martes, 7 de mayo de 2013

No supe de vacíos

Aún no logro definir el vacío porque me acostumbre tanto a la abundancia que la palabra se extinguió o me quedó chica.
Tal vez, nunca fui hecha para tan breve espacio porque siempre supe que nací para abarcar mucho.
Tal vez, nunca fuiste poco por eso no me permitiste sentir que algo hiciera falta que me llenara.
Y al abarcar por completo tu mundo me sentí tan ancha, que la tierra comenzó a quedarme chica.
Yo, era un mundo rodante, lleno de sonidos desde todos los rincones de mis ecos.
Así fue como logré abrazarte con todo y mi escaso cuerpo, 
me sentí tan poderosa que ningún mundo externo lograría romperme de nuevo.
No supe de vacíos, tú no me dejaste verlo. 
Tampoco me dejaste sentir el frío que lleva todo miedo.
No supe de soledades porque siempre sentí tus pasos, 
esos que indicaban que ibas tomado todo el tiempo de mis manos. 
Nunca solo, confiando, como confía un ciego a la mano que lo lleva caminando.
Gracias por tomarme de mis sueños y hacerlos ecos de los tuyos.
Gracias por venir a pintar cielos nuevos y limpiar de todo dolor los viejos.
Por hacer de mi cuerpo tu casa, de mi pecho tu coraza,
de cada uno de mis pensamientos la fuerza para que yo jamás experimentara la derrota.
Gracias por permanecer inquebrantable a pesar de tanta piedra aplastante en el camino.
Por seguir con ello con más voluntad y firmeza sorteando junto conmigo toda la tormenta que llegaba.
Fuiste hecho de todo y de nada y te construiste como se construye un sueño que lucha por su propia existencia.
Te ganaste la tierra porque el cielo, ese siempre te ha pertenecido.
Mi corazón, y con ello mi voluntad enterara para no permitir que el infierno jamás te toque mientras yo me encuentre cerca.


Silvia Carbonell L.



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