruzarla con la presa sin que se preste a la percepción de estarla buscando. Así sucedió con aquel primer cruce de espadas, yo la esperaba sin verla frente, aunque nada me había preparado hasta entonces para ese vistazo al abismo de su mirada. Duró segundos, le sonreí con el brillo fulgurante del coqueteo en mis ojos y ella me respondió desviando indiferente el rostro, como diciendo —No te he visto y si lo hice no estoy ni remotamente interesada en ti, mírame si quieres, pero ya tengo un acompañante y no eres tú— solo para volver de nuevo la vista hacia mí al cabo de unos instantes, cuando el tiempo transcurrido podía juzgarse de prudente y que apuesta de por medio, yo debería estar mirando hacia otro lado, para su sorpresa y la de sus demonios del sexo, efectivamente no la miraba directamente, pero estaba al pendiente en la periferia de los movimientos de su cara y la atrapé mirándome descarada y lascivamente. Esta vez me sostuvo la mirada, nos enfrentamos en un reto visual en el que bajaría la mirada el primero que sintiera miedo de que se le escapara el alma por los ojos. Terminamos en empate, un mesero se atravesó para informarles que esa sería la última ronda de bebidas, pues estaban por cerrar.

Con una señal de mano pedí la cuenta a lo lejos al mesero, mientras la traían me levanté para ir al cuarto de caballeros. Habían pasado unos minutos y yo estaba a punto de tomar la puerta para salir del baño, cuando ésta se abrió desde afuera, la dama de rojo no entró por completo, pero me tomó del cuello de la camisa, creí que me besaría o quizá mordería mi cuello, sentí su aliento cálido y con un vaho ligero de alcohol pegando chocando contra mi rostro y su perfume fino colándose hasta el fondo de mi cerebro. La adrenalina se disparó por todo mi cuerpo y cuando sus labios rozaban apenas mi oreja, me susurró misteriosamente: “KM 13, en 20 minutos” y me soltó  la camisa sin esperar respuesta, ni voltear a verme, dejándome desconcertado y  con una erección que me reventaba el pantalón.

Cuando llegué a la mesa me di cuenta que el grupo completo de la mesa de la dama de rojo se había marchado, pagué rápidamente la cuenta y salí al aire tibio de ese verano con un cigarro encendido en una mano y en la otra las llaves que me llevarían a un extraño punto en el mapa.
Manejé sin problemas, la carretera estaba desierta, a esa hora eran pocas las llantas de automóviles que rodaban por el asfalto. En mi cabeza el humo del cigarro se mezclaba con los intentos por encontrarle sentido a aquello. A cien metros, pasando la curva del último tramo del KM 12 vi una extraña formación de autos estacionados en el acotamiento de la carretera. El corazón me dio un brinco en el pecho, pero la necesidad de dilucidar el misterio y también la mezcla de excitación y miedo me llevaron a estacionarme detrás del último coche. Por instinto apagué las luces y me quedé sentado detrás del volante esperando.

Desde mi  privilegiado lugar pude observar dos manos de mujer pegadas al vidrio trasero del coche enfrente de mí y una cabellera castaña alborotada que subía y bajaba a ritmo lento y con placentera cadencia. Sentí entre mis piernas el latigazo del placer voyerista y abrí la ventanilla para escuchar todo lo que fuera posible.  Así como la nariz puede detectar ciertos olores, hay sonidos para los que el oído está especialmente entrenado para captar. Unos gemidos de mujer viajaron por el aire para entrar por mi ventana como si yo estuviera en el otro auto, ella jadeaba excitada y pedía que se lo dieran más duro, que no parara de penetrarla de esa manera. Los gruñidos de una voz masculina se mezclaban con sus gemidos, un hombre estaba sentado por debajo de ella y era el responsable de impulsarla hacia arriba y jalarla por las  caderas hacia abajo, hacia su estaca empapada y despiadada.
Estaba por prender un cigarrillo, más por evitar la tentación de poner las manos en un lugar distinto del volante que por ganas de fumar, cuando al raspar el encendedor para abrir fuego contra el tabaco, alcancé a percibir otros gemidos de mujer más lejanos. De alguno de los autos de más adelante en la línea, otra pareja o trío estaba cogiendo salvaje amparados por la noche. Los sonidos eran inconfundibles y el miedo había cedido por completo su lugar a una intensa excitación. Sentado con mi cigarrillo entre los dedos, me debatía entre seguir siendo espectador o apercibirme en alguno de los automóviles. Pero intuí un código secreto en todo aquello, no había sido invitado para unirme a ellos, sino para ser testigo, no podía ni debía abandonar mi lugar. Me quedé inmóvil escuchando los gemidos, dando chupadas al humo cuando por dentro habría querido estar chupando piel de mujer, si era caliente y húmeda, mucho mejor.

Mi mano derecha soltó el volante, con el pretexto de descansar se posó sobre la palanca de velocidades y en algún momento, cuando  me auxilió a prender otro cigarrillo, terminó reposando por debajo de mi cintura, sobre el bulto que palpitaba con vida propia bajo mi pantalón negro. Con la palma completa mi mano se restregaba contra mi carne por encima de la tela, como quien intenta en vano calmar a un perro salvaje. La puerta del carro al final de la caravana se abrió y de ella salió caminando mortalmente sensual la dama de rojo. Cruzó por enfrente de la defensa delantera de mi coche y se coló por la puerta del copiloto hasta quedar a mi lado. En silencio quitó mi mano derecha de donde estaba, abrió el cierre de mi pantalón y relevó mi mano de su labor con sus labios. Cerré los ojos y me dejé llevar por la intensa y ardiente sensación de estar dentro de una  boca de mujer. Su roce era intenso, pero exacto, calmaba mi necesidad de placer sin prisa y sin forzarme ni por un segundo al punto sin retorno. Su agenda era meticulosa, al cabo de unos instantes, sentí una de sus piernas subiendo por encima de mis muslos y supe de inmediato lo que pasaría a continuación. No hubo tiempo para pensarlo, ni aunque lo hubiera habido habría rechazado lo que venía a continuación. Mi carne inflamada sintió la suavidad de su piel entreabierta y mojada, abrí los ojos en el momento que su boca se prendió a la mía en un beso salvaje con mi propio sabor entre sus labios y el sabor a su saliva con un toque de alcohol. Su lengua penetró mi boca, y mi carne se hundió sin remedio entre la suya.

Lo que siguió a continuación solo mi coche pudo ser testigo, si pudiera hablar les diría cómo su carrocería se movía candentemente de un lado a otro, como la dama de rojo revolvía su cadera sobre mis muslos y se tallaba contra mi bajo vientre, como me chupaba y me absorbía el deseo con sus entrañas de mantis religiosa. Clavó sus uñas en mis hombros y en la espalda, yo le mordí el cuello y por debajo del vestido le encajé las uñas en las nalgas. Fue toma y daca posesivo, orquestado y administrado por mi anfitriona, yo hice mi aportación, pero la mayor parte estuvo a cargo de ella.
Cuando terminamos, besó la base de mi cuello y lo lamió hasta llegar a mi oído, volvió a susurrarme al oído: “KM 23, próxima semana” y se bajó de mi coche para dirigirse a donde se había bajado poco antes de aparecer ante mis ojos. En instantes, como si nos hubieran estado esperando y observando, todos los autos encendieron y tomaron camino.

Desde entonces y cada semana, el punto para la cita va cambiando de lugar. A veces es en plena ciudad, otras veces es a la orilla del mar. Unas veces me toca estar con la dama de rojo y otras veces es otra completa desconocida.



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