martes, 23 de abril de 2013

El viaje en tren


El tren se tambaleaba por la velocidad en el viaje de vuelta. Él, sentado en el último asiento del vagón, observaba las cabezas que sobresalían de las butacas. Un par de decenas de personas compartían aquel lugar móvil que los alejaba de una ciudad para acercarlos a otra. En la televisión, una oscarizada película de muy bella factura amenizaba el viaje: “por fin buen cine en el tren” – pensó.

Sus pensamientos comenzaron a llevarlo a otros lugares, como siempre solía ocurrir en estos casos. Comenzaba a pensar en qué pensarían (valga la redundancia) sus acompañantes. Volvía a filosofar sobre la vida mientras era mecido por aquella montaña de acero que surcaba la península a doscientos cincuenta kilómetros por hora. Gente que se había cruzado en su vida y que, probablemente, no volviera a ver jamás… o quizás si, quien sabe. Siete mil millones de personas en este mundo y coincide con veinte en ese lugar tan comparativamente pequeño. Sólo ve coronillas asomar y se distrae imaginando qué pensamientos, sueños, sensaciones y emociones, habrá dentro de cada una de ellas. La películas avanza, al igual que lo hace el tren. La noche ha invadido ya el paisaje manchego y sólo las luces artificiales de algún pequeño poblado dan a entender que la civilización sigue ahí fuera inmóvil, impertérrita, sin enterarse de lo que está sucediendo en ese motorizado vehículo. Allí fuera, también habrá gente, cientos, miles y millones de personas con historias que contar y con mucho que enseñar y, probablemente, jamás nadie las escuche. Él sigue avanzado y los deja atrás, vuelve a encerrarse en los pensamientos y en las reflexiones estúpidas que rondan su cabeza. Otro día ha pasado, pero de éste, al menos en cierta parte, quedará constancia.

Deja aquí, en estas líneas, testimonio de su tren y de sus acompañantes, todos anónimos, pero los que el destino quiso que sacasen un billete parecido al suyo y con ello entrar en la posteridad, cual actores secundarios de una obra de cuarta categoría. Pero algo es algo, no queramos ser todos Romero, Hamlet o Ulises; historias así no se ven ni todos los días ni en casi ninguna de las vidas, nosotros nos conformaremos con seguir viajando y seguir escribiendo


Antonino de Mora Taberner
www.losmomentosalpedo.com
@antoninomora

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