martes, 7 de agosto de 2012

La aventura tiene misteriosas maneras de presentarse en la vida.


La aventura tiene misteriosas maneras de presentarse en la vida.  A veces quien empieza siendo tu amiga, se convierte en algo más. Por meses coincidimos en aquel mundo virtual, en donde las esencias se conocen primero que las caras. Mi esencia seductora era imán común para que las mujeres se me acercaran y me diera el lujo de coquetear con todas, sin escoger a una sola. Con ella sucedió parecido, empezamos siendo conocidos virtuales, luego amigos y finalmente el coqueteo empezó de manera natural. Nunca sabré si se acercó a mí con algún escondido propósito y su candidez era solo una manera de acercarse sin despertar sospechas o en verdad no imaginaba que la amistad pudiera brincar a algo más, el caso es que sucedió. De una interface de mensajes privados, pasamos a otra más directa y personal, nuestros pensamientos eran más libres, podían darse el lujo de incendiar las pantallas y humedecer nuestros cuerpos. Pasamos del MSN al celular, ya no bastaban las palabras, era necesaria la voz baja, el jadeo en el momento exacto y los gemidos en el momento final. ¡Oh si! Nos hicimos el amor de todas las formas virtuales posibles; el trabajo, la escuela o la hora no eran impedimento, sino condimento. Aún recuerdo su imagen en la pequeña pantalla, una mano acariciando sus ganas y la otra colgada al teléfono escuchando mi voz que le pintaba el escenario completo y la llevaba al éxtasis palabra a palabra. Recuerdo sus quedos gemidos que hacían circular mi sangre a mil por hora y la amontonaban embravecida en la misma parte hasta encontrar su desahogo. Fueron meses de mutua exploración y auto conocimiento. Fueron tiempos que fueron cimentando la necesidad de llevarlo más lejos. La oportunidad surgió por casualidad o fue creada por ella, un congreso lejos de casa, varios días fuera de la rutina y del radar de sus padres. Me invitó a verla en la ciudad donde sería el congreso, con la esperanza que dijera que si y la traicionera probabilidad, casi certeza, que dijera: “no puedo”.

Estoy seguro se llevó una gran sorpresa cuando escuchó mi respuesta y los días se le fueron rapidísimo entre dudando que fuera cierto y pensando que era una locura y podía enfrentarse con un psicópata. Para mí fue sencillo tomarme unos días de asueto. Ya decidido solo fue cuestión de reservar el avión y el hotel días antes y hacer la maleta una hora antes de partir a mi gran estilo. La adrenalina de la aventura me recorría, por fin nos veríamos las caras…y quizá algo más. Mi naturaleza despreocupada siempre me ha sacado adelante de cualquier situación, me ha ganado la confianza de alguien nuevo y ha facilitado que todo lo que pase se dé con naturalidad encubierta. Sé que el espacio es muy importante cuando estás cerca de alguien que no te conoce y que teme le saltes encima. Así que esa era la estrategia, naturalidad, espacio y despreocupación. Que sucediera  lo que nos tuviera que suceder.

Ese día memorable, llegué al lobby de su hotel y marqué directo al cuarto que compartía con otras compañeras de la escuela. Oí su vocecita, casi quebrada: “suba, aquí lo espero”. Tomé nota mental “hay que quitarle ese usted”. Subí con pasos lentos y decididos, dándole tiempo a prepararse para el momento. Toqué la puerta y al abrirse sonreí con mi mejor sonrisa, diciendo: “ya ves, vine y no soy un psicópata” y sin darle tiempo le planté un beso en la mejilla. Me invitó a pasar en lo que terminaba de arreglar unas cosas y empezamos una interminable charla de días que solo interrumpíamos para hacer otras cosas igual de interesantes y placenteras.

La primera tarde nos fuimos a recorrer la ciudad, nueva para ambos y terreno neutral. Caminamos por plazas y calles desconocidas como nosotros, reconociéndonos en la voz, lo que antes éramos solo en letras en un monitor. La noche nos fue alcanzando, como cómplice de los avances de mis labios. Sentados en una banca, platicando distraídamente, mis labios empezaron a besar su mano, pasando al brazo y aguardando algún signo sutil de rechazo. La risa coqueta y la mirada saltarina fueron indirectas de un camino por el momento despejado. Jugueteé en su hombro con mi aliento, hasta besar el nacimiento de sus mejillas donde se unen con las orejas y el cuello. Siempre hablando, distrayendo la mente y sensibilizando el cuerpo. Mi mano sosteniendo firme la suya era el lazo del que podía jalarla por entero directo a mis labios cuando llegara el momento; y llegó, así como llega el fresco de la noche, de manera natural, en silencio, una mirada contra la otra, los labios increíblemente cerca y nos besamos, por primera vez. Fue un beso tierno, de bienvenida al sabor de sus labios y al calor de los míos. De varios besos tiernos surgieron otros ya menos tiernos, un poco más urgentes. Quisiera decir que nos hicimos el Amor ahí mismo, pero estábamos en un centro comercial con mucho público y poco espacio, tuvimos que esperar esos largos minutos de regreso al hotel, de regreso a las ansias fertilizadas en la distancia para arrancarnos la ropa con manos febriles, besos intensos y caricias rapaces. Nos olvidamos del “usted” y nos concentramos en el nosotros.

