martes, 3 de enero de 2012

La soledad es un monstruo

Ana se levantó, como cada día el reloj no había despertado, siempre con un golpe de muñeca apagaba el botón de la alarma, ese tiempo ganado era solo para ella. 
Elegante se tapaba en una bata roja de satén, no caminaba, bailaba sobre el suelo de la habitación, casi levitando se dirigía al salón y encendía un cigarrillo. Algo de The Smiths, nadie lo comprendía, y vestirse para marchar antes de que la casa entera despertara. 
Su trabajo como editora jefe de una revista de moda pequeña le era suficiente para ser considerada una mujer que ha conseguido sus propósitos, respetada y admirada. Dos niños, una niña, un marido arquitecto, tres coches y un chalet a las afueras de Madrid eran el sueño de toda niña y ella lo tenía, además de un número alto de personas trabajando bajo sus dictatoriales órdenes. 
Tres kilómetros separan su casa de la oficina pero ella los hace en casi una hora, siempre se desvía para recoger a alguien que últimamente se ha convertido en una persona importante en su vida, es el director de la revista "enemiga" y su amante en el camino al trabajo. 

Juan también se levanta antes de que suene su despertador, el ruido de su mujer en el salón hace que se quede un rato más en la cama con los ojos cerrados. Lleva más de dos semanas siguiendo a su adúltera mujer y hoy es el día para clave para realizar lo planeado. Mucho le ha costado construir esa familia para que acabe en el desagüe del "qué dirán". 
Cuando escucha la puerta de calle se levanta corriendo y se viste, no hay tiempo para duchas, todo está planeado, en media hora su mujer estará sentada a horcajadas sobre el cuerpo de ese hombre que quiere destrozar su familia. Coge la pistola y va tras ella. 

Hoy Ana puso escusas a su amante y le dejó en la puerta de su trabajo, volvió al coche y se dirigió al escampado donde tendría que estar con él, hoy quiere pensar. 
A lo lejos ve acercarse un coche que no le es desconocido ni tampoco supone una sorpresa para ella. Se mete en su coche y espera, las lágrimas corren por su cara, la soledad se hace irrespirable. Es la culpabilidad lo que le hace estar ahora aquí, sin saber qué hacer pero sabiendo lo que va a ocurrir. 

Un golpe en la ventana desencadena la furia, los dos se miran y comprenden todo. Él abre la puerta e intenta sacarla a rastras del coche, ella patalea y grita. 

-¡Tú nunca me has querido!
-Eso ya no importa.

Forcejean, ella intenta quitarle la pistola que sabía que llevaría pero es más fuerte y casi se abandona a la suerte. Entonces de su bolso que lleva cogido en la mano saca un cuchillo. 

-La soledad nos convirtió en monstruos. 

  
Abrió la mano y dejó caer el cuchillo ensangrentado que sostenía. Un grito ahogado, profundo emanó de su garganta, de sus entrañas. Las lágrimas no brotaron, no encontraba el ruido que rompiera con tanto silencio. Un silencio oscuro, pantanoso, que se pegaba a su cuerpo. Lamió la sangre de la mano con la que ensartó el cuchillo, para recordar que ésa sangre dio vida a quien estaba tirado en el suelo, a quien ella había arrebatado toda esperanza, todo futuro. Se tumbó junto a él, los dos yacían sobre el mismo charco de sangre, inmóviles. Cogió el cuchillo, miró a los ojos del cadáver y sintió esa mirada profunda que sólo los muertos tienen. Un escalofrío hizo temblar todo su cuerpo. Empuñó con fuerza el arma y separo su garganta en dos, uniendo su sangre con la de él. 

La oscuridad invadió sus ojos.

Julio Muñoz 

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