martes, 4 de diciembre de 2012

Tenía ocho años tal vez, no lo tengo claro.


Tenía ocho años tal vez, no lo tengo muy claro, mi memoria había empezado a fallar desde entonces, pero sí recuerdo que no tenía muchas cosas, casi nada de hecho, pero no importaba porque no sabía lo que me faltaba, vivía al día y vivía bien, mis metas diarias en la vida iban desde cuál árbol trepar hoy y entrenar para el siguiente torneo de canicas contra los de 6°. La poca memoria que tenía la usaba para memorizarme fechas de guerras que no entendía y que habían pasado hace más tiempo del que podía comprender, para mi tener 8 años 7 meses y 19 días eran mucho tiempo, eran toda mi vida y más allá de eso era algo inimaginable, también memorizaba poemas de amores suicidas, cantares mixtecas que eran juegos de letras y palabras incomprensibles. Mi mundo era muy ilógico.

Ahora con 25 años tengo menos certezas del mundo que me rodea, creo saber más cosas y claramente me sé más ignorante que nunca, sigo adorando ir lejos sin destino, aún guardo las canicas que les gané a los de 6° y el árbol que trepaba sigue ahí, cruzando la calle, engrosando su tronco año tras año a la espera de los nuevos infantes que lo trepen en equipo por algún juego o para escapar del perro furioso del vecino que dice odiar a los niños.

Hay cosas que nunca olvidaré a pesar de mis olvidos, afortunadamente la mayoría son cosas bellas.


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