martes, 26 de febrero de 2013

Arquitectura del sueño



Hay olas llegadas de algún recóndito lugar en la imaginación que aparecen imprevistas, sin siquiera haberlas invocado ni con un suspiro de pensamiento se adueñan de los sueños. Con una presencia altiva y resonante llegan, disponen de tu archivo de instantes; tejen, mezclan, ponen y quitan a la velocidad de las alas del colibrí y de repente surge ante la vista del soñante la perfecta arquitectura de la realidad ideal e insospechada. Mares de esencias que se funden en el corazón, el deseo detrás de las cortinas del inconsciente emana discreto como humo de incienso y lo abarca todo en un respiro súbito, entonces el soñante toca, siente los cabellos de la antes desapercibida compañera de oficina, ella le recita una melodía de palabras, la besa, aspira los aromas secretamente deseados sin saber y es envuelto en la seda del placer hasta que la pintura de tal sueño se evapora sin razón. El soñante despierta, sus dedos se aferran a la última fibra de seda mientras ésta se va escurriendo al fondo con el espejismo que se diluye al atisbar el tedio absorbente de la vida comandada por el reloj. En un intento se juega al escultor y se reconstruye el sueño, no se le debe dejar a medias. Se trata de libar al menos el rastro de la ultima gota de la escena y crear el final idóneo; vuelves a esbozar las sensaciones, exageras los detalles, los revives una y otra vez, incluso cambias escenografías, ahora el placer durará al menos el día de la jornada y tal vez sobreviva al momento en que la antes inexistente fémina te dirija la frialdad de un buenos días, entonces sabrás que todo fue una obra compuesta en total disonancia con la estructura de su realidad.

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