martes, 17 de abril de 2012

El despertar



Cuando abrió los ojos empezaba a amanecer, era un amanecer en tonos rojos y marrones, el paisaje era nuevo, extraño, desconocido. En su piel parecía traer el rocío de la mañana, con los dedos recorrió su silueta para descubrir lo que eran esas gotas que la cubrían,  todo era nuevo para ella. Se pasó la lengua por los labios, tenia sed. Bebió las pequeñas gotas saladas que se deslizaban por sus poros desnudos. Volteó para lamer las dos heridas que tenía en sus escápulas, con cada esfuerzo para girarse brotaban enormes papiros desenrollandose a sus espaldas, eran tersas y todavía estaban húmedas de sangre. 

Caminó con dificultad hasta el pequeño arroyo de agua obscura que encontró en su camino, se sentó a la orilla, bebió y bebió sin poder saciar su sed. 

El denso viento erizó toda su piel provocando extraños espasmos que no conocía, y al momento, los enormes papiros que colgaban por su espalda se abrieron en forma de alas.


Observaba sus manos y el movimiento de sus dedos; las yemas así en movimiento entraron en contacto con su propia piel, recorrió su cara, sintiendo sus facciones, sintió su cuello, su pecho voluptuoso, bajó con sus dos manos por el contorno de su cintura, la cadera y juntó las manos tocando la humedad entre sus piernas, cada mano se deslizo por cada pierna hasta sus pies, entendió que el contacto de sus dedos le provocaba el mismo estremecimiento que cuando el pesado viento la toco por primera vez.


Se acariciaba cada centímetro de su nuevo cuerpo, enredaba los dedos por su larga melena para luego entrelazarlos entre las membranas de esas alas que eran tan diferentes a la textura del resto de su cuerpo, tantas nuevas sensaciones la tenían en éxtasis, se reconocía, su ego crecía, percibió su fuerza y su belleza. 


Todavía no sabia que hacia en aquel raro lugar, estaba ansiosa por descubrirlo…


Ana R.

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