martes, 2 de octubre de 2012

Los paseos largos...


   Los paseos largos en ciudades dormidas pueden ser peligrosos.
   Recuerdo uno en particular que di una mañana de noviembre. Salí de casa temprano. El sol brillaba, pero no tanto. La brisa era apenas un suspiro que no lograba despeinarme. Decidí caminar por Belgrano. Caminé sin contar las calles y apenas mirando las caras de desgano de los transeúntes. Doblé en Balcarce. Los mismos peatones. El mismo gris. La misma sangre. Continué caminando sin molestar a nadie. Doblé otra vez al llegar a Alvear. La brisa ya sabía a viento y logró despeinarme. Con la mano izquierda me acomodé el flequillo que amenazaba con cegarme. Entonces la vi, de rodillas y con hambre. Juntaba presurosa las palabras derramadas en la vereda. Lloraba. Creo que lloraba. La prisa no evitaba que tomara con sumo cuidado cada palabra y la acomodara como en una caricia dentro de una caja de cartón color carne.

—¿Necesitás ayuda? —le pregunté.
—No, todavía no es tarde —me contestó.
—¿No es tarde para qué?
—No es tarde para que vos también te pongás de rodillas y empecés a juntar las palabras que ya han empezado a olvidarte.

   Me puse de rodillas y ese cuento me llevó a otra parte.

   Rubén Ochoa


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