Su piel era joven y tibia, una invitación a recorrerla con los labios entreabiertos y las manos al descubierto, explorándolo todo, tanteando el terreno y conquistándolo gemido a gemido. La besé de los labios al bajo vientre, chupando donde era una necesidad mutua chupar y acariciando donde era un gusto arrastrar las yemas de los dedos. Jugueteé con los huesitos de su cadera y deslicé mis besos, como no queriendo un poco más abajo, donde aún quedaba un poco de tela resguardando su piel más bella. Como boca de conejo silvestre, mi boca y bigote fueron besando su tersa piel, sus ojos cerrados, sus dedos enredados en mi cabello negro, como deteniendo el tiempo. Un jadeo por aquí, un gemido alargado más allá y por fin su fruta dulce apareciendo a unos centímetros de mí.

Mi pantalón fue testigo que habría querido encajarle los dientes y todas mis ganas en ese instante, pero apreté su cadera con mis manos y me dediqué a seducirla con mis besos más suaves y tiernos, como se hace, cuando se quiere abrir las puertas del cielo. Lamí con delicadeza cada centímetro de piel, saboreando las gotas de miel que se colaban por debajo de sus puertas. Chupé cada pliegue, cada parte visible hasta llegar a las escondidas. Mis esfuerzos se vieron recompensados, las puertas de cielo se abrieron ante la inevitabilidad de mi lengua, que entró victoriosa, separando la piel y bebiendo el néctar de la gloria eterna. Su sabor era embriagante, me perdía los sentidos y me azuzaba las ganas, llamé de refuerzos a mis dedos, que llegaron prestos a apoyar en la tarea. Encontraron pronto en que entretenerse, tratando de devolver el agua a su fuente, jalándola hacia dentro, intentando tapar el rompimiento de una presa. ¿Pero qué pueden hacer un par de dedos ante la inevitabilidad del agua? si cada movimiento suyo duplicaba el líquido. Se adentraron intentando encontrar su origen y se rindieron ante el placentero calor que emanaba en sus paredes. Dejé mis dedos acariciándola profunda e intensamente y mi boca viajó hacia arriba a llevar su  sabor secreto a sus labios. Nos besamos de nuevo, con ese beso amante y perverso que renueva las ansias y que sella un pacto tácito de placeres carnales sin recato o tregua.

Sus manos delgadas y ahora nada tímidas me habían acariciado el pelo en la cabeza y el pecho,  y ahora lo buscaban más abajo, ahí, donde mis ganas pulsaban inquietas, esperando la atención de sus dedos. Me encontraron presto, vigoroso y desafiante. Sus yemas se regocijaron al recorrer su verticalidad, al palpar su deseo y constatar orgullosa su efecto. Me exploraron por encima de la tela del bóxer y se colaron por debajo de ella para ahorcarlo dulcemente con todos sus dedos, oprimiéndolo, desafiándolo a seguir turgente. Mis propia mano sintió el latigazo de placer que me recorrió en instantes y correspondió tallándola por fuera más intenso y enganchando a la vez mis dedos a su zona interna y rugosa, generadora incansable de gemidos. Su mano se aferró a mi hombría justo cuando la tormenta se desencadenó en su interior, una estampida de exquisitos espasmos y gemidos. Su cuerpo estrangulando mis dedos.

Más que roto el hielo, las ropas regadas y la pasión levemente saciada, la sentí bajar por mi pecho, rozando los vellos con sus labios tiernos, aferrada a mi cintura. Supe, como sabe la hormiga que la lluvia se acerca, que su boca haría la noche perfecta. Sentí un estremecimiento en todo el cuerpo cuando su boca mojó la tela de mi bóxer y su aliento quemó la piel de mis ganas. Mordisqueó por encima de la tela, se metió en la boca parte del bóxer y jugó a chuparme los jadeos, y cuando se sintió embriagada de poder, retiró la tela para prender los motores de un avión al cielo. Sentí su lengua suave, exquisita, saboreándome, haciéndome la textura chiquita y creciéndome los deseos. Me recorrió a lo largo, me paladeó a lo ancho y finalmente atacó con ternura mis vigores, los apapachó en su boca, los degustó con fruición y si la hubiera dejado, habría explotado de felicidad entre sus labios.

