martes, 23 de octubre de 2012

La mancha de tinta

Nunca pidió salir del bolígrafo, fue empujada hacia afuera por el peso de las que venían detrás. Al caer, vio que tan grande era el mundo que se estaba perdiendo ahí, apretada, donde hasta ese momento vivía. No imaginaba ese destino que le aguardaba cuando se impactó en el borde inferior derecho de aquella página, que formaba parte de la obra maestra de algún escritor famoso.

Al caer se aferró con sus largos brazos a la página y se quedó inmóvil, expectante, durante largo tiempo. Escuchando el silencio, un silencio que le producía ansiedad, a la cual no estaba acostumbrada. ¿Por qué estaba ahí? ¿Era una broma del escritor? Tal vez aún podría regresar al bolígrafo, trato de moverse, pero sus largas extremidades ya eran parte del papel, ya no había vuelta atrás, tristemente dejó de luchar y comenzó a mirar a su alrededor.

En lo que parecían unas montañas alcanzó a ver unas formas que se movían; algunas danzaban con alegre cadencia de la mano de otras y cantaban palabras al viento, orgullosas de su caligrafía y su buen porte. Trató de llamarlas, pero no tenía labios, trato de hacerles señas, pero no logró levantar sus brazos. Las letras no repararon en su presencia, y continuaron en su fiesta privada.

Decepcionada, giró su vista al sur, solo vio el horizonte, la nada; el sabio que dijo un día que el mundo era plano y tenía un borde, estaba en lo correcto.

Se asomó al límite y era como si estuviera en lo alto de un edificio, con muchos pisos debajo, escuchó el murmullo de miles de palabras en cada uno de los niveles. Cada página es un mundo diferente, eso pensaba. Al menos tenía la fortuna de estar ahí en lo alto, y tener ese pedacito de hoja solo para ella. Lejos de tanto ruido, lejos de tanta gente.

Para ella, la página estaba medio llena. Se dio cuenta del inmenso mundo que tenía bajo sus pies y frente de sí, y todo lo que podía aprender de aquellas letras. ¿Qué clase de libro era? Tal vez sería un libro de poesía y aprendería a declamar, a ser poeta, no sonaba tan mal. O quizá era un libro científico y aprendería los misterios de la vida. Un libro de cuentos, como el de Alicia tal vez.

Se vio atravesando aquél mágico agujero persiguiendo al conejo blanco. La mancha en el país de las maravillas. Quería brincar de alegría y entonces recordó que no podía moverse.

¿Cómo podía saber que clase de libro era? Ahí sola, sin posibilidades de transporte ni tampoco de comunicación.

Entonces pasó lo inesperado. Una forma atravesó el cielo. Era un objeto largo, plateado y que terminaba en punta. Descendió hasta la página y comenzó a escribir, la mancha observó atenta como salían letras de esa punta y entonces lo comprendió. El libro aún no estaba terminado.

Tal vez si salían suficientes letras podía conocerlas, podía encontrarse por fin con lo que tanto anhelaba, ser parte de toda esa información y descubrir el nuevo mundo.

Del bolígrafo continuaban saliendo muchas letras, rápidamente comenzó a llenarse la página y se acercaban más, cada vez más a su pequeña esquina. El bolígrafo cerraba párrafos y comenzaba nuevamente, más cerca, diez renglones. Todos los sueños de la pequeña mancha estaban por cumplirse. Cinco renglones, cuatro, tres; no podía contener la emoción.

Cada pequeño brazo de la mancha temblaba y quería unirse por fin a las letras. Solo dos renglones más.

Inesperadamente, el autor cerró el libro.

Gus Acosta (El Mago)
@UnTalMago

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1 comentarios:

  1. El cuento me encanto, esta lleno de emociones contenidas en una pequeña gota de tinta, no se cuantas veces lo he leído y lo comparto con mis amigos, es una lectura con una reflexión que llega al alma. Gracias por tan bello escrito.

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