martes, 4 de diciembre de 2012

El aire cambió su olor.



El aire cambió su olor al despertar:  era ella.

Nervioso, ansioso, preocupado, miraba a todo y nada, caminaba, las ideas en mi mente no eran claras, ¿tendría una meta?, ¿será su olor?

Y seguí caminando sin rumbo, seguro de llegar, caminé, no sé cuánto tiempo, el reloj se negaba a avanzar, dejé atrás al tiempo y mi meta tomaba forma de mujer… me paré un segundo a pensar y mi mente seguía en blanco, el olor en el aire empezó a tomar un matiz familiar, aún indefinido y agradable.

Y siguiendo el rastro del viento me atreví a volar, y el superhombre me invadió: acabé con los nervios, ansiedad, preocupación. La meta era fija: seguir ese algo con forma de mujer y aquel olor.

El cielo estaba a mi favor, el viento me tomó de la mano y me invitó a seguir, sentía las nubes en mi rostro haciendo del cielo mi lugar perfecto. Por un minuto sentí el cansancio y me detuve a contemplar el paisaje desde el cielo: montañas, lagos, grandes llanuras; y el viento me golpeó la cara recordándome seguir, y el aire cambió su olor.

Era fuerte, un aroma intenso que le puso rostro a esa silueta con forma de mujer: era ella.

«¿Y si es un sueño?», me pregunté, como desafiando al superhombre, supuse caer por un segundo, pero su olor era más fuerte y seguí volando…
Y el viento me llevó a un lugar extraño que gritaba mi nombre, insistente, fuerte, dulce… en ese momento me sentí perdido, miraba a todas partes: buscándola.

Y en ese instante el superhombre desapareció, caí de golpe al suelo. Aturdido, nervioso, me puse de pie, miré al horizonte y era ella, ¿era ella?. Confundido aún me acerqué, como si la hubiese conocido, respiré profundo y le planté un beso, el aire cambió de olor, mi cuerpo, mi mirada. Me convertí en ése ríe, el que canta, ése de ella.

Era el día perfecto, tomé su mano para no soltarla y caminamos rápido con rumbo al paraíso: al de su voz, al de su cuerpo, su cara, su aroma…

Y todo el silencio, las miradas, las caricias, se convirtieron en una «batalla brutal» y no importaba ganar sino seguir peleando, a piel, corazón a corazón…

Y la «batalla» se convertía en sueños, en miradas profundas, en gritos, en su aliento en mi ser, en su cintura en mis manos, mi batalla se convertía en ella, moría con ella y resucitaba una y otra vez, porque era ella… si terminamos muertos resucité en sus ojos y en su voz, es sus «te amo», resucité para vivir por ella.

Y el tiempo que dejé atrás no llegaba, y seguíamos unidos en un solo latido, burlándonos de la distancia, nos reíamos juntos del tiempo, no importaba nada, fuimos más fuertes que el «destino» y hasta nos burlamos del amor, haciéndolo pequeño.

Nací de ella y me mataba, renacía en ella, moría. Esto de matarme a besos, golpes y caricias me invitó a vivir.

Y sentí que pasaron años sin salir de ella, crecíamos juntos, corazón a corazón, latido a latido, piel con piel. Y el sonido de su voz que no dejaba de encender mis sentidos y ver el mundo con color a ella. No existe más.

Entonces, el aire cambió su olor, anunciando la venida del tiempo, del tiempo que llegó a tomar venganza y llevarme de vuelta, ése tiempo que no perdona, el que no olvida, ése que pudimos ganar.
Cada lágrima en sus ojos debilita al tiempo, esas caricias y los besos, se sellaron en un pacto para matar al tiempo, para que no regrese nunca.

Abrí los ojos a la realidad… y el aire cambió su olor...

Fernando.

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