Con cariño nuevo la levanté por debajo de los hombros y la llevé al alcance de mis labios, la besé para sellar de nuevo el pacto y sin dejar de besarla recorrimos la distancia hasta la cama. Al topar con el colchón la deposité suavemente en una esquina y me apresté a conquistar sus secretos con mi carne. La vi casi levitando en la cama que decidí tomarla con la más infinita ternura, como se toma por primera vez lo que se nos regala. Entré en ella suave, solo un poco, y me incliné paralelo para besar sus labios. Vi sus ojitos rasgados entrecerrados, sus pechos subiendo y bajando y la besé con los labios entreabiertos, mi lengua acariciando sus labios y entrando en su boca lentamente en sincronía con mi turgencia que la penetraba lentamente, hasta el fondo, un gemido escapó de su garganta, abriéndole de golpe los ojos, yo me quedé quieto, dejando que sintiera mi pulso vibrando en sus paredes.

Después de meses ahí estábamos conectados tan íntimamente como antes lo lograron las letras. Empecé a moverme lentamente en su cueva, viéndola a los ojos, entrando y saliendo solo un tanto, dejando que su fuente mojara mi piel y ésta se deslizara cada vez más fácilmente, adaptándose a los confines de su cuerpo, estirando, rozando, tallando y amándola una, dos, tres veces y a cambiar el ritmo, el ángulo o las caricias de la cintura para arriba.

Nos besábamos y nos embestíamos, nos tomábamos mutuamente, yo penetraba con fuerza, ella me apretaba demente. La levanté en vilo con facilidad, sosteniéndola con solo mi carne,  mientras sus piernas se aferraban a mi cadera y sus brazos a mi cuello. Con las manos sostuve sus piernas para levantarla y dejarla caer sobre mí una y otra vez como si jugáramos al balero. La sentía tan frágil y ligera, que el placer de pegarla a mi pecho mientras la embestía con enjundia me ponía al borde del abismo. Le susurré su nombre, arrastrándolo hasta su oído, y la llevé tan lejos como mis fuerzas me lo permitieron.

Abrazada a mí, la separé y me retiré de su cuerpo. La insté a darme la espada y la incliné para que sus manos se apoyaran en la cama, y así, la tomé de nuevo, esta vez sin ternura, dejándome ir hasta el fondo sin miramiento ni cordura. La así de la cadera a dos garras, dejándola ir casi hasta que se rompiera nuestra conexión, para luego jalarla hacia mí y hundirle mi incandescente daga. La escuché gemir, la sentí estremecerse y mis sentidos se concentraron en poseerla profunda y desquiciadamente. El sonido de mi carne entrando y saliendo en la suya torturaba mi resistencia, la vista de su espalda arqueada y sus montes aplastándose con mis muslos en cada embate arrancaban sudor de mi frente y gruñidos de mi garganta. Le espeté con la respiración entrecortada cuanto estaba disfrutando, le confesé que ansiaba ese momento la primera vez que le hice el Amor remotamente, le dije que era un regalo del Cielo y la criatura más dulce y exquisita sobre la tierra. La llevé con mis palabras y el ritmo de mi carne al punto sin retorno, sentí sus contracciones, vi sus manos arrugando las sábanas, la oí gritar como las tenistas al contestar un saque difícil y sentí mi carne prepararse para perderse en el limbo en pocos instantes. Era la recta final, así que se lo di duro, con todo el coraje de la carne y la suavidad del respeto a su feminidad y pureza. El ritmo era intenso, entraba y salía, veía mi carne hundirse salvaje entre sus montes, para luego salir húmeda y desafiante, lista para horadar de nuevo su cueva. Nos acercamos peligrosamente al éxtasis, la sentí apretarse contra mí tallarse en mi monte para sentirme más dentro, empujé, gemí, apreté y cuando sentí su caliente humedad  explotando alrededor de mi miembro, me solté en un delicioso grito, en un bombeo agonizante que le extendió su placer y coronó el mío. Por fin, habíamos cumplido una fantasía, y nos encontramos abrazados y cansados en la cama. Sonrientes, desvergonzados de la desnudez y con el brillo en la mirada. Miles de kilómetros, miles de palabras se convirtieron en agua en esa cama.

Lo volvimos a hacer más noche y en la madrugada, con nuevas caricias y otras posiciones. Dormitando abrazados, su espalda pegada a mi pecho, mis ganas dormidas rozando sus montes desnudos y ligeramente carmesí de una que otra palmada. Hubo otros días, hubo otras experiencias y al final un hasta luego sellado con una ardiente despedida.

Renko
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