martes, 2 de octubre de 2012

Crónica del infierno infiel


No escribo de infiernos, porque me entra la nostalgia y corro a buscarle. Fue en una de esas noches de tragos y estragos que un amigo me convenció de ir a uno de esos lugares donde la ilusión se compra con billetes y alcohol. Renuente a pagar por lo que se gana con tiempo y encanto, lo acompañé sin saber el infierno que me esperaba al otro lado del calendario, 3 meses para ser exactos.

La noche transcurría ni más ni menos como la esperaba, tentaciones artificiales y sonrisas pintadas de reales por el humo del cigarro, con las penumbras necesarias para acompañar miradas ilusionadas y excitadas. La música cambió y empezó su canción. ¡Oh sí!, desde el primer minuto me llamó la atención su porte felino, de cabellera rubia, aire altivo y labios amplios y mimados que retaban la mirada. Me concentré en el cigarro y la bebida, aunque demasiado tarde, mi amigo se había percatado del fuego en  mis ojos y en la punta del cigarro que fumaba con fruición. Decidió celebrar a su estilo que yo le acompañaba aquella noche. No supe cuándo ni cómo lo hizo, solo supe que ella acabó sentada en mis piernas, su aroma a perfume y maquillaje finos colándose por mis ojos y aquella noche haciéndose madrugada.

Fui gracioso, descarado y seductor, aunque rechacé las invitaciones a espacios más privados. La reté, jugué con su aire de Diosa del Sexo y finalmente me despedí con una sonrisa torcida en forma de "nos vemos luego".

Pasaron los días y de nueva cuenta aparecimos, mi amigo y yo, en aquella puerta de ilusiones. A esperar la medianoche y aquella canción que se revolvía sensual en mi memoria. Por escasos minutos, fue una con el tubo y vendió a más de uno la ilusión. En determinado momento nuestras miradas se cruzaron y habría apostado mi sombrero que sus ojos brillaron; No tuve que apostar, al final de la canción solita a mis piernas llegó. Había demasiada química para ignorarla, y demasiado peligro para los dos como para rehuirlo, se nos notaba que éramos animales con afición a lo prohibido. Le dije en cada propuesta que me hizo, que yo no pagaba por sexo, se río de mí, me chantajeó con irse a otras piernas y finalmente me aplicó la llave de la indiferencia dejándome para ir a otras mesas. Mi amigo se divertía a mis costillas y yo me desquitaba con el cigarro. Me fui jurando no regresar a aquel lugar maldito y a aquella mujer malquerida.

Fue a la siguiente visita que conocí el infierno de sus labios abrasándome la boca y el seso. Había bebido muy poco para saltarme mis reglas, en cambio había acariciado demasiado la idea de tenerla entre mis manos como para que me importara respetarlas. Al filo de la madrugada terminamos besándonos a un lado de la pista, enfrente de todos. Fue un reto mío sugerirle el beso con la mirada, lo sabía prohibido y reconozco, escondía cierto placer de macho marcando territorio. Ella picó el anzuelo, o tal vez ella si había tomado demasiado  o quizá también se moría por morderme los labios. Su boca sabor a Whisky se juntó con el sabor a Vodka  de la mía, fue un beso animal, mis labios gruesos, menores que los de ella, a ratos quedaban atrapados por el calor de su boca, en otro instante, se sobreponían y le mordía uno y otro labio hasta hacerla gemir y tallarse con más furia contra mi boca, al fin nos separamos para regresar a la mesa y reanudar los brindis y el coqueteo.

Horas después, a la salida, mi amigo dijo algo acerca que parecía que nos queríamos devorar uno al otro, que los besos no estaban permitidos y quien sabe que idiotez sobre mi pantalón. Nada importaba, en mis venas corría indomable el demonio del deseo. Los besos, lejos de acabar con la inquietud, la habían convertido en tortura. Casi al final de la madrugada, terminamos refugiados en un sillón privado, ella bailando para mí y mis manos recorriendo ávidas su figura, dimos rienda suelta a una pasión malsana y salvaje, que llegaría solo hasta donde el tiempo y el lugar nos lo permitieran; esa vez mi cartera no tuvo escrúpulos ni límites.  Nos mordimos, nos enredamos los brazos, las lenguas y el aliento, montada sobre mí, con mi sexo empujando al suyo, clamando libertad y condena. Mordíamos y chupábamos, tallábamos y explorábamos.  Éramos el diablo y la serpiente inventando el pecado. Mi bigote y mi barba pintando de rojo sus labios hinchados y sus montes turgentes, salados y con brillos. Abrió mi camisa y besó entre el vello de mi pecho, clavó sus uñas y le clavé mis dientes. La jalé del cabello para detener su cabeza y dejar que mi lengua se enredará profunda con la suya. Las puertas del abismo ahora estaban abiertas, ya no había marcha atrás, era cuestión de esperar el día.

