martes, 15 de mayo de 2012

La Saurina

Nunca antes ninguna de las mujeres del pueblo de Matlazuc había engendrado un nuevo hijo después de los cuarenta años, menos mujeres viudas y mucho menos en un día de eclipse, por lo cual la concepción de aquella niña fue visto más como un mal augurio que como un capricho de la naturaleza y todavía menos como un designio del Altísimo Señor.

Todo ocurrió en el primer mes de la época de estío del año del gran eclipse, cuando doña Maximiana Hernández, una de las cuarenta y tres viudas de aquel pueblo calentano, decidió llevarle la comida a su yerno por pedido de su hija Guadalupe, quien se encontraba ya en el último mes del estado interesante; era su cuarto embarazo y durante todos los meses había sufrido de vaguidos, antojos de caldo de garrobos y de atole de pinole, y ya no estaba pa' esos andares por los sembradíos en despoblado atravesando vericuetos de arrabales calentanos.

Doña Maximiana Hernández había quedado viuda desde los treinta y tres años después de que su marido Antonio Tucuruato se había robado una novia recién salida del altar a quien el padre Cuco apenas había otorgado el segundo sacramento de servicio. Justo entonces le entró por los ojos lo enamorado, y luego luego sacó su escopeta cuata, amagó al novio con todo e invitados y se la llevó en su caballo al monte baldío. Durante tres días no los encontraron y al cuarto día regresó a la novia con su pureza mancillada y le regaló su caballo blanco. «Tú te quedas aquí chula» masculló entre dientes y se fugó por la sierra de Tierra Caliente, una semana más tarde los municipales lo alcanzaron y fue muerto en tiroteo, no sin antes despacharse a cuatro municipales.

Desde aquel día Maximiana pese a ser muy dicharachera y caliente de vientre, siempre le guardó luto a Antonio Tucuruato, y aunque a sus cuarenta y cuatro años a cuestas, aun tenía vestigios del cuerpo de mulata, nunca sintió necesidad de hombre y se pasaba refugiada en sus rezos de rosarios y sus misas cotidianas.

Aquel día llegó muy apurada a visitar a su hija Guadalupe, quien le encargo que le llevara la comida a su marido al campo, salió a paso apresurado cubriéndose con el rebozo y cargando bajo su brazo una canasta de mimbre, cubierta con una servilleta de tela que ella misma había bordado, bajo la cual estaban un pocillo de atole de guayaba, cuatro uchepos, un plato de chimpa, un tarro de dulce de frijol, varias memelas recién sacadas del comal y un bule de tlapehue.

«Ándale pues mija, voy y vengo a dejarle el almuerzo a tu marido». Guadalupe le agradeció en silencio, sosteniendo con una mano la aldaba de la puerta y con la otra su vientre de embarazada.

Justiniano Garcia era uno de los mejores reateros y tarecueros del pueblo, una vez él solo había arado toda su siembra con sus manos sin necesidad de bueyes, era alto y fornido, de músculos correosos, tenía un tatuaje de la virgencita de Guadalupe en su pecho en honor a su mujer y a Dios, poseía una mirada lechuzera y cantarina, era corto de palabras y razones y le apodaban “el chicuaro”.

«Ándale Justiniano que te truje el almuerzo de encargo de la Lupita, ya anda con trabajos la pobre». Le advirtió Maximiana a Justiniano. Comió en silencio y rápido, fue entonces cuando el cielo totalmente se oscureció. Nadie supo como fue que Justiniano convenció a su suegra de tener ayuntamiento de carnes, unas gentes podrán decir que fue el efecto del eclipse, otros que quizás la forzó, incluso otros que la viuda una cana al aire se aventó. Lo cierto fue que una especie de embrujo les encendió la concupiscencia a los dos, y entre milpas y charamascas se atrevieron a cometer ese acto impuro ante los ojos de Dios. Y sin ninguna otra ocasión ni explicación Maximiana embarazada a sus cuarenta y cuatro quedó.

Maximiana siempre había tenido la virtud clarividente de anunciar sus nuevos embarazos el mismo día que una de sus semillas era germinada, y cual precepto divino cuando lo aseveraba, la regla ya no le llegaba más. Desde su primera regla que había tenido a sus trece años un domingo de ramos de un año bisiesto, todos los días que estaba con el mal de la sangre, a causa del pecado original, se echaba en ayunas un vasito de sangre de iguana recién degollada, con un chorrito de jerez del puesto de doña Mica. «¡Ah! es de alimento» decía después de sorberlo todo de un trago. Por lo mismo, le caía pesada, y el primer día de sus reglas siempre se acompañaba de una chorrera pestilente a iguana insolada, chuquillosa y mantecosa.

