martes, 4 de diciembre de 2012

Colorama

 
Ella creía que cada emoción tenía un color diferente. Cuando se sentía abatida, solía ver el cielo tan gris como previo a un aguacero, por más que el sol estallara. Si estaba feliz, hasta el césped era rosa, y los edificios mutaban ante sus ojos en un rojo pálido y lavado, casi etéreo. Si latía fuerte por amor, todo era bermellón radiante y cálido. El dolor era de un azabache, denso, profundo, aunque mirara las luces del semáforo.
Sus sentimientos la teñían a tal punto, que hasta sus ojos cambiaban de Pantone. Así, era dable encontrarse con sus miradas anaranjadas, si la mañana la encontraba de un humor agradable, o chocar de lleno con su iris turquesa eléctrico, si la noche la volvía apasionada.
Yo siempre la pensé como una paleta de pintor, presta a dejarse colorear según mutara su jornada.
Ella, me confesó un día, siempre se soñó blanca.
 

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