martes, 3 de enero de 2012

El tío Pepe.

Tenía yo cerca de 17 años cuando conocí al tío Pepe. De esos tíos que al verte mencionan que estabas uuuy, así de chiquita cuando te vi. No recuerdo haberlo visto jamás en mi vida. Era primo de mi abuelo paterno, de esos de por sí ya lejanos. Hombre muy agradable, ciertamente.


Un día, mis padres, hermanas y yo, estábamos planeando un viaje de pesca, y mi padre menciona que teníamos ‘un encargo’ pendiente…
De manera misteriosa, mi padre saca de su auto un florero plateado (al menos eso pensé que era), y nos dice a todos: saluden al tío Pepe. Sí, amigos. El tío Pepe había fallecido días atrás. Qué pena. Su último deseo fué que sus cenizas fueran tiradas al mar.

El tío Pepe vivía en Torreón, así que le era algo difícil a sus familiares cercanos cumplir con su deseo -eso y algo de no importarles-, así que mi padre, que fué su sobrino favorito, decidió mandar traer la urna para llevarla a su última morada. Estábamos conmovidas todas.

Al día siguiente, muy de madrugada, subimos a la camioneta maletas, cañas de pescar, hieleras, carnada, cobijas y partimos felices.

Ya teníamos cerca de una hora de viaje, cuando mi papá le pregunta a una de mis hermanas: Hija, ¿dónde pusiste al tío Pepe? Mi hermana entró en pánico. El tío Pepe se había quedado esperando en la mesa de la cocina, junto con las almohadas.

 No almohadas, no tío Pepe. 

Pese a la seriedad que requería el momento, todos rompimos a reír. El tío Pepe tendría que esperar a la siguiente salida de pesca.

Pasaron las semanas y se organizó una nueva salida. Mi papá y sus hermanos saldrían a la pesca del marlin. Hermosa experiencia, les digo. Otra vez, muy de madrugada, cargaron la camioneta con cobijas, hieleras, carnada, cañas, carretes, cervezas y partieron, aún de noche.
-Compadre, dime que te trajiste al tío Pepe, por favor, le dice mi papá a uno de sus hermanos. Su cara lo dijo todo.
-Es que no podía cargar las cervezas y traerme la urna, cabrón. Además, le dije a este pendejo -señala a otro tío- que se lo subiera.
-Y, ¡¿dónde lo dejaste, baboso?!, dice mi papá en tono exasperado. -En la cochera, junto al tanque de gas que tampoco nos trajimos.

No tanque de gas, no tío Pepe.

Pasaron 2 meses y se planeó una salida EXCLUSIVAMENTE para llevar al tío Pepe. Ésta vez, lo subimos a él primero (junto con las tortas). Estábamos felices. Por fin íbamos a cumplirle su último deseo al famosísimo ya tío Pepe. Llegamos a la playa, bajamos la lancha. Cargamos la lancha con toallas, sombreros, bloqueadores, bikini, bebidas, botanas, subimos y partimos contentos. Llegamos a un claro hermosísimo, cerca de un despeñadero en las costas frente a las islas Marías (andábamos lejos). Mi papá, todo solemne.
-Hija, -me hablaba a mí-, creo que debemos decir una oración o algo, para despedir al tío Pepe. Todos votamos y tú perdiste. Te toca. Sorprendida pero aliviada de que finalmente le íbamos a dar descanso al tío, acepté. -Pásame al tío, pedí. -Tú lo traías, ¿no?...

Ay, no.

El tío Pepe había sido olvidado en la cajuela de la camioneta, junto con los lentes de sol de mi hermana menor. No lentes de sol para mi hermana, no tío Pepe. Todos reímos como locos. ¿Cuántas veces lo habíamos olvidado ya? Tal parecía que el tío Pepe no quería ser llevado al mar, realmente. Se tenía que hacer un viaje más y llevar SOLO al tío Pepe como cargamento, para asegurarnos de no olvidarnos de él ésta vez y así se hizo. Subimos todos a la lancha, preguntándonos cada 2 minutos si aún traíamos al tío Pepe en las manos. Así era. Partimos a altamar. Esta vez, mi papá eligió un lugar más cercano, ya que la mar estaba un poco agitada, pero era igual de bello, cerca de San Blas, Nayarit.

Llegamos. Estábamos un poco tristes porque el tío Pepe se había convertido en alguien importante en nuestra familia, en nuestra casa. Pero teníamos que cumplir su voluntad. Todos lo sustuvimos en manos y dijimos unas palabras bonitas a manera de disculpa.
-Hija, pásame al tío ya, para darle su tan ansiado descanso. Mi hermana, que estaba al otro lado del bote, tambaleante se acercaba. Pero era muy difícil mantenerse en equilibrio con ambas manos ocupadas. Mi pobre hermana trastabilló, se torció un tobillo, se golpeó un codo, apachurró el bloqueador y terminó aventando por la borda al tío Pepe. Carcajadas sin fin, claro está. Pero al final de cuentas, el tío Pepe hizo su salida triunfal.

Por la borda, pero triunfal.

Isabelle Cigarras.

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