martes, 3 de enero de 2012

Cita con el recuerdo.


Mira por la ventana sin saber que el que está lejos es él. Hoy es el día de su cumpleaños y solo puede acordarse de lo que no tiene.

Repasa fracasos y dibuja en las nubes las apuestas perdidas; como si pudiera soplarlas y apagarlas en el horizonte. Ni velas ya le quedan.

Entre las páginas del libro que sujeta se ahoga olvidada aquella carta. Heridas de tinta borradas por lágrimas secas de otros tiempos.

Otro año más y el mismo vacío. El espacio abierto que inunda el paisaje más allá de la ventana le ahoga. El reloj no perdona, suenan las 3.

Se dirigió a la ducha, todos los años era igual, un ritual. Con su nombre en las lágrimas dejó que el agua limpiara las caricias no dadas.

Al salir a la calle dejó los recuerdos colgados del segundero al otro lado de la puerta. Colcándose la máscara de las celebraciones, sonrió.

Es el viento el que guía sus pasos; el cementerio está lejos, igual que sus besos. Y camina sin llorar. Y camina sin hablar.

No queda nada de él, ni del futuro que construyó. Cada huella es una interrogación; autómata sigue el rumbo que tantas veces le marcaron.

Aquí se detiene como los últimos años, frente a la tumba de alguien a quién no conoció, frente a la vida que nadie vivió.

Respira.

Llegan las lágrimas y el recuerdo de un bebé que ahora yace muerto entre los brazos de su desconsolada madre.

Es tan viva la imagen que puede tocar su fría piel. Tan fría como su eterna ausencia.


Julio Muñoz y Ester Marfer

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