martes, 28 de febrero de 2012

Isabella

Iba apresurada al concierto, casi podía escuchar al presentador del evento decir mi nombre a la intemperie y con gran orgullo:
— ... Y con ustedes ¡Isabella Beltrán, la gran guitarrista clásica!.

El estrés y la tensión psicológica que me causaba ser el objeto de tales elogios y partícipe de la gran expectativa de un público tan exigente como el del "8vo festival internacional de guitarra Antonio Lauro" hicieron que mi paranoia aumentase.

Siempre he tenido el gran miedo - como guitarrista - de que mis dedos se caigan, se cansen, salgan volando o cualquier otra razón que les haga irse de mí.

Es un terror que me atormenta desde que tuve mi primera guitarra. Sin dedos soy solo un cuerpo con manos calladas, con palmas que me servirían vagamente para golpear o aplaudir.

Fue una tristeza dejar escapar mis dedos, desde que aquél día mi dedo meñique, cansado de ser tan poco usado en mis interpretaciones con la guitarra, decidió desprenderse de mi mano derecha y tirarse a la alcantarilla. No me quedó más que aceptar que el resto de mis dedos se fuesen todos a hacerle compañia, para que sigan haciendo música.


Aunque eso implique que mis manos queden mudas, tengo el consuelo de suponer, que si alguna vez llevo mi guitarra a alguna cloaca, mis dedos vendrán a tocarla, y podré escuchar por primera vez como espectadora, mi propio concierto.


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