A medio amanecer, salimos de aquel rincón del pecado, yo con mis victorias en la piel y el bolsillo, un número de celular asociado a un nombre normal. Mi amigo y yo nos fuimos a bailar salsa. Alguien más terminó en mi cama saciando esa hambre de piel húmeda y caliente que me devoraba cintura abajo.
Los mensajes del celular iban y venían, nunca en cantidad, a solas retomaba el control de mí mismo, volvía a ser el cazador y no la liebre en la que la cercanía de su piel me convertía. Me gustaba jugar con su altivez y su naturaleza de hembra acostumbrada al halago y el asedio. Respondiendo cuando me daba en gana o sorprendiéndola durante el día con algún mensaje incendiario.

A veces estaba en otro lugar, con alguien más y sonaba el celular, era ella preguntando si pasaría a visitarla al "trabajo" o solo para dejarme saber que estaba pensando en su amante bandido. Invariablemente terminaba visitándola, arrastrándonos a la intimidad. Donde me daba gusto invadiéndola con mis dedos y mi lengua hasta que nos sacaban de la capsula del tiempo donde un puñado de billetes nos permitían escondernos.

No todo era besos y caricias, a veces nos peleábamos, nos celábamos uno al otro, y terminábamos la noche muy mal, ella se iba con otros y yo en venganza llamaba a otras. Otras veces, hacíamos planes de vernos durante el día para comer y platicar como la gente ordinaria, sin que por una u otra razón se concretara.

Una ocasión, se le pasaron tanto los tragos que no tuvo más remedio que permitirme la acompañara a su casa, fue una experiencia fatal, iba apenas consciente para darme las señas de cómo llegar y yo estaba solo ligeramente en mejor estado para escucharlas. Trastabillando bajó del coche y no bien cerró la puerta un tipo musculoso y mal encarado salió de la nada, le dijo de cosas y alcanzó a darle de puños a la cajuela de mi coche, justo antes que yo saliera disparado hacia la inmensidad de la noche. Al parecer se le había olvidado comentarme que vivía con alguien más y que no era buen anfitrión con los visitantes de madrugada.

Al mediodía siguiente llamó, estuve tentado de no contestar, aunque no habría sido capaz de quedarme con la duda. Aunque ingrata la ocasión, por fin nos vimos para comer, la recogí en el mismo lugar. Me enteré que estaba casada, y de muchas cosas más. Estaba más loca en la vida real que en la fachada y aún así no aproveché para huir. El veneno del deseo ya invadía mis sistemas y la única forma de volver a ser libre sería atándola a una cama y clavando en ella la espina de mis ganas.

La cita esperada llegó, intercambiamos los papeles de rigor. Las ansias eran muchas por ambos lados y las oportunidades pocas. Nos citamos una semana después del episodio del marido celoso, un motel de altos vuelos y mucha comodidad. Abrimos una botella y para la segunda copa, empezó mi función privada.

