martes, 25 de septiembre de 2012

Hay algo de otoño en el adiós.


El adiós, esa estación de lo que parte. Aparte. El adiós es quien se queda, se queda en ese movimiento pendular e inverso que marca el ahora en que nos desprendemos, un marca-libros que recuerda la ausencia de la hoja, de lo extinguido entre las llamas del recordar.

El paisaje y sus fauces celestiales alfombradas con los sinuosos bailes de la hojarasca fueron tragando su silueta, mientras un extraño y lento mundo se balanceaba trazando un leve arco, marcando la sutil curva invisible en el dolor del instante, una nostálgica palma que hondea  y es mano y es cuerpo que se aleja hacia adentro, hacia las calles azuladas de la nostalgia, esa ciudad de seda punzante. 

Es adiós que hoy es de bolsillo y también es libertad, porque la libertad también duele y es en el dolor donde se logra percibir sus barrotes. Barro las hojas secas y las guardo en la herida. Aguardo en el secreto entre la herida del filo. En las lagunas otoñales de la mente. En el viento que la hojarasca se llevó. En el fino hilo infinito que va bordando la distancia, que va desbordando el vacío.

Así es como nunca, siempre. Así es como me olvido para recordarte en un intento de ser el testigo de mi  propia ausencia. Sí, desterrarte del recuerdo porque soy olvido. Así me deshojo en el adiós, como el árbol de viento que se lleva las hojas, como este otoño que es el adiós en que nunca te vas.


Alexander Gnomo.

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1 comentarios:

  1. El otoño es solo el principio de otro fin, que volverá, para quedarse en la memoria.

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