martes, 16 de octubre de 2012

Creación

Él hace que suba, apurándola.

Sin darle tiempo siquiera a acomodarse sobre el andamio y volcando un tarro de pintura (que cae con tremendo estrépito sobre el mármol, coloreándolo) el aprendiz le levanta las enaguas y la empieza a follar, desvergonzadamente. La estructura, alta y frágil, sigue el movimiento rudo y acompasado de sus caderas mientras la moza se muerde los labios. En algún momento de su afanado meneo ella ha extendido los brazos y ha rozado con el índice, imperceptiblemente, la pintura fresca. Ahora ella le abraza con furia y ruega que la riquísima dulzura que siente jamás se acabe (es celeste, aún a ojos cerrados). Él termina de zarandear -satisfecho, babeante y breve- el primer orgasmo que ha tenido con una mujer en su vida. Se besan, húmedamente. Ella gira la cabeza y, viéndolo todo desde la quietud de la plataforma, piensa en Dios y siente que él es como Adán, desnudo y enorme.

Él hace que baje, sonriéndole.

Piensa: antes de limpiar el estropicio de la pintura sobre el mármol y que alguien lo reprenda malamente debe retocar el borrón que ella ha dejado con uno de sus dedos sobre el fresco. No fuera a ser que en 1980, cuando empezaran las faenas de reparación integral de la Capilla, a esa restauradora de ojos verdes tan bonitos se le pudiera ocurrir pensar (así, echada de espaldas) que ese detalle, tan pequeñito, se le hubiera podido escapar de un modo tan burdo a su maestro.

Carlos A. Barrientos G.
@cbg36

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