Unos días después que Maximiana se supo embarazada, su hija Guadalupe daba a luz a su cuarto hijo a quien bautizaría con el nombre de Leovigildo. Ese mismo día Maximiana mediante una plegaria silenciosa le prometió al Santísimo Señor Nuestro Dios, que nadie sabría el secreto de su debilidad y traición, fue también la última vez que habló con Justiniano echándole una mirada de complicidad hasta la muerte. Cuando los paisanos le preguntaban a Maximiana quién era el padre, ella argumentaba que había sido concepción divina, y cuando alguien la contrariaba ella decía: «Si le creyeron a la virgen ¿por qué a mi no?». Siete meses después nació una delicada niña más blanca que la nieve a quien su madre nombraría Blanca Concepción.

Blanca Concepción era una niña de belleza inhumana, tenía la piel como leche recién ordeñada, una cabellera más negra y más brillante que la obsidiana, azabaches pestañas que daban la impresión de ser postizas y ojos que deslumbraban como las mismas esmeraldas. Por azares del destino y por la cercanía de sus nacimientos Blanca Concepción y Leovigildo fueron criados como hermanos por la viuda-madre-abuela. Blanca Concepción siempre fue más vivaracha, habló bien chiquita y cuando hablaba no le paraba la boca; Leovigildo en cambio, se comunicaba más a señas y sólo palabrería inentendible vociferaba. Desde muy niña Blanca Concepción dio muestras de tener la virtud premonitoria de la adivinación y debido a sus dotes de clarividencia muchas gentes del pueblo empezaron a decirle “la saurina”. Debido a la carencia del lenguaje hablado de Leovigildo muchos pensaban que era mudo y fue cuando empezaron a llamarle “el mudito” más la virtud de Leovigildo siempre fue la valentía y su mayor defecto la imprudencia, heredados por gracia de su abuelo.

Unos años más tarde por fin logró hablar Leovigildo, quizás ayudado por el pan de los apóstoles que le dieron a comer un jueves santo del año que se desbordó el río o por las tarabillas de su media hermana Blanca Concepción, quien con cada día que pasaba afinaba más sus dotes saurinescas.

«Alguien se va a ir y algo va a venir». Advirtió a su madre una mañana del mes de mayo que no hizo calor en la región calentana. «Algo va a pasar ¿verdad que si, Chula?...». Considerando que ya antes había predicho el cambio de cura al poblado de Pungarabato, el día que llegarían las aguas y la muerte de una vaca de Justiniano, Maximiana considerando los peligros más cercanos mando tapar con leños para vigas el pozo de agua que en el patio de su casa tenía, por temor a que alguno de los guachitos se fuera a caer allí.

Por su parte Leovigildo seguía con su poco cotorreo y frecuentemente había sido objeto de burla de uno de sus vecinos güeleques; quien comenzó a decirle su mote socarronamente y a fastidiarle sobre sus pocas palabras. Al día siguiente le tomó sin permiso a su padre una verduguilla, salió a buscar al vecinito burlón y enfrentándolo al tiempo que le sacaba la verduguilla y se la acercaba al cuello le dijo: «A ver cabrón vuélveme a decir “el mudito”». El enmudecido en ese momento fue el otro guache, que después de empezar a llorar salió corriendo despavorido a su casa. Horas más tarde el padre de Ramoncito, el guache chillón y agüelecado, fue a reclamarle a Guadalupe de la amenaza con arma blanca de su hijo Leovigildo. Y cuando su marido Justiniano llegó el incidente le contó y Leovigildo una buena zurra con vara de cueramo recibió.

A la mañana siguiente muy temprano Leovigildo fue a pasearse por la casa vecina divisando en los tendederos del patio sabanas blancas recién lavadas, y en menos que lo pensó ya estaba enjuagándose las manos en lodazal de cuches y sus huellas en las sabanas plasmó. Para su mala suerte, Ramoncito lo miró, la escena se repitió, nuevamente Leovigildo fue señalado y su castigo recibió, sólo que esta ocasión su padre lo azotó con la reata que arreaba a las vacas. Catorce veces las sabanas manchó y catorce veces el mismo castigo recibió, hubieran sido más sino es porque Guadalupe le dijo a Justiniano «Pégame a mi mejor, pero ya deja al hijo de mi corazón».

Esa tarde mientras su madre le curaba la espalda y las nalgas se imaginó al mismo Cristo ensangrentado por tremenda azotaina. Esa misma noche le imploró al corazón amoroso de Jesús sacramentado y a Nuestra Señora de Guadalupe que si su hijo, iba a ser así de cabrón como su padre Antonio Tucuruato que mejor se lo recogiera. Una semana después cayó la peste de la viruela al pueblo de Matlazuc y Leovigildo se murió el día cuando los tecuanes le bailaban a la Virgen de la Asunción. Ramoncito tampoco pudo escaparse de la viruela, y mientras se encontraba tendido sobre hojas de plátano, le preguntó a su madre: «¿Mamá me voy a morir?» Su madre con llanto contenido le respondió: «No, mijo lindo, no te vas a morir» y Ramoncito le respondió: «Ay mamá si se murió Leovigildo que era valiente, contimás yo». Blanca Concepción también enfermó, sin embargo ella no se murió, y siguió con su vida de saurina pero ese es cuento para otra ocasión.

Ichi Ijiwaru
@Doc_Ijiwaru
http://ichijiwaru.blogspot.com

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