martes, 9 de abril de 2013

El cuervo que alguna vez me amó



Estuve aquí parado esperando la nada y el cuervo voló hacia mis hombros anunciando la liberación de mi ser.  ¿Ser libre es atarse a un ser? pregunté al cuervo que sostenía un ramo de lilas en su pico. El cuervo me miró desde mi hombro y soltó una lágrima. Bajó el pico, yo subí la mano y puso las pequeñas flores azules en mi palma. Emprendió el vuelo a no sé dónde y desapareció entre las nubes desgarradas, formadas por el soplar del viento.
Emprendí mi camino, ahí estaba yo ahora pensando en la nada. Las piedras hacían que mis pies tropezaran con facilidad, el camino que estaba atravesando parecía no tener fin: un gran sendero de piedras cafés como el mole, el pasto amarillo con algunas formaciones verdes y por supuesto, alguno que otro árbol que movía sus ramas sin distinción alguna de que le importase la vida: su vida.
Seguía mi camino buscando una respuesta. Las lilas azules en mi mano empezaron a llorar, sus pétalos dejaron un camino que después podría ayudar a regresar de donde estaba y seguir  esperando la nada. Mis pies estaban adoloridos, mis ojos cansados, mi espalda quejosa y había un silencio tan grande que mis oídos no podían soportar.
Paré mi caminar para admirar a unos ruiseñores que cantaban y empezaban el cortejo, no quise volver a recordar lo vivido, no quise sentir lo que había sentido; sin embargo los pájaros melancólicos insistieron que yo lo hiciera. Parecería que todo esto fuese planeado por un sinvergüenza que le gustaba verme sufrir.
El cuervo volvió tan imponente como de costumbre y esta vez en lugar de lilas llevaba flores de liquen atoradas en sus patas, alguien las había mandado para mí. Sonreí, entendí que el cuervo también lo hizo y volví  a poner en mi mano el pequeño montón de flores grises.
Ahora tenía dos ramos en mis manos: en la izquierda flores de liquen y en la derecha las pocas lilas azules que no quisieron llorar.
Estuve caminando por muchas horas, no sé cuantas. Preguntándome cosas, reflexionando otras y rechazando algunas más. Mi mente ya no soportaba el vacío que ahora cargaba y que no me dejaba respirar bien.  ¿Será que algún día pueda respirar bien? en el camino encontré muchos animales: un gato escocés (por la forma de su pelaje); un conejo con cuerpo blanco y patas negras y un zorro trataba de cazar a un desafortunado ratón quién corría por los montículos de tierra cerca de las flores amarillas que, refugiaban a una diminuta pero grande mantis religiosa. Cuando pasé junto a ella, hizo una reverencia, quizá fue por el reconocimiento a todo lo que te lloré algún día.
El cuervo seguía en mis hombros. El cuervo pensó que estando conmigo me sentiría mejor y no pensó mal, porque me sentía cómodo con él, me sentía acompañado, no sentía soledad.
El sol se empezaba a ocultar. El racimo de flores de liquen estaba marchito y las lilas azules solo tenían tallos. Yo llegué a la nada, a la nada de una vida recorrida, a la nada de ir preguntando y obteniendo pocas respuestas. Podía sentir la vejes en mis párpados en mis caderas, en mi espalda y en mis manos.
La noche se asomaba y pedía permiso para que yo me fuera a dormir, así que me aparté del camino de piedras,  con la luz nocturnal se veían de un azul muy obscuro, me quité los zapatos, enrollé mis calcetines y sentí la humedad del pasto verde-amarillo entre mis dedos largos y fríos.
Me senté  y luego me acosté. El cuervo había dejado mis hombros y regresó a los pocos minutos para llevarme rosas amarillas, rosas chinas blancas, rosas de Alejandría, hojas de sauce y pocas flores de amapola. El cuervo inició un ritual sobre mí: colocó sus patas en el pasto y empezó a caminar en círculos invocando a la muerte; después, puso  algunas hojas de sáuce a mi alrededor.
El cuervo se colocó en mi cabeza y empezó a llorar.
La noche llegó y con ella llegó el sueño infinito que me llevó lejos del cuervo que alguna vez me amó.


Emiliano Ruiz
@Emi_Nerd

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