Ella era de esas mujeres que con solo sonreír le ensuciaban el pensamiento a cualquier hombre, con una sonrisa de esas que corrompen reyes. Bebió de la copa y me besó, pasando un poco de vino de su boca a mi boca y se retiró lentamente hacia atrás, una canción empezó a sonar y su cuerpo inició la vieja danza de la seducción de Salomé y Herodes. La había visto bailar muchas veces, pero nunca sin el disfraz exótico, ahora era solo una mujer seduciendo a su hombre. Se movía sensual, sin dejar de mirarme, dejando caer prendas suyas y mías entre notas, sus manos arrastrando una caricia por aquí y otra por encima de allá, provocándome y retándome con los ojos a claudicar. Otro menos paciente habría interrumpido esa tortura para llevarla en brazos a la cama y tomarla salvajemente hasta estallar, pero no yo; soy de esos hombres que saben esperar cada placer a su tiempo. La besaba cuando acercaba sus labios, la acariciaba y besaba cuando sus puntas rozaban mi boca, esperando, disfrutando ese momento tanto tiempo anhelado. Al terminar la canción ella estaba montada sobre mí, sus piernas abiertas y nuestros sexos reconociéndose por fuera. La besé con intensidad y la jalé hacia mi pecho para sentir la presión de sus montes aplastándose sobre mí.  Después del beso, me levanté con ella en vilo y dando la vuelta la deposité de regreso al lugar que había sido cómplice de mi placer voyerista. Besé su boca de leona y sus pechos de ensueño, del tamaño de mis manos, ni grandes ni pequeños, perfectos para  mis labios y mi lengua. Una lengua con vocación de serpiente, que se deslizaba más y más abajo, como gota de ácido rodando cuenta abajo, calcinando su piel y sus sentidos. Mi boca estaba sedienta y no precisamente de vino. La besé en los labios, separándolos para beber su néctar prohibido, en este momento era más mía que de ninguno. La bebí con calma, después la chupé con ritmo y fuerza hasta que sus manos se aferraron al sillón y sus piernas se enredaron en mi cuello, porque el Amor es para chuparse una y otra vez para que no se acabe, se derramó generosa en mi boca, con la mirada agradecida y la piel sensible. La llevé al borde de la cama y la tomé, directo y hasta el fondo, con firmeza, como quien navega en aguas turbulentas y se juega la vida en cada embate. Mi carne lista desde el inicio del baile, su cuerpo listo gracias a mi lengua. Ritmo y fuerza, siendo ahora su amo dentro de ella, como había sido su esclavo estando fuera. Quería dejar grabado mi nombre con su voz en llamas en el baúl de mis recuerdos, me moví con habilidad, brindándole el placer a mi conveniencia, ahora estaba acostada, ahora estaba a cuatro patas  gritando como pantera en celo hacia la cabecera de la cama. En mi centro era todo turbulencia, una nalgada aquí, ni muy fuerte que dejara marca, ni muy suave que un gemido no se escapara. La llevé al grito intenso una vez y por poco cedo, recuperé la respiración para cambiar otra vez de posición. Me senté en el borde de la cama y la monté sobre mí, quería ver sus ojos cuando por fin disparara contra sus paredes. Me recompensó el grito pasado con besos ardientes y caricias en el pelo y los hombros. Mientras sus caderas empezaban a tomar vuelo, izquierda y derecha, luego al centro y hasta dentro, el placer era exquisito, había valido cada día de prolongada espera. La tomé de las caderas, apretándolas, dejando mis dedos pintados temporalmente, la jalaba con fuerza para hundirme más profundo, hasta donde el gemido avisa que se ha llegado al destino, hasta ahí donde sus ojos se cierran. Con la luz prendida para mirar su alma y los ojos cerrados para verla brillar. El éxtasis subiendo, el bamboleo más intenso, ahora para arriba, ahora para abajo, luego de un lado a otro y mi grito avisando que era ahora o nunca. Me cogió ella a mí y la cogí yo a ella, con frenesí, como si en unos minutos nos llegara el fin del mundo y se nos acabará ese goce divino. La escuché gritarme “maldito cabrón”, que le respondí con una fuerte nalgada, me puse en pie, cargándola con mis brazos sin salirme de ella, su cuerpo encorvado buscando no perder la unión, mi espada apuntando a su abismo en cada estocada. La sentí apretarse, regresamos a la cama y me recosté, le regalé el control a la amazona que toda mujer lleva dentro. Me cabalgó por unos instantes, suficientes para alcanzar su orgasmo y provocar el mío, abundante como la espera, caliente como la pasión escondida.

Lo hicimos dos veces más, una en la bañera y otra antes de irnos, placer a escondidas y miradas que decían todo lo que las palabras se atoraban en la garganta. Estuvimos dos meses entre el cielo y el infierno, una larga historia de celos, peleas y encuentros furtivos para clavarnos las uñas y acabarnos las ganas. Desde el incidente con el marido, éste la esperaba a la salida y la vigilaba más, aunque siempre se daba sus mañas para escaparse a mis brazos. Nunca nos reconocimos si había Amor, era un lujo que seres como nosotros no podían darse. Al final, la relación se desgastó, yo dejé de visitarla y ella dejó de escribirme al móvil. Recorrimos juntos un camino largo de mentiras con destino al infierno y había cosas que ya no podía retirarse de la memoria. Con el tiempo aprendimos a vernos como viejos amantes y darnos de esos besos que nadie puede poner en duda que alguna vez nos amamos.

